El búnker de Tijuana donde un veterano da cobijo a otros militares deportados

Héctor Barajas sirvió seis años en el Ejército estadounidense y fue deportado hace siete. Desde entonces ha vivido en México, separado de su hija y en un espacio que comparte con otros exmilitares y dirige al estilo castrense. Ahora lucha por volver.
30 Dic 2017 – 10:44 AM EST

TIJUANA, México.- Héctor Barajas convirtió su casa de Tijuana en un comando militar, como esos en los que estuvo cuando sirvió en el Ejército de Estados Unidos. La llama 'el búnker'. Hay tres banderas americanas en la puerta principal y otra de la que fue su brigada; pizarras acrílicas en las paredes con actividades por cumplir, que son como misiones; hay reglas, horas para todo; medallas militares colgando. Hay veteranos como él que también fueron deportados.

Tiene trece años en un 'exilio' forzado, cuatro de ellos ayudando a otros militares. Fue recién en abril de 2017 que se abrió un camino para que pueda volver a cruzar la frontera legalmente si le otorgan la ciudadanía, como ha solicitado. El gobernador de California, Jerry Brown, perdonó los crímenes de Barajas y otros dos veteranos deportados. Eso le devolvió la esperanza de que las conversaciones por Skype con su hija, las visitas y los abrazos esporádicos se acaben. "Ella es una niña muy buena, muy, muy cariñosa. Pero como ya está más grandecita ya no quiere hablar con daddy, ya no quiere que le diga girl", lamenta. "Eso apesta, ¿sabes?".

Tres años le costó a Barajas entender esa separación. En ese tiempo intentó concentrarse en cosas distintas al dolor de no estar con su hija. Trabajó de lleno en un hogar de ancianos en Rosarito, Baja California, pero perdió el empleo. Intentó abrir el primer 'búnker' en 2013, pero recayó en un viejo problema, el alcohol, y vivió en la calle por unos meses. "Decidí levantarme de nuevo", recuerda. Entonces se fue a Tijuana, rentó un apartamento, reabrió el búnker con siete exmilitares y concentró en él casi todas sus energías.

"El concepto era básicamente: ¿Eres veterano deportado? Te puedes quedar aquí". No había reglas ni contratos. "Era un espacio de Estados Unidos, como una oficina militar".

En el búnker de ahora –o la Casa del Veterano Deportado, como se llama– todos tienen tareas. Las conocen porque Barajas, su director, les lee la cartilla al llegar y porque están pegadas en las paredes. Se levantan a las 7:00 am, sin retrasos. Uno barre, otro hace el desayuno, cada quien estira o dobla las cobijas de su catre. Barajas se asegura de que todo se vaya cumpliendo. Hacen las tres comidas juntos y a una hora específica. Las luces se apagan a las 10:00 pm, "porque hay unos que trabajan y deben descansar bien", dice. Hay cierto horario para el uso de los baños. No se pelea, no se roba, no se bebe.

"Tengo una lista de reglas que tienen que seguir. Y yo también las sigo porque duermo aquí, no me puedo estar levantando a las 6:00 am haciendo ruido. Tampoco tomo aquí, porque tengo que dar el ejemplo", asegura.

Desde 2013, bajo el liderazgo de Barajas, 37 personas se han hospedado en el 'búnker'; han apoyado –legalmente, con comida o ayuda psicológica– a más de 60 veteranos solo en Tijuana y tienen una base de datos de 345 que han sido deportados a 42 países del mundo, entre ellos India, Ecuador, México, República Dominicana, Haití, Costa Rica, Bosnia y Canadá. Univision Noticias consultó al Servicio de Inmigración y Aduanas (ICE) sobre la cantidad de veteranos que son deportados, pero respondieron que no llevan un registro de la cifra.


El 'búnker' es un lugar silencioso, contrario a los cuarteles militares. Cuando se habla, es en inglés. En los rostros de los exmilitares se percibe la tristeza que acompaña a la soledad y la nostalgia. Sus habitantes aseguran sentir rencor por el 'exilio' al que los obligó el mismo Estados Unidos al que le juraron honor. "Me siento mal", dice Héctor Barajas. "Ha habido ocasiones en que fallece la madre de uno de ellos, se enferman los hijos, se pierden relaciones, vuelven a ser adictos (...) Para una persona que estuvo en combate, que arriesgó su vida, esta situación trae más emoción, más rencor".

"Mi prioridad era ser soldado"

Seis años pasó Barajas en el Ejército. Entró en él huyendo de Compton, California, el pueblo en el que se crió; de su violencia, del racismo de negros contra mexicanos –y viceversa– y de las pandillas. Le dieron dos opciones: trabajar en la cocina o en un cargo administrativo. Eligió el segundo y se fue a la división de paracaidistas, en Carolina del Norte.

"Estuve orgulloso y estoy orgulloso de ser soldado americano", dice, sonriente, y vistiendo un uniforme de gala azul con botones dorados que le regalaron otros veteranos de Vietnam y que solo se pone en ocasiones especiales, como cuando tiene encuentros con periodistas.

Barajas, un mexicano de 40 años, vivió desde los 7 en Estados Unidos y obtuvo la residencia permanente en 1992 a través de sus padres. No completó los trámites de su ciudadanía a pesar de la insistencia de su mamá: "No era una prioridad para mí. Mi prioridad era ser soldado". Se arrepintió por primera vez de esa decisión en 2004, cuando lo deportaron a Nogales, Sonora. Recuerda poco de ese momento, "que abrieron la puerta y ya".

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Pasó que iba en un vehículo del que dispararon a otro, él fue detenido, se declaró culpable y pagó poco más de dos años de prisión. Creyó que todo acabaría allí, pero fue enviado a manos de un juez de inmigración que decidió deportarlo con la prohibición de volver por 20 años. "Yo pensaba: 'Estuve en el Ejército, nada me va a pasar, me van a dejar ir'". Pero se equivocó. Esa vez, sus padres lo esperaron del otro lado de la frontera, durmieron en un hotel y lo mandaron a su natal Zacatecas a vivir con los abuelos. Tenía 27 años.

"Seis meses después me dije: 'No me voy a quedar aquí. Esto no es para mí'. Y me regresé ilegalmente por California (...) Quería volver a lo que estoy acostumbrado, a ganar el dólar, a estar con mi familia", cuenta. Entonces cruzó en carro, se enamoró de una estadounidense originaria de California, tuvieron una hija y vivió con el miedo de ser indocumentado por unos años. "Me tocó batallar mucho sin papeles. Al manejar ves una patrulla y piensas que te van a parar, que van a venir los de inmigración y no puedes decir: 'Soy veterano'".

En 2010, se volvió a arrepentir de no haberle hecho caso a su madre. Chocó contra un carro, llegó la policía y le pidió los documentos. Intentó –inútilmente– evadir el arresto e incluso negó su nombre para no reconocer que tenía una multa de tránsito vieja que nunca pagó. "(El oficial) hasta me dejó que abrazara a mi hija (de 3 años) por última vez antes de llevarme al centro de detención", recuerda. "Esa vez me deportaron de por vida".

Las despedidas

Hace una semana, Barajas despidió en la garita de San Ysidro a Marco Chávez, uno de los veteranos a los que el gobernador de California indultó junto a él. "Se va a casa, hermano", le dijo sonriente, según se ve en un video de Facebook. Las autoridades de inmigración aún no le han dado respuesta sobre la petición de ciudadanía que hizo hace más de un año, pero espera poder ser el próximo en cruzar.


Desde que está en Tijuana ha despedido a pocos compañeros, como a Fernando Cervantes –a quien le dieron la green card– y a un par más a quienes se les permitió regresar por enfermedad y murieron días después en Estados Unidos. "No te dejan entrar vivo, pero sí muerto o cuando te pones muy enfermo. Para ellos (las autoridades) estar enfermo no es una emergencia, pero estar en cama, de muerte, sí".

Si un día le dijeran que puede volver a Estados Unidos, asegura que quiere regresar a pie: "Es muy simbólico", dice. Sueña con poder llevar a su hija al colegio, recuperar su cariño, curarle el catarro y cumplir con el rol de padre que ha postergado a la fuerza por siete años. Si le dijeran que puede volver a Estados Unidos cree que estaría al frente del 'búnker' por un año más después de ese día: "Este lugar no parará porque yo me vaya", promete, pero reconoce que no podrá seguir siendo "un activista full time".

Para Barajas, su deportación le ha hecho valorar más a México y mostrar con mayor orgullo el tatuaje con el nombre del país que lleva en su brazo derecho. También ha sido "una sentencia de vida" o una extensión de la cárcel. Siente esa expulsión como una traición del país al que defendió: "Hay un dicho en el Ejército: 'No dejamos a ningún hombre atrás'. Se puede aplicar para el campo y para la vida. No hay honor en que deportes a una persona que sirvió en el Ejército. Usamos el mismo uniforme, peleamos las mismas guerras. La única diferencia es que yo no soy ciudadano".