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Elecciones 2016

Una biblioteca presidencial en el corazón de Ohio: lecciones de McKinley para Clinton y Trump

Fue el último presidente del siglo XIX y el primero del siglo XX. Así podrían inspirar sus campañas y sus decisiones a los candidatos de 2016
21 Sep 2016 – 10:38 AM EDT

CANTON (Ohio)-- Un candidato populista se mide en las urnas a una figura con experiencia de gobierno y con el respaldo de los financieros de Wall Street. El primer aspirante gana fama como orador y se erige en defensor de un grupo social castigado por el progreso económico. El segundo no es una persona carismática pero compite empujado por una formidable maquinaria electoral.

Son frases que los historiadores podrían escribir sobre Donald Trump y Hillary Clinton pero describen la carrera presidencial de 1896. Entonces los papeles no se habían intercambiado. El aspirante populista era el demócrata William Jennings Bryan y el candidato del establishment era William McKinley, que había ejercido como gobernador y como congresista y que gozaba del respaldo de los magnates del carbón y del acero y los financieros de Wall Street.

La analogía no es perfecta por muchos motivos. Pero la campaña de 1896 aporta algunas claves que son útiles para interpretar el duelo entre Clinton y Trump.

El mejor lugar para recordar aquella carrera es la biblioteca presidencial de McKinley, construida junto a su tumba en Canton, la ciudad de Ohio donde vivió durante la mayor parte de su vida adulta desde el final de la Guerra de Secesión.

El conflicto convirtió a McKinley en un héroe. “Se había alistado con apenas 19 años y sin ninguna experiencia de mando y volvió convertido en un oficial”, dice Christopher Kenney, director de educación de la biblioteca y autor de varios libros sobre el presidente. “McKinley se mudó aquí por consejo de sus hermanas, abrió en la ciudad un despacho de abogados y presentó su candidatura a fiscal del distrito. Así empezó su carrera política”.


Al igual que ahora, el condado donde se ubica Canton era una especie de microcosmos de Estados Unidos. Incluía zonas agrícolas, una incipiente industria metalúrgica y empresas de servicios que habían crecido al calor del desarrollo de los canales y el ferrocarril.

McKinley se había casado con Ida Saxton, que pertenecía a una familia influyente y era la nieta del fundador del periódico local. Entre los invitados de la boda estuvieron republicanos tan influyentes como el gobernador Rutherford Hayes, que luego llegaría a la Casa Blanca.

Proteccionista como Trump

Masón, tímido y progresista, McKinley fue elegido congresista con apenas 33 años en 1876. Enseguida ganó fama por su cruzada a favor de crear un arancel que protegiera la producción autóctona de las importaciones de otros países. Una propuesta proteccionista que se asemeja a las de los dos candidatos presidenciales de este año, sobre todo a las de Trump.

El arancel de McKinley tenía buenas intenciones pero no se ejecutó bien”, explica el historiador Kenney. “William quería proteger a personas como su padre, que sufrió para crear una fábrica de acero por la competencia de otros países. El arancel ayudo a proteger a la industria pero también llevó a las empresas a subir sus precios y eso fue nefasto para los consumidores”.

A menudo se presenta a McKinley como una marioneta de las grandes empresas. “Es una caracterización injusta”, dice Kenney. “Se llevaba muy bien con las grandes empresas pero no le gustaban las que negaban a sus empleados el derecho a sindicarse. Así conoció precisamente a Mark Hanna: defendiendo a unos mineros en huelga que eran empleados de la empresa de la familia del senador”.

El senador Hanna era uno de los hombres más poderosos de Washington y su encuentro con McKinley fue muy beneficioso para los dos. Hanna fue el jefe de su campaña a la Casa Blanca y quien le ayudó a sacar adelante su legislación. Quienes presentan al presidente como una marioneta ven en Hanna a la persona que lo manejó.

En manos de Karl Rove

A Kenney le gusta comparar a Hanna con el consultor republicano Karl Rove. “La campaña de 1896 estuvo muy bien organizada y todavía hoy es una de las más caras de la Historia. Fue la primera en la que se fabricaron chapas con la efigie de los candidatos y McKinley ganó sin moverse de aquí. ¿Imagina?”.

Muchos la definieron después como la campaña del porche en recuerdo del porche donde McKinley fue recibiendo a visitantes que llegaban a Canton en una coreografía diseñada por Hanna para potenciar al máximo su impacto electoral. El senador pedía de antemano a quienes venían una copia de su discurso y así McKinley tenía preparada una respuesta adecuada a su interlocutor.

Su adversario demócrata hizo una campaña bien distinta. William Jennings Bryan recorrió casi 30.000 kilómetros durante tres meses y se dirigió a más de cinco millones de personas. Pero sus esfuerzos no lograron doblegar a una campaña más moderna, mejor financiada y sostenida por una organización más profesional.
Bryan era un orador incendiario y sus seguidores eran pequeños granjeros empobrecidos por el avance de la revolución industrial.

En cierto modo, demócratas y republicanos interpretaban papeles opuestos a los de hoy. Los primeros sacaban más votos en el sur y en el oeste y los segundos tenían sus feudos en el Noreste rico y en el Medio Oeste industrial.

Esa dicotomía estaba presente en la fórmula electoral de 1896. Si McKinley procedía de Ohio, su segundo Garret Hobart había nacido Nueva Jersey y pertenecía a la región más poderosa del país. Ambos fueron elegidos la convención de St. Louis en un proceso sin primarias y en primera votación. Entonces los candidatos no se dirigían a las convenciones. McKinley recibió la noticia a través del telégrafo en el mismo porche donde haría campaña después.

Cuatro años después, la elección del candidato a la vicepresidencia no fue tan sencilla. Hobart acababa de morir de un infarto y McKinley necesitaba un segundo antes de la campaña electoral. La decisión no la tomó el presidente sino la convención de Filadelfia, que escogió a un jovencísimo Teddy Roosevelt, que empezaba a destacar entre los republicanos de Nueva York.

“En su estado natal estaban encantados de enviarlo a Washington”, dice Kenney. “Era un tipo ambicioso y problemático y querían deshacerse de él. Ponerle en la vicepresidencia era enviarle a un rincón donde no tendría poder. Todos sabemos lo que ocurrió después”.

Lo que ocurrió después fue el asesinato de McKinley durante la exposición panamericana de Buffalo. El presidente recibió los disparos de un anarquista y falleció unos días después. En este museo de Canton se exponen varios objetos relacionados con aquellos días: el camisón de lino que llevó puesto el presidente durante su agonía, la escarapela negra que llevó uno de los caballos que tiró de su coche fúnebre y las huchas de metal que se colocaron en varias calles de Canton para recaudar fondos para construir un monumento a su memoria en la ciudad.


Hoy McKinley y su esposa descansan en dos sarcófagos de granito negro colocados en una especie de templo de planta circular en lo alto de una escalinata de piedra. En torno a la cúpula y sobre las coronas de flores que ha dejado la logia masónica de Canton, se puede leer una frase del presidente: “Recordemos que nuestro interés es la concordia y no el conflicto y que nuestra eminencia descansa en las victorias de la paz, no en las de la guerra”.

Es una referencia oblicua al triunfo de McKinley en la Guerra Hispano-Cubana de 1898, la primera intervención militar importante del país en el extranjero. Aquella guerra propició la independencia de Cuba y Puerto Rico y potenció la imagen de Estados Unidos como potencia global.
La guerra se suele asociar aquí con Teddy Roosevelt, que combatió como coronel en la isla con un grupo de voluntarios. Pero fue McKinley quien ordenó la intervención después del extraño hundimiento del Maine.

Un presidente bisagra

El historiador que custodia su biblioteca cita la guerra como una de las decisiones más importantes de McKinley. “Fue un presidente entre dos mundos”, dice Kenney. “Fue el último presidente de la era victoriana, marcada por la formalidad y exenta de humor o personalidad. Pero también el presidente que trajo al país al siglo XX con todo lo que eso conlleva. La guerra convirtió al país en una potencia global e implicó dilemas sobre los que todavía hablan ahora los candidatos. ¿Cuál es nuestra responsabilidad hacia otros países? ¿Estamos autorizados a intervenir? De pronto EEUU tenía que gestionar estos pedazos de tierra en lugares más o menos lejanos y tenía que decidir qué hacer con ellos”.

La guerra fue el catalizador de la construcción del canal de Panamá y del expansionismo de Estados Unidos en el continente. En cierto modo, McKinley ayudó a crear el mundo controlado por el poder militar de Washington que conocemos hoy.

¿Qué podrían aprender de McKinley los candidatos de 2016? “Quizá deberían hablar más sobre sus propuestas y sobre los problemas de la gente”, dice Kenney. “En 1896 y en 1900 no se escucharon los ataques personales que se escuchan hoy. Entonces los discursos eran mucho más serios y más centrados en los asuntos. Es cierto que sólo hacían campaña entre junio y noviembre. Ahora las primarias hacen el proceso mucho más largo y eso a veces es un problema”.

Muchos alertaban entonces contra el triunfo de un candidato como Bryan por su discurso populista y por su nula experiencia de gobierno. ¿Qué habría ocurrido si hubiera derrotado a McKinley en 1896? “Nadie lo sabe”, dice Kenney en un intento de quitar dramatismo a la campaña. “Pero cada cuatro años los partidarios de cada candidato intentan convencernos de que la vida como la conocemos morirá si gana el candidato rival. Yo creo que no es cierto. Al final todo termina siempre en una transición pacífica. Es posible que te afecten algunas decisiones con las que no estás de acuerdo pero todo sigue más o menos igual”.

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