null: nullpx
Elecciones 2016

Hillary Clinton, la idealista que se enamoró del poder y no llegó a la meta

La derrota de Clinton acaba con el sueño de su vida y de una generación. Su madre y sus compañeras siempre vieron en ella algo especial. Renunció a su apellido y a algunos de sus principios por seguir a Bill a Arkansas. Es cauta, desconfiada y todavía tiene rastros de idealismo.
9 Nov 2016 – 1:28 PM EST

El primer contacto con la política de Hillary Clinton fue en las calles del sur Chicago cuando ella tenía 13 años.

En noviembre de 1960, fue de puerta en puerta con una amiga para intentar detectar casos de fraude electoral de los demócratas para amañar la victoria de John F. Kennedy.

Hillary, hija de un republicano conservador que apoyaba a Richard Nixon, se había quedado impresionada por los moretones que había enseñado en clase un profesor que aseguraba que había sido golpeado el día de las elecciones por activistas demócratas que intentaban influir en el resultado a las órdenes del alcalde Richard Daley.

Ese mismo día Hillary llamó a la oficina del alcalde para quejarse desde una cabina de teléfono. Unos días después, recorrió las calles para ayudar a un grupo de republicanos a controlar las listas de votantes. Ella y su amiga descubrieron un descampado abandonado donde se suponía estaban registradas varias personas.


En la siguiente década, sus ideas irían evolucionando por el descubrimiento de Martin Luther King y su educación más liberal en Wellesley College mientras ambos partidos iban cambiando ( le gusta repetir aquello de “no dejé el Partido Republicano, sino que él me dejó a mí").

Pero lo que permanecería durante años sería el deseo activista de cambiar a mejor su entorno. A diferencia del que sería su marido y del retrato público de ella desde hace 25 años, Hillary no tenía claro que quisiera dedicarse a la política. Sus primeros momentos de felicidad profesional llegaron trabajando para una fundación que defendía los derechos de los niños y que consiguió que hubiera una pionera legislación de protección al menor en Estados Unidos.

Su viaje hasta ese pequeño podio en el hotel New Yorker de Manhattan donde este miércoles dio el discurso de la derrota de su vida ha sido largo y muy tortuoso.

La encrucijada de Arkansas

El idealismo de la adolescencia y de la juventud parecían llevarla por otro camino hasta que Bill Clinton la conquistó y, sobre todo, la arrastró a Arkansas, el lugar donde Hillary tuvo que renunciar a su apellido -no llamarse Clinton era una fuente continua de controversia que podía perjudicar el ascenso de marido- y donde pasó a ser abogada en un bufete para grandes empresas en un ambiente con pocas opciones.

“El bufete hasta hoy es el sitio donde trabajó más años seguidos, más de 15, pero casi no habla de ello. Hasta hace poco no estaba ni en su biografía oficial”, me cuenta Jeff Gerth, autor del libro Her Way, uno de los más equilibrados que se han publicado sobre ella, y quien ahora trabaja en ProPublica. “Se encontró en una encrucijada muy interesante ante la decisión de mudarse o no a Arkansas. Seguir un camino en el mundo de la academia y la defensa de los derechos de los niños o meterse en el negocio del poder”.

Her Way, que Gerth publicó en 2007 con Don Van Natta, desveló el llamado “proyecto de 20 años” del que Bill y Hillary Clinton empezaron a hablar en los años 70. Entonces charlaban de llegar a la Casa Blanca y de revolucionar el partido demócrata para hacerlo más centrista y con más posibilidades de mantener el poder. En ese plan, o en ese sueño, ambos podrían ser presidentes.

Leon Panetta, que fue jefe de gabinete de Clinton y después jefe de la CIA y secretario de Defensa de Obama, cuenta en el libro que el presidente se lo dijo en un viaje en el Air Force One en 1996 y los autores aseguran que otros amigos de la pareja les confirmaron este relato.

“Alguna gente lo llamará visión, otra dirá que es ambición. Tal vez sea un poco de las dos. Eran jóvenes y tenían claro que querían dedicarse a la arena política y a darle otra forma al partido. Se puede decir que lo consiguieron”, me dice Gerth. “Ninguna de la gente que nos lo contó se ha retractado”.

Las renuncias

En la primera parte de ese plan, Hillary Clinton renunció reticentemente a gran parte de su carrera.

Para sus amigas fue un shock, a algunas de ellas decepcionó porque se quedara en segundo plano y a otras porque fuera perdiendo sus ideales.

Su madre, Dorothy, siempre imaginó un gran destino para ella. Muchas de sus amigas veían desde la universidad a la futura presidenta Rodham. Sobre todo desde aquel discurso de graduación en Wellesley, el primero que daba una alumna, que la hizo salir en Life y en la televisión local de Chicago como un símbolo de una generación que no estaba dispuesta a aceptar instrucciones y que llevaba a gala el lema de su college: “ Non ministrari sed ministrare”, una llamada a hacer y no a recibir de forma pasiva.


No pasó desapercibida entre las apenas 27 mujeres que había en Derecho en Yale en 1969. Tenía la misma chispa que vería en 1972 Betsey Wright, la activista de Texas que descubrió a Hillary cuando acompañaba a su entonces novio Bill para trabajar en la campaña del candidato demócrata George McGovern. Wright tenía claro que era ella, y no él, quien podía “hacer cosas increíbles en el mundo”.

En Arkansas, Hillary perdió al menos parte de su idealismo y aprendió a desconfiar de la prensa y de los críticos. Sus primeros errores después como primera dama vendrían de no querer explicar los momentos más embarazosos de aquellos años, como su inversión en una ruinosa operación inmobiliaria, Whitewater, o el hecho de que su firma de abogados tuviera contratos públicos cuando su marido era gobernador. Varias investigaciones determinaron que no había nada ilegítimo pero a menudo ella empeoró la situación al ser poco transparente o no querer reconocer sus errores desde el principio.

Su primer crítico

“Parte de sus problemas son autoinfligidos”, dice Gerth. Otra parte vienen de la animadversión que despertó en tiempos donde el machismo en la vida pública aún era normal.

Uno de sus primeros críticos fue Richard Nixon, el hombre por el que había luchado cuando era una adolescente y el que como veinteañera había investigado como una de las abogadas de la comisión del Watergate.

En 1992, después de la entrevista en 60 Minutes donde Hillary salió con Bill para apoyarle pese a sus infidelidades, el expresidente comentó: “Si la mujer sale pareciendo demasiado fuerte, hace que el marido parezca un pelele”.

En la Casa Blanca, su insistencia de trabajar en el Ala Oeste, la del presidente, y la suspicacia hacia el exterior ayudaron poco a la causa de la reforma sanitaria por la que luchó. Ni siquiera consiguió someterla a votación en el Congreso. Una vez más, fue ella la que pidió pocos consejos en una tarea muy difícil. Pero también sufrió la poca colaboración de unos republicanos que sólo querían su humillación.

Su carrera muestra que los malos tiempos han sido lo que a menudo la han hecho recapacitar y tomar caminos que han acabado mejor. Así fue tras el fracaso de la reforma sanitaria, el escándalo de Monica Lewinsky o la derrota en las primarias demócratas de 2008 contra Barack Obama.


Biografía en fotos: Hillary Clinton, una vida en el poder

Loading
Cargando galería

Terminó como primera dama siendo popular, se ganó el respeto de sus colegas en el Senado y como diplomática al mando del Departamento de Estado era una de las figuras públicas más apreciadas del país.

Algunas crisis la han ayudado a paliar la imagen de figura distante, pero sólo en ocasiones.

Hillary lleva al menos desde 1992 en el centro de la vida pública de Estados Unidos. Pero no ha conseguido romper la caricatura o el enigma. Su camino ha sido largo y a menudo dramático.

Dos días después de presentarse a las primarias de 2008, Brian Williams le preguntó en la NBC si tener ya tanto bagaje no era demasiada carga para ser candidata. Ella contestó: “Como me dijo alguien cercano, soy probablemente la persona más famosa que en realidad no conoces”.

Pragmática y halcona

Es pragmática y a menudo ha sido criticada en su partido por irse demasiado a la derecha. Quienes mejor hablaban de ella en el Senado eran a menudo republicanos, entre ellos John McCain. Su defensa de la invasión de Irak, su respaldo a George W. Bush, sus titubeos en inmigración o su comodidad con los banqueros de Wall Street provocaron gritos de las activistas de Pink Code cuando era senadora o de los bernianos en la convención demócrata este verano.

Para lo bueno y para lo malo, no es una persona dogmática.

Como senadora y como secretaria de Estado, mostró que era una halcona en política exterior. No sólo votó a favor de la invasión de Irak, sino que no quiso poner condiciones a Bush y le defendió con tal ardor que la Casa Blanca se sorprendió. Al menos hasta que la senadora empezó su viraje antes de las primarias de 2008.

Como secretaria de Estado, fue una de las primeras que animó a Obama a intervenir en Libia y estaba entre quienes le empujaban a hacerlo también en Siria.

Bill Clinton la aconsejó activamente al menos en la votación de Irak. Otra de las posibles explicaciones es su obsesión con no parecer débil, especialmente pensando ya en ser comandante-en-jefa. Esto apuntala su retrato de calculadora, lejos de la joven que quería luchar por los derechos de los niños.

Aun así, al menos durante la presidencia de su marido, Hillary era también la que defendía que Bill no se dejara guiar sólo por las encuestas y no cediera ante los republicanos en todos los principios, por ejemplo, en el respaldo de las medidas de discriminación positiva a favor de los negros en los años 90.

Los rastros de idealismo

Los emails de los demócratas filtrados por Wikileaks o publicados por el Departamento de Estado muestran ahora a una persona muy cauta y centrista, contenida y controladora, pero también preocupada de verdad por impulsar las causas de las mujeres y los niños.

En un mensaje poco noticioso del 3 de enero de 2010, por ejemplo, le pide a su asistente lo que necesita para empezar el año: té, leche desnatada, los horarios de Parks and Recreation y The Good Wife y un informe de Human Rights Watch titulado 'Tenemos las promesas del mundo: los derechos de las mujeres en Afganistán'.

En su ascenso, se encuentran a veces rastros de idealismo y de feminismo.

Su obsesión en la última década y media ha sido superar la etiqueta de 'mujer de'. Eso la convenció para presentarse al Senado en 2000 por Nueva York, un trampolín perfecto para sus ambiciones presidenciales. Pero ella cuenta en su autobiografía Living History que estaba indecisa hasta que un día fue a visitar un colegio en Chelsea, en Nueva York, para dar unos premios a unas jóvenes deportistas y la capitana del equipo de baloncesto de 17 años, Sofia Totti, le susurró: “Atrévete a competir”.

Totti, que ha montado su propia empresa y hoy vive en París, dice que sucedió exactamente así. Clinton llevaba años preparando la carrera, pero su entorno asegura que momentos como áquel la han empujado.

Una de las inquietudes de Clinton siempre fue tener impacto y mejorar la vida de las mujeres. Ella ha ascendido después de escuchar desde niña que no podía hacer lo mismo que sus compañeros hombres, fuera ser astronauta (mandó una carta a la NASA), la presidenta de la clase (perdió), una abogada a tiempo completo (no pudo hacer tantas horas como otros colegas) o una primera dama que no hiciera galletas (acabó haciendo algunas).

El momento más emocionante del discurso de la derrota este martes de Clinton fue cuando se dirigió específicamente a las mujeres jóvenes.

"Todavía no hemos roto el techo de cristal más alto y más duro. Pero algún día, alguien lo hará. Y con suerte será antes de lo que pensamos", dijo Clinton con la voz quebrada ante mujeres que apenas podían contener las lágrimas.

Su campaña iba a ser una inspiración. La lección que se puede sacar es, sin embargo, la contraria.

“Ha sido una campaña tan repugnante que va a desanimar a muchas mujeres a entrar en política, especialmente a las mujeres. Creo que va a tener un efecto duradero y que muchas jóvenes van a querer tener impacto haciendo otra cosa”, me dice Barbara Burrell, profesora emérita de Políticas de la Universidad del Norte de Illinois y quien escribió sobre Clinton cuando era primera dama.

La voz de Eleanor

En los peores momentos, Clinton ha acudido a un círculo de mujeres que considera referentes y a veces hasta a conversaciones imaginarias con su heroína, Eleanor Roosevelt. “¿Qué habría hecho Eleanor?”, se preguntaba a menudo cuando ella estaba en la Casa Blanca.

Una de sus frases favoritas de la mujer de Franklin D. Roosevelt era: “Una mujer es como una bolsa de té. No puedes saber lo fuerte que es hasta que la metes en agua caliente”.

“Es una luchadora”, dijo Donald Trump cuando, al final del segundo debate presidencial, un votante pidió a los candidatos que dijeran algo bueno el uno del otro.


En la memoria oral de la presidencia de Bill Clinton que ha recopilado el Centro Miller de la Universidad de Virginia, una de las preguntas a los colaboradores de Bill era sobre el futuro presidencial de Hillary. Al ser interrogado, Bernard Nussbaum, el abogado jefe de la Casa Blanca, decía: “La palabra que viene a la mente es fuerza. Ella tiene un tipo de fuerza que a él le falta… Es muy dura”.

Joan Baggett, directora política, se sorprendía de que Hillary estuviera dispuesta a “pasar” por “la resurrección de todo”. Pero “al final, la posibilidad de ser la primera mujer presidenta puede ser demasiado irresistible”.


Más contenido de tu interés