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Cómo convencí a mi fanática abuela republicana para que vote a los demócratas este año

No fue fácil lograr que mi resuelta abuela cubana rompiera con Donald Trump.
Opinión
Nicole es periodista freelance. Estudió derecho en la Universidad de Miami, la ciudad donde reside.
2016-10-21T10:55:29-04:00

Mi abuela y yo coincidimos en muchas cosas. Ambas comprendemos el valor de elevar nuestra voz a su máximo volumen para conseguir lo que queremos. Ambas reconocemos que ponerse un traje decente y algo de maquillaje, incluso para ir a la tienda de víveres, ayudará a evitar momentos incómodos con conocidos. Ambas adoramos a la misma diosa, Cristina Saralegui. Y, sin embargo, hay un tema que evitamos: la política.

Como muchos otros jóvenes cubanoamericanos en Miami, estoy registrada como demócrata. Aunque voté por un candidato republicano en mi primera elección presidencial en 2004, mi opinión comenzó a cambiar cuando ingresé a la Universidad Internacional de la Florida en 2005. Desde entonces, siempre he priorizado el bienestar social y la igualdad por encima de los recortes presupuestarios, pero no puedo decir lo mismo de muchos de mis compatriotas cubanoamericanos.

Cuando se trata de política, mi familia y yo no podríamos ser más diferentes. Siendo exiliados cubanos que huyeron de la isla en 1969, siempre han votado republicano. Así de simple.

Este año, se siente que hay más en juego. A los miembros de mi familia no les gusta Donald Trump, y reconocen que no está calificado para ser presidente. Pero las ideas políticas de mi familia, a las cuales han permanecido fieles desde que tengo uso de la memoria, no flaquean fácilmente.

En Miami, la situación es la misma que en el seno de muchas familias cubanoamericanas. Mis amigos Ericka y Chris, demócratas registrados a quienes nunca se les ocurriría votar por Trump, dicen que algunos de sus familiares ni siquiera hablan con ellos a causa de la tensión en torno a las elecciones. El hermano menor de ellos, republicano registrado quien esta vez se distancia de su partido y votará por Hillary Clinton, ha empezado a evitar completamente los eventos familiares.

"Él sabe que todos tocarán el punto y hablarán de Trump, y no quiere tener que defender sus decisiones", dice Ericka.

Mi amiga Michelle López piensa que es mejor evitar totalmente la situación con su familia republicana. "No hemos hablado mucho, excepto algunos mensajes de texto", dice López. "Las cenas han sido muy civilizadas".

Hace unas semanas, durante una cena en casa de mi abuela, rodeada de la familia que respeto y admiro –incluyendo varios exitosos empresarios e ingenieros– masticaba mi comida en silencio cuando surgió el tema. Siendo la única invitada menor de 55 años, sabía exactamente hacia dónde se dirigía la conversación, y sabía que no debía sacar a colación mis opiniones liberales.

Mientras mi tío explicaba cómo el partido demócrata se ha vuelto colusorio, señalando el escándalo de los correos electrónicos y cómo Clinton manejó la situación en Benghazi, yo simplemente escuchaba. Cuando dijo que los millennials como yo simplemente sentimos que tenemos derecho a todo y somos excesivamente susceptibles a la propaganda, viré los ojos hacia arriba tan duro que parecía que estaba teniendo un ataque.

Mi abuela se unió, afirmando que a ella no le gustaba Trump, pero que cualquiera era "mejor que Clinton". Pero cuando mi tía preguntó si había visto 'House of Cards', sugiriendo que el show se basa en los Clinton, no pude soportar más. Entre bocados de arroz con frijoles, sostuve –inútilmente– que esta vez, el voto republicano tendrá nefastas consecuencias.

Intenté exponer tranquilamente que Trump amenazaba nuestra libertad, y ellos replicaron que Clinton haría algo peor. Hablé de la trayectoria de Clinton como funcionaria pública, mientras ellos intervenían en la discusión acerca de los supuestos negocios exitosos de Trump. Se alzaron las voces. Salieron a relucir antiguos dramas de la familia.

Nunca he compartido las mismas ideas políticas que mi familia, pero de alguna manera este año todo se siente distinto. No puedo simplemente sentarme y ver a mi abuela votar por Trump.

Es más que irónico que Trump parece representar todo lo que un líder totalitario pretende ser: un demagogo que usa lenguaje incendiario, aboga por la mala redistribución de la riqueza, promulga ideologías racistas, intenta ahogar la libertad de prensa, siembra temores y afirma que el país está destruido. ¡Caramba, eso suena a alguien que mi abuela conoció! A los cubanos mayores les encanta hablar de cómo sabían exactamente lo que quería Fidel Castro cuando surgió, que nunca confiaron en él. Pregúntele a un cubano por quién va a votar el día de hoy, y su ceguera sugiere lo contrario.

Intenté explicarle esto a mi abuela cada vez que hablamos por teléfono durante los últimos meses. Le recordé lo que ha dicho Trump sobre los mexicanos y otros inmigrantes, haciendo hincapié en que esas opiniones desacreditan completamente lo que los cubanoamericanos hicieron por este país. Traduje al español los mensajes de Twitter de Trump, explicándole que su mal temperamento podría explotar fácilmente si fuera presidente. Le hablé de su falta de respeto hacia las personas discapacitadas, los periodistas y las mujeres, especialmente hacia las mujeres.

Como exiliada cubana, mi abuela entiende mejor que nadie el papel que hemos desempeñado. El ejemplo que ella nos dio –ser fuertes, inquebrantables, hacer lo que tengamos que hacer– formó a sus hijas y nietas.

Ni siquiera Alicia Machado, ex Miss Universo, quien dice que Trump la llamó "Srta. Piggy" y "Srta. Empleada Doméstica", pudo hacerla cambiar de idea. A mi abuela siempre le ha fascinado Miss Universo; sabe exactamente quién es Machado. Pero al parecer sus amigas en Facebook, quien entre publicaciones de memes de Internet con flores y bendiciones también publican sensacionales noticias conservadoras de fuentes cuestionables, dicen que el novio de Alicia Machado es un narco. Y eso es todo.

Sorprendentemente, hace unas pocas semanas, Trump todavía tenía convencida a mi abuela de que cualquiera era mejor que Clinton.

Pero luego, milagrosamente, el universo me ayudó un poquito.

Un artículo de Newsweek publicado a finales del mes pasado detalla cómo un consultor de Trump había visitado Cuba en la década de 1990, durante uno de los períodos más sombríos de la historia cubana moderna, a fin de investigar posibles oportunidades de negocio. Creo que hay una gran diferencia entre llamar a Obama comunista y coquetear con la idea de hacer negocios con uno, y así le dije a mi abuela.

"Envíame el artículo", exigió finalmente, un alejamiento de su política de no prestarle demasiada atención a nada negativo acerca de su candidato republicano.

Me estaba acercando. El día después de la historia de Newsweek, la llamé de nuevo. Le rogué, lloriqueé y supliqué que considerara mis futuros hijos al emitir su voto. Aunque ella pareció tener todo esto en cuenta, yo dudaba que realmente escuchara mi consejo.

Pero cuando hablé con mi abuelo al día siguiente, me dijo: "Oye, te las arreglaste para cansar a tu abuela".

"¿Qué quieres decir?". Le pregunté.

"Dice que ya no va a votar por Trump, que va a votar por Clinton", contestó.

Como era de esperarse, mi orgullosa abuela tomó la decisión correcta, aunque ella nunca me daría esa información de buena gana. Conmovida, pero agradecida, le dije a mi abuela que iríamos a las urnas juntas para garantizar que mantuviera su decisión.

Entonces, ¿cuál es la moraleja de esta historia? Si los hábitos demagógicos de Trump no son suficientes para convencer a las familias cubanas de que cambien su voto este año, intenten destacar que sus estrategias de negocio podrían incluir el reparto de beneficios con los Castro.

Olvídense de la discriminación de género y raza; vayan directo al comunismo. Es probable que no se logre convencer a todos, pero tal vez se pueda convencer a una o dos abuelas.


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