"Mamá, quiero ser científica": el abismo de género en una profesión de hombres

Decididas a abrirse espacio en carreras de ciencia y tecnología, tradicionalmente ocupadas por hombres, un grupo de niñas de Perú, México, Chile y EEUU compartieron en un campamento la estrategia para sortear los obstáculos educativos, familiares y sociales para conseguirlo.
8 Sep 2016 – 1:05 PM EDT

Selecciona cada perfil para conocer la historia completa de estas cuatro participantes

CHACLACAYO, Perú. - En un laboratorio que tiene a sus espaldas un cerro rocoso y largas mesas en su interior, unas niñas con las manos llenas de tierra observan y preguntan. “Es algo que sale un poquito del tema. Yo vengo de Cerro de Pasco y hay una mina, un tajo minero, es enorme, y se dice que las personas tienen plomo en la sangre. ¿Qué consecuencias fisiológicas puede traer?”, pregunta Anely Zaid Martínez, de 15 años.

Anely juega sutilmente con sus guantes blancos cubiertos de tierra, mientras Milagros Jiménez, una especialista en biodiversidad de la Sociedad Minera Cerro Verde, menciona el cáncer y secuelas neurológicas en su respuesta. “¿Qué procesos se podrían seguir para que el plomo no impacte tanto a la gente?”, interrumpe. Su timidez parece haberse quedado atrás y la niña no luce conforme con la respuesta, pero sonríe porque pudo preguntar sobre algo que le importa.

Anely es una de cien niñas de entre 14 y 17 años de México, Perú, Chile y Estados Unidos que participan en el campamento WiSci (Mujeres en Ciencia) en Perú, en Chaclacayo, una ciudad a 33 kilómetros de Lima a la que se llega tras manejar casi una hora. Este es un campamento de STEM que les acerca las ciencias en español, su idioma o la lengua de su herencia.


“Stem” es el equivalente en inglés para tallo, ese órgano vital de las plantas que sostiene las hojas, las flores y sus frutos. Pero trasladadas al campo educativo y profesional, esas mismas letras -STEM- representan las carreras y materias relacionadas a las ciencias (Science), tecnología (Technology), ingeniería (Engineering) y matemáticas (Math) que se han perfilado como las disciplinas del futuro. Recientemente se ha comenzado a hablar de STEAM (agregando la ‘a’) para integrar los componentes de arte y diseño a estas ramas.

Jasmín Flores, hija de salvadoreños de Los Ángeles, California; Aisha Julieta Cabrera García, de México; Camila Colque Mamani, de Chile; y Anely Zaid Martínez Janampa, de Perú, son parte del futuro de estas disciplinas que en EEUU buscan atraer a más minorías como los hispanos y a más mujeres.

Pero aunque los datos censales apuntan que el número de hispanos en EEUU es de 55.4 millones (17.4% del total de la población del país en 2014), según el Centro Nacional para Estadísticas de la Educación, apenas el 10.9% de los graduados universitarios en carreras STEM en el año académico 2013-14 eran hispanos.

De Jasmín, Aisha, Camila y Anely afloran anhelos de convertirse en científicas, matemáticas, ingenieras, programadoras, doctoras o investigadoras.

Y más allá de las diferencias y puntos de coincidencia en sus trasfondos socioeconómicos, metas, historias y los obstáculos que han enfrentado, las cuatro comparten las ganas de producir un cambio social, de enfrentar el rezago y hacerle frente al discrimen que algunas han enfrentado por ser niñas o por ser hispanas.

Del 23 de julio al 7 de agosto, ellas participaron del campamento -una colaboración entre el Departamento de Estado de EEUU, la campaña Girl Up de la Fundación de las Naciones Unidas, Google, Intel y el Foro de Cooperación Económica Asia-Pacífico- que aparte de exponerlas a experimentos y ‘coding’ las sumergió en eso del empoderamiento de la mujer.

“Todas en algún momento vamos a pasar por una etapa difícil pero yo creo que eso va a darnos más formas de opinar y una lección que nos va a sacar adelante”, le expresa Camila, de 16 años, a su grupo -la familia 6- reunido en un círculo en el Centro Vacacional Huampaní, escenario del campamento que durante el día incluye dos llamas antipáticas que se pasean entre las niñas.

Conocimos a las niñas al inicio de la segunda semana y para ese entonces ya habían creado una suerte de comunidad, se escuchaban las unas a las otras y se abrazaban en señal de apoyo cuando a alguna de ellas se le entrecortaba la voz al contar su historia.

La intención, dice una de las consejeras, Rocío Ortega, y estudiante universitaria de primera generación, es que este espacio fuera un recurso que les anime para que se abran paso en estos campos dominados por hombres y “para que no se sientan solas”.


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“Les enseñamos a programar, a hacer microscopios con sus propios materiales con la esperanza de que ellas regresen a sus casas y enseñen a más niñas en sus comunidades”, afirma Rocío, de 22, hija de inmigrantes que llegaron en 1989 a Los Ángeles, California desde Puebla, México, en busca de una vida mejor y de posibilidades para su familia.

Pero el trasfondo social de las niñas, y el apoyo educativo y familiar que reciben puede determinar que estas se inserten o no en los campos de la innovación, carreras que pueden producir cambio social, progreso que derribe la brecha salarial y mayor investigación científica.

Sin embargo, la realidad es que las mujeres representan solo 24% de los profesionales de STEM en el país, según la Information Technology and Innovation Foundation.

La Unesco indica que ellas componen apenas 30% de los investigadores científicos del mundo. Pero la participación de las mujeres varía globalmente, y en 2015, la región de Latinoamérica y el Caribe registró el mayor número de investigadoras científicas a nivel mundial (45.2%).

“Si bien hay una gran cantidad de chicas estudiando carreras científicas en la universidad, los cargos altos siguen siendo para los hombres ”, sostiene la uruguaya Paola Scavone, de la American Society for Microbiology. Además de mirar con microscopios hechos con sus celulares, Scavone enseñó a las niñas a hacer una extracción de ADN y las provocó a teorizar sobre el pan y la levadura.

En Latinoamérica, el ser mujer es el primer reto que ellas van a tener que afrontar”.

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Camila, la chilena que lleva tenis negros Converse y sonrisa frecuente, luchó mucho para llegar al campamento. Sus tías le dijeron a su madre que no la dejara venir por miedo a que le pasara algo. Una prima, sus profesores y una embajadora de Estados Unidos en Arica, Chile convencieron a su mamá. “En todo eso mi mamá confió, y hablé mucho con ella y me dejó venir”, dice Camila y se ríe, contenta por ese logro.
Relatos como el de ella ilustran esas pequeñas conquistas que se necesitan para superar la escasa participación de minorías y mujeres en los campos STEM.


La situación de Google, una de las grandes compañías representativas de las profesiones STEM, ejemplifica la poca representación que tanto las mujeres como los hispanos tienen en estos campos.

Según datos de enero de 2016, a nivel global, el 69% de los empleados de Google son hombres mientras 31% son mujeres. En Estados Unidos, el 3% de sus trabajadores son hispanos mientras el 2% son afroestadounidenses. Los asiáticos y blancos representan el 32% y 59%, respectivamente.

“Ya hay un problema grave de que las mujeres no tenemos la tendencia de ir al área tecnológica, de las ciencias, de las matemáticas”, subraya Carolina Hernández, una venezolana ingeniera de ‘software’ que durante 11 años ha sido una de las pocas empleadas en las oficinas de Google en California.

Hernández es una de las instructoras que apoyan a las niñas en tareas como las de construir una aplicación en la que arman sus ‘features’ con unos bloques de colores que acomodan en las computadoras como piezas de un rompecabezas.

A su juicio, iniciativas como el campamento intentan resolver la poca representación existente desde antes que el problema de la disparidad de género tome aún más fuerza.

“Si en el bachillerato se han enfocado en las matemáticas o le agarran cariño a las ciencias, podemos disminuir el déficit en la universidad y cuando nos graduemos somos más. Y a lo mejor hay posibilidades de que sean aceptadas en las mejores universidades”, donde compañías como Google, Facebook e Intel buscan sus candidatos, explica.

Pero dependiendo de sus circunstancias, muchas niñas no pueden acceder a esas instituciones de educación superior por factores económicos y poco apoyo familiar.


Algunas, como indica Hernández, deben convencer a sus padres para que les permitan cursar una carrera universitaria y otras, como coinciden Scavone y Hernández, necesitan hacerle frente a roles culturales y estructuras conservadoras arraigadas que las han limitado a la casa, al marido, los hijos o cierto tipo de profesiones.

Aparte de eso, en las ocupaciones STEM en Estados Unidos, el ingreso promedio semanal de hombres era entre 16% y 26% mayor que el de las mujeres en 2015, de acuerdo con el Departamento de Empleados Profesionales AFL-CIO (DPE).

La mayor parte de los países latinoamericanos, por otro lado, son machistas “que limitan no solamente el acceso a mujeres científicas sino el acceso de mujeres a todos los ámbitos de desarrollo”, subraya la bióloga Gisela Orjeda, presidente del Consejo Nacional de Ciencia, Tecnología e Innovación Tecnológica (Concytec) de Perú.

“El incorporar más mujeres a la ciencia va a hacer que la ciencia sea una mejor ciencia. Una ciencia diversificada siempre es una mejor ciencia”, menciona Orjeda.

Hacia esa meta van estas niñas. Mientras, hacia el final del campamento, ellas se alistan para sus proyectos finales entre pequeños aparatos e ideas que plasman en carteles.

Uno de los grupos diseña un censor y red social para que las embarazadas se desahoguen o se encuentren un parque o restaurante por los localizadores de Google Maps. Otro equipo trabaja en un filtrador de dióxido de carbono para purificarlo y que sus restos se apliquen, por ejemplo, como abono para plantas. Un tercero trabaja en una aplicación para que mujeres víctimas de violencia de género tengan casas cercanas adonde recurrir y recibir apoyo.

“Dos semanas o tres no son suficientes, es decir, no podemos esperar que de aquí salgan científicas. Sin embargo van a salir chicas estimuladas, con una vocación -si es que la tienen- más fuerte y que han sido reforzadas en su autoestima, seguridad y entusiasmo por el conocimiento”, plantea Orjeda.

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Aquí, entre estas niñas, hay ideas que van más allá de las ciencias y las matemáticas. Sus proyectos reflejan que ellas quieren beneficiar a muchos, como plantea Jasmín, de 14. O, como dice Aisha, de 16, que quiere desarrollar una tecnología que ayude a un país o una familia.
Tienen muchas ideas pero también, como intuye Orjeda, muchas dudas de las retóricas habituales de la sociedad. A medida que el campamento transcurre, Anely le da vueltas a su preocupación sobre los índices de plomo en Cerro de Pasco, Perú. Los altos niveles de plomo en la sangre de los habitantes de su comunidad, el problema del que Anely preguntaba en uno de los laboratorios, ha sido reconocido por estudios del Ministerio de Salud de Perú y los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (CDC) de EEUU. Anely es la voz de quienes no se conforman con las respuestas habituales o las soluciones dadas.

Ella cree que a través de la ciencia se podrían descubrir métodos para reducir los componentes químicos dañinos que contienen los desechos de las empresas mineras. “Como estudiante, habitante y mujer, considero que este problema limita al desarrollo de mi comunidad”, reflexiona Anely. “Y uno de los objetivos de mi vida es resolverlo”.

Las preguntas para resolver este y otros problemas propios de sus comunidades apenas comienzan para Anely y las demás niñas. Este campamento les ha dado una sensación de poder para animarles a buscar soluciones y, en el proceso, obtener respuestas.

Este reportaje contó con el apoyo financiero de UN Foundation.

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Jasmín Flores


14 años
Palisades Charter High School
Estados Unidos


Llegar a la universidad es la gran meta de Jasmín, el sueño que va más allá de ella. Será la primera generación de su familia en hacerlo y su timidez no impide que el orgullo se le salga al expresar eso.

“Mis padres no pudieron ir a la universidad. Emigraron de El Salvador, y para mí es muy importante porque ellos trabajan muy duro para mí, para que yo pueda ir a la escuela que voy”.

Jasmín nació hace 14 años en Los Ángeles, California, y aún no sabe bien qué quiere estudiar. Sin embargo, le gusta la idea de ser pediatra, por sus intereses en la medicina pero también en ayudar a niños como hace en su tiempo libre como voluntaria de distintas organizaciones.

La historia de Jasmín es el eco de la de muchos hispanos que se buscan la vida en el país al que sus familiares llegaron con la aspiración de encontrar mejores posibilidades.
El camino, no obstante, a veces puede ser pedregoso. Jasmín dice que aunque Estados Unidos es un país diverso, la discriminación todavía existe.

“Cuando yo estaba en la elemental, la gente siempre me decía que yo no era inteligente, que yo no podría ser nada en mi vida, que yo no iba a ir a la universidad y cosas así. Por unos días sí lo creí […] pero eventualmente yo desperté y dije ‘yo sí puedo hacer esto’”, relata Jasmín.

Pero tales expresiones se le han vuelto un estímulo para “hacer algo que valga la pena” y demostrarle a quien ha dudado de ella por ser hispana que “sí se puede”.

El esfuerzo es la constante en ese proceso. Viaja a diario una hora para llegar a su escuela porque las que tiene cerca no ofrecen clases de honor o clubes en los que pueda desarrollarse. Mientras, su madre se dedica a limpiar casas y su padre trabaja en un laboratorio dental.

“Es muy difícil encontrar un trabajo, pero afortunadamente mis padres sí lo tienen y pueden pagar por la casa, ropa, todo lo que necesito”, explica. Y aunque ella tiene papeles, se conmueve de ver a “toda la gente que no tiene papeles porque para ellos es muy difícil”.

Para Jasmín, la educación se le ha vuelto el norte para su superación que es también la de los suyos. Los inconvenientes financieros no impiden que sus padres apoyen su ruta educativa. “Ellos me dicen, ‘Aunque no tenemos el dinero vamos a encontrar una manera de llegar a la universidad’”, comparte orgullosa.

La joven sueña con llegar a la universidad, conseguir un trabajo digno, “ayudar a la gente que no tiene voz” y tener una familia.

“Quiero regresarles a mis papás un poco de todo lo que me han dado porque ellos sí trabajan muy duro”. No hay suficientes palabras, reflexiona ella, para expresar cuánto agradecimiento siente por sus actos. “Y siempre me han dicho que yo voy a ser alguien en mi vida y lo creo”.


Aisha Julieta Cabrera García


16 años
Escuela Preparatoria Número Tres
México


El gusto de Aisha por las matemáticas le viene en gran medida de su papá. Pero cuando él se fue de la casa, esa rama que siempre la ha intrigado de pronto quedó estancada.

Cuando piensa en el mayor obstáculo que ha enfrentado, Aisha lo define regresando a la partida de su padre. “Porque, pues, igual, digamos que aportaba mucho a mi mamá, aportaba mucho en general a mi familia, ¿no? Entonces, pues, mi mamá se metió muchas presiones y quiera que no, tu familia te las contagia”, explica con su voz finita, como de muñeca. Pero de ese dolor salió poco a poco su determinación. Pensó en muchos que estaban pasándola peor que ella y recuerda que se dijo, “Sí puedo”.

“Entonces dije, ‘¿Y cómo voy a resolver esto?’ (Si) mi mamá se queda sin trabajo, yo me pongo a trabajar. ¿No puedo entrar a la universidad que yo quiero? Entro a otra y lo vuelvo a intentar en esa que yo quería. Pero no quiero dejar algo sin haberlo intentado tanto como pueda”, reflexiona.

Ahora Aisha quiere ser ingeniera o dedicarse a alguna ciencia, pero también crear un emprendimiento para que el conocimiento se expanda a muchos lugares”.

Aisha habla de lograr un cambio en el mundo, de que las promesas pasen a la acción: “Me gustaría que la escuela llegara de igual manera a todas partes. […] Porque en una comunidad he visto que hay escuelas realmente deplorables donde el suelo es de tierra, a veces ni siquiera tienen techo, ni siquiera tienen mesas”.

Las matemáticas que tanto le gustan a Aisha -que la hacen pensar que cuando tenía 8 años ya veía álgebra- la atraen por el reto de completar la operación hasta el fin. “Por eso supongo que me gusta resolver los problemas, no me gusta que se queden a la mitad. Llegar a su conclusión”.

Anely Zaid Martínez Janampa


15 años
Colegio de Alto Rendimiento Pasco
Perú


A Anely le cautiva la informática y sobre todo la idea de que las mujeres adquieran mayor terreno en los espacios sociales.

“He visto la problemática en mi país, sobre todo en mi región en donde las mujeres no son permitidas trabajar simplemente por su condición de ser mujeres”, afirma.

De ahí que quiera apoyarse de la ciencia y la tecnología, confiada en que desde esos campos puede contribuir a que las mujeres se desarrollen como quieren.

“Yo considero que las mujeres forman una parte fundamental en los desarrollos de la ciencia y la tecnología. Porque, bueno, desde mi punto de vista nosotros tenemos nuevos ideales, ideales revolucionarios”, dice.

Por ser una joven que busca abrirse un lugar en campos dominados por los hombres, ella asegura haber enfrentado prejuicios por ser niña.

“Mi colegio es una escuela de bachillerato internacional y en mi salón, los cursos que predominan son la física y la matemática. Y, bueno, somos solo nueve mujeres en mi salón y muchas veces me han dicho que yo no puedo porque la física solamente es para los varones, que la ciencia solamente es para los varones”.

Pero esa duda de la capacidad femenina en los campos científicos ella la retó cuando junto a sus compañeras de clase elaboró un proyecto de sensores que puedan captar el dióxido de carbono para poder “sacar algo bueno de algo perjudicial”.

“Fue algo revolucionario y me encantó vivir esa experiencia”.

Anely proviene de un hogar de rango social medio, tiene dos hermanos menores y sus padres están separados. También desde su casa ha entendido lo que significa que alguien dude de sus intereses.

“Mi papá es algo estereotipado y cuando le comenté que iba a entrar a las carreras de ciencia o tecnología, lo primero que me dijo fue, "¿Crees que lo vas a hacer?" Eso fue lo primero que me dijo y me sentí un poco incómoda porque estaba sintiendo que dudaba de mi capacidad”.

Eso, sin embargo, no la ha detenido. Anely vive en una casa que suma diez al incluir a su abuela y sus tíos y allí, en la sala principal, hay una foto que la ha llenado de fuerzas. La foto es de su abuela, posando frente a un equipo de ingenieros. Era la única mujer entre ellos.

“Cuando tenía 10 o 9 años, estuve analizando por qué era la única mujer que estaba ahí”, comparte. Su abuela no es ingeniera pero, según Anely, ella trabajó en la minería como apoyo a esos hombres.

“Esa foto me demostró que hay algunos estereotipos que estaban en el pasado y que siguen”.

Pero la cuestión, reflexiona ella, “está en saber cómo pasar esos obstáculos o los estereotipos para convertir a la mujer en un arma fundamental en la sociedad”.

Anely lo dice con un vigor que se sale por la mirada.


Camila Colque Mamani


16 años
Liceo Octavio Palma Pérez
Chile


Camila no se ha decidido del todo sobre qué carrera la cautiva realmente. Sin embargo, ella sí tiene la certeza que quisiera algo que le permita ayudar a otros. “Quiero ayudar a personas que tengan bajos recursos o que no los tomen en cuenta como los niños que tienen enfermedades”.

Estamos en la grama y una llama impertinente se asoma. Luego un grupo de gansos entra a nuestro campo visual y el tren pasa con su ruido. Entre risas, Camila me cuenta cómo este campamento le ha permitido conocer un instrumento clave del mundo científico: “Nunca había utilizado un microscopio hasta ahora; ver mi pulgar, las plantas desde tan cerca, las bacterias, el ADN, fue una experiencia muy grande”.

Es hija única y vive con su mamá quien desde que quedó embarazada de ella tejió y trabajó con las tías de Camila para mantenerse a flote. Después puso un colmado para progresar juntas. “Se cansa mucho… Es una gran inspiración para mí. La quiero sacar adelante, quiero que no se sobrexija”. Camila no conoce a su padre y solo lo ha visto en foto. Su madre le dijo que él la vio de recién nacida y que lloró. “Tengo que admitir que soy evangélica, voy a una iglesia, y espiritualmente no me hizo falta mi padre. Gracias a mi mamá nunca me hizo falta”.

A ella le ilusiona que su mamá descanse más y llevarla algún día por distintos países. Debió convencerla para que la dejara venir al campamento. Uno de los retos que reconoce que debe enfrentar es, precisamente, lo apegada que es a su mamá: “Me costó harto venir acá por la preocupación que tenía de mi mamá. Dejarla sola me cuesta y es una barrera muy grande si quiero ir a estudiar muy lejos. Tengo que solucionar eso pero no sabría cómo, no sabría cómo”.

Luego de un rato, Camila piensa que le gustaría ser pediatra, o matrona, porque sus intereses por las ciencias y los niños se encontrarían. No ha dialogado con su mamá de la posibilidad de ir a estudiar a otro país, pero está confiada en que le apoyará. “Ella nunca me ha dicho que yo no puedo”.

Mientras tanto, dice que quiere aprender a no dudar de ella misma y a no guardarse las respuestas cuando ella bien sabe la contestación. Para ella, lo importante es progresar y no solo por ella: “Ese es un sueño que realmente quiero cumplir. Tal vez no llegue a viajar por todo el mundo, pero sí voy a sacar a mi mamá adelante. Lo pienso hacer”. Así, Camila empieza a ver que la determinación se asoma poco a poco, como en ese tono con el que afirma que saldrá adelante por las dos.

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