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Discapacidad

La vida después de una mina antipersona

En el Día Internacional para la sensibilización contra las minas antipersonas, hablamos con el militar colombiano vivo con más mutilaciones.
4 Abr 2016 – 04:11 PM EDT
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Elber Rodríguez comandaba una unidad especial cuando encontró la muerte pasajera que lo mantuvo tres días en estado de coma. Crédito: Felipe Abondano

Cuando Soledad Moreno fue a ver a su hijo de 27 años, Elber Rodríguez, al hospital de Cartagena, quedó impactada. Su hijo ya no era su hijo; era apenas una parte de él, restos. Había sobrevivido al estallido de una mina antipersona a un precio muy alto: le faltaban sus dos piernas, el brazo derecho, un ojo, un dedo de la mano izquierda y sus oídos estaban gravemente afectados. Con el corazón hecho jirones, pudo consolarse al escuchar a otra madre destrozada por la muerte reciente de su hijo, caído en combate:

⎯ A usted por lo menos le dejaron un pedacito de muchacho, a mí no me dejaron nada.

Esa frase se la han dicho muchas veces otras madres menos afortunadas. Por eso se aferra a ella para sobreponerse de un dolor que, trece años después, todavía está ahí.

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Colombia es, después de Afganistán, el segundo país más afectado por las minas antipersona. Es además el único país de América Latina donde los grupos armados usan este tipo de artefacto para quebrar –física y moralmente- al enemigo y para lisiar a civiles inocentes. Una de las estrategias de los insurgentes dentro de la lucha armada que mantienen contra el Estado desde hace 50 años.

Las “minas quiebrapatas”, como se les dice popularmente, están sembradas en 32 de los 33 departamentos que tiene Colombia.

La Dirección Contra Minas de la Presidencia tiene registrados más de 11 mil casos. De esos, 1.124 son niños. En los años más álgidos de la guerra –entre 2003 y 2006– se llegaron a registrar tres accidentes por día. A estas cifras hay que sumarle una cantidad indefinida de personas que nunca fueron reportadas por la lejanía con los centros de atención.

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En el caso de Elber está claro: su padre fue policía durante 32 años y él creció en ese ambiente. Estudió en un colegio donde acudían hijos de policías. Allí conoció la violencia y la muerte muy temprano, pues le tocaba asistir al velatorio de los padres de sus compañeros.

Pero ni eso ni nada mermó su prematura vocación de ser soldado, al contrario, lo deseaba con más ahínco: a los cuatro años se le ve sonriente en una foto, disfrazado con uniforme militar, uno de los muchos que su padre le compró para alentar su gusto. Por eso a nadie le extrañó que entrara a la Escuela Militar a los 17 años y sobresaliera desde el inicio.

Siguió lo previsible: logros militares donde estuvo al frente, no como un soldado ni como un teniente, sino como alguien que parece –o se muestra- invencible. Comandaba una Unidad especial cuando encontró la muerte pasajera que lo mantuvo tres días en estado de coma y lo trajo de vuelta, como una prueba de que los milagros ocurren: es el militar colombiano vivo con más mutilaciones.

Fue el 3 de marzo de 2003, en Montes de María, a dos horas de Cartagena de Indias, un pueblo donde se ha concentrado lo peor de toda la barbarie de la guerra: masacres, secuestros, desplazados, un lugar que fue conocido por un deshonroso primer lugar: “la zona más minada del planeta”.

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Elber está en su apartamento de Bogotá, un espacio agradable en el que solo permanece de jueves a sábado, los días que asiste a la maestría de Administración de Negocios. El resto de la semana se va a la casa de sus padres, Fusagasugá, un municipio a dos horas de Bogotá, un ambiente bucólico y tranquilo.

⎯ Una mina artesanal –dice mientras coge un envase que tiene para tomar agua– la hace cualquiera: en un recipiente como éste mezclas explosivo, materia fecal, metralla, estopín. El explosivo se consigue muy fácil y es muy barato. Mientras haya corrupción en las Fuerzas Armadas se conseguirá…

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En Colombia, las minas artesanales no están hechas para matar, aunque matan. Su fin es mutilar, lisiar, incapacitar. Y también producen una espantosa secuela: infectan, gangrenan los miembros hasta que tienen que ser amputados, no una, sino varias veces, hasta llegar a tejido sano. La razón es que estas minas contienen excremento, desechos, tuercas oxidadas. Una de esas le tocó a Elber.

Por eso, cuando fue trasladado en helicóptero al hospital de Cartagena, el más cercano, su estado clínico era reservado. La onda que recibió habría matado a cualquiera. Pero por alguna razón que los médicos no se explican, Elber sobrevivió. Pérdida de miembros, órganos comprometidos; el pronóstico era el peor y así se lo informaron a los familiares. Mandaron a preparar la sala de velación. Pero justo antes de desconectarlo, Elber comenzó a hablar como si nada hubiera pasado. Siguió un largo proceso: amputaciones, operaciones —tantas que ha perdido la cuenta; tantas todavía faltan—, rehabilitación: empezar la vida. Aprender a escribir con la mano izquierda, aprender a usar la silla de ruedas, aprender, aprender.

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Desde ese instante en el que la vida le dio un vuelco hasta hoy, cuando se celebra el Día Internacional para la sensibilización contra las minas antipersona, Elber Rodríguez no ha visto que haya mejoras en ningún aspecto. Se han desactivado minas, si, y hay soldados heridos por esa hazaña, pero la realidad política y social de las víctimas sigue siendo la misma, el mismo abandono. Hacer y enterrar una mina puede costar la irrisoria suma de 5 a 8 dólares. Desenterrarla vale 100 veces más.

⎯ Una parte de la tarea es desactivar las minas, pero hay otra parte que no se contempla y es darles atención de por vida a los sobrevivientes. Si ese apoyo existiera no habría fundaciones que recogen dinero para darles prótesis a los heridos. Ese trabajo es enteramente del Estado. Pero el Estado se limita a dar una atención precaria. No los rehabilita, ni les da oportunidades de trabajo. De hecho, éstas son vetadas para las personas con limitaciones físicas. Yo lo he comprobado.

Por fortuna, el Mayor Rodríguez tiene la parte médica asegurada porque fue miembro de la fuerza pública.

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Los médicos dijeron que Elber estaría al menos seis meses en el hospital. Pero no fue así: treinta días después ya estaba en su casa. Y el 20 de julio, fecha en la que se celebra la independencia, encabezaba el tradicional desfile militar. En la foto de ese día se ve a su entonces esposa empujar la silla de ruedas. Él va con su traje de gala y porta la bandera. Detrás, casi una veintena de soldados muestran sus mutilaciones de guerra: La estampa del horror. El general del Ejército quería mostrarle al país lo que ha costado devolverle la paz a la gente.

Elber Rodríguez no solo se sobrepuso a la catástrofe. Se hizo campeón de natación en la liga militar. Ahora, en su apartamento, muestra las medallas que ganó al frente del equipo paralímpico. Sus experiencias están recogidas en un libro que tituló Fuerza y que ha sido el punto de partida para las conferencias que dicta.

A veces, cuando piensa cuál es su misión en la vida, recuerda a las personas a quienes ha cambiado: “Mucha gente se impacta y cambia su forma de pensar”.

A pesar de su optimismo, Elber no le apuesta al proceso de paz que se avanza en La Habana:

⎯No creo en ese proceso, para que haya paz debe haber castigo para esos terroristas que tanto daño han causado al país.

Pese a todo el calvario que le ha tocado vivir, no se arrepiente ni un ápice de su decisión:

⎯Volvería a ser soldado ⎯dice sin tibiezas⎯, es el orgullo más grande que tengo. No me arrepiento porque la esencia de un soldado es servir con amor. Y yo lo hice. Eso me llenó.

Mientras aprendía a caminar con prótesis, fue ascendido de Teniente a Mayor, y recibió la Medalla al Valor de manos del Presidente de la República. Entre todas las que forman parte de su altar de honores, ésta es especial: “No se la dan a cualquiera”, aclara. Al reverso se lee una verdad tan literal que podría derrumbar a cualquiera: “Me arriesgué a la muerte por salvar a la patria”.

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