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Elecciones 2016

El candidato de las mil caras: las contradicciones que han minado la campaña de Rubio

El senador por Florida siempre fue un camaleón capaz de adaptar su mensaje al entorno. Pero esa habilidad ha sido un problema en este año
14 Mar 2016 – 8:44 AM EDT

Por Eduardo Suárez, @eduardosuarez (*)

Marco Rubio no fue un político especialmente conservador durante sus años como miembro de la Cámara de Representantes de la Florida. Ni siquiera había cumplido 30 años cuando llegó a Tallahassee y quienes lo conocieron entonces lo retratan como un joven más preocupado por tejer alianzas que por impulsar propuestas concretas.

Un político demócrata que optó por no desvelar su nombre me describió esos primeros años de Rubio en política con esta frase: “No sabía dónde estaba el baño y ya quería ser el ‘speaker’ de la Cámara”.

Esa actitud tenía que ver con un detalle importante: una ley aprobada en 1992 había limitado los mandatos de los miembros de la Cámara de Representantes. Es decir, en 2000 Tallahassee empezaba a vaciarse de veteranos y medrar era más fácil para un político como Rubio, impaciente por abrirse camino en la política estatal.

El reportero Michael J. Mishak describe ese ascenso en este largo perfil que publicaron el ‘National Journal’ y la revista ‘The Atlantic’. El Rubio que transpira ese retrato no es un ideólogo sino un seductor con cintura para llegar a acuerdos con sus adversarios.

Hoy Rubio se presenta como un duro halcón en asuntos de política exterior. Pero en 2001 advirtió sobre los riesgos de las leyes que proponían extender los poderes de la policía: “No podemos ignorar que mucha gente a la que represento vino a este país por sus libertades. Muchas de estas medidas son las mismas que impuso Castro al llegar al poder”.


Los bandazos de Rubio sobre inmigración también datan de sus años en Tallahassee, donde impulsó una ley para facilitar educación gratuita a los hijos de inmigrantes indocumentados y otra para que los temporeros mexicanos pudieran denunciar a los empresarios que les engañaban a la hora de cobrar.

Son detalles que no concuerdan con la imagen que Rubio ofreció durante su carrera al Senado. Entonces llegó a defender la polémica ley de inmigración de Arizona y atrajo el respaldo del Tea Party y de líderes conservadores como el senador sureño Jim DeMint.

La cruzada contra el gasto público del Tea Party no casaba del todo con un político que se había gastado medio millón de dólares en obras para renovar la Cámara de Representantes y cuyo jefe de gabinete cobraba 175,000 dólares anuales: 20,000 más que el gobernador.

Y sin embargo la transformación de Rubio no pareció apresurada o incoherente. Quizá porque coincidió con la llegada a Tallahassee de Charlie Crist, que tomó posesión en 2007 después de los dos mandatos de Jeb Bush.

Crist era un político centrista que quería aprobar legislación contra el cambio climático y mantener una relación cordial con Barack Obama después de su toma de posesión. Rubio vio un hueco a la derecha del gobernador y se transformó en un apóstol de la reducción del déficit con una cruzada a favor de suprimir los impuestos a la propiedad. No logró su objetivo y aceptó un acuerdo mediocre. Pero sembró la semilla de su campaña al Senado al contactar con activistas que luego le ayudarían a batir a Crist en noviembre de 2010.

Muchos lo presentaron entonces como el primer senador del Tea Party. Pero al llegar a Washington Rubio dio un nuevo giro: optó por adoptar un tono menos estridente y se centró en aprender a fondo los asuntos de política exterior. Se trataba de adquirir lo antes posible la experiencia necesaria para ser candidato a la Casa Blanca. Pero también de cultivar a personas influyentes en la capital.

Eso no quiere decir que Rubio haya girado hacia el centro: según este índice de la Heritage Foundation, es el quinto senador republicano con un historial de voto más conservador. Pero la derrota de Romney en 2012 empujó al senador hispano por un camino que hasta entonces no había explorado: intentar legislar sobre inmigración.

Los republicanos apenas habían logrado el 27% del voto hispano en 2012 y voces como John Boehner habían llamado a aprobar una reforma migratoria y a adoptar un tono menos abrasivo al hablar de inmigración. De nuevo Rubio vio un hueco y aceptó integrarse en el llamado Grupo de los Ocho que redactó la propuesta de reforma migratoria que aprobó el Senado en junio de 2013.

Quienes conocen al senador hispano aseguran que aquel movimiento fue un error de cálculo. Rubio se dio cuenta demasiado tarde de que aquel proyecto nunca saldría adelante. No porque no tuviera los votos suficientes sino porque sus colegas de la Cámara de Representantes no aceptarían someterlo a votación.

Rubio enseguida dio un paso atrás y se pronunció en contra de su propio proyecto en un gesto que le enemistó con la comunidad hispana y no le hizo recobrar el favor de los activistas conservadores, que percibieron su actitud abierta hacia la reforma como una traición.

Los bandazos de Rubio sobre inmigración habrían sido un problema en cualquier campaña republicana. Pero ese problema ha sido aún más importante en esta carrera dominada por la dialéctica racista de Donald Trump. El senador hispano nunca se atrevió a defender la necesidad de regularizar a los indocumentados y adoptó un mensaje muy similar al de su colega Ted Cruz.


Unas horas antes de las primarias de Florida, Rubio lanzó sus primeros anuncios en español para intentar atraer a las urnas a los cubanos de Miami y a los puertorriqueños de Orlando. A la vez les dijo a sus seguidores más conservadores que Trump era un político parecido a Charlie Crist. Pero ni uno ni otro mensaje se antojan demasiado apropiados para estas primarias en las que Rubio no ha terminado de cuajar. No era el aspirante más agresivo ni el más conservador. Tampoco el hombre con más experiencia de gobierno ni el ‘outsider’ llamado a cambiar la política tradicional.

Rubio siempre fue un camaleón capaz de adaptar su mensaje al entorno y de ir buscando el hueco perfecto para sobrevivir. Pero esa habilidad ha sido un problema en este año en el que los republicanos apuestan por un líder brusco y sin matices. Florida decidirá este martes si Rubio merece aún otra oportunidad.

Este artículo se publicó inicialmente en Pol16 de Univision.


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