Pasión, cierre y resurrección de Diario Católico en Venezuela

El Diario Católico es uno de los medios que ha tenido que reinventarse por la crisis económica en Venezuela. Al menos, 35 medios impresos suspendieron su circulación en este país. Esta es una de las 11 historias recopiladas por Ipys Venezuela en Crónicas Insumisas: periodistas y gerentes de medios, editores y caricaturistas venezolanos que se han negado a renunciar a su derecho a la libre expresión.

Este trabajo es parte del especial Crónicas Insumisas, del Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela en alianza con la Embajada de Canadá, La vida de nos, la ONG y El Anexo, en la que se presentan 11 crónicas que abordan la vida de periodistas que han sufrido violaciones a la libertad de expresión en Venezuela.


Cuando el joven sacerdote Johan Pacheco viajó a Roma, a finales de 2014, ya se sentía entre página y página la difícil situación del Diario Católico, del cual era administrador. Entonces, el decano de la prensa en el estado Táchira, al oeste de Venezuela, recién había cumplido 90 años de libre competencia en los kioscos con otras tantas casas editoras de la región, ninguna tan longeva.

Durante dos años, Pacheco, también periodista, cursó un posgrado en comunicación institucional en la Universidad Pontificia de la Santa Cruz. A distancia, seguía las novedades del medio de comunicación al que se había vinculado desde sus tiempos de seminarista, en 2005. Durante esa estancia ayudó a buscar información sobre las actividades de las parroquias, conoció el trabajo administrativo y hasta alguna vez repartió periódicos en un taxi.

Pero al regresar de Italia, a finales de 2016, encontró otra realidad. El 25 de febrero la Diócesis de San Cristóbal, principal actor de la Fundación Diario Católico, había hecho el anuncio, mediante un comunicado, del cese de la edición diaria del periódico.

Qué cosas no habrían contado en 29.890 ediciones: desde la caída de una dictadura (“Constituida una Junta de Gobierno para regir los destinos de Venezuela” fue el título de apertura del 24 de enero de 1958) hasta los anuncios de siete nuevos papas, incluida la dimisión de uno de ellos. Cuánto no habrían evangelizado, tratándose de un medio de la Iglesia católica. Pero las dificultades para conseguir insumos, así como el alza de sus precios, a veces de manera indiscriminada, les causó serias dificultades, explicaba el comunicado.

El pase a semanario fue muy duro. El presbítero Laureano Ballesteros, director de Diario Católico, sabe muy bien que el Papa, la Iglesia y los movimientos de apostolado producen noticias a diario. Y una Venezuela en crisis, más todavía. Por eso le resultó complicado reducir todo esto a un título y cuatro líneas debajo, como si se tratara de un mensaje de texto, aunque así hicieran más literal el eslogan del medio: “Fe y actualidad en pocas palabras”.

La conducción más larga del Diario Católico la ejerció monseñor Nelson Arellano, también periodista y militar asimilado. Asumió ser el decimoprimer director del periódico en 1967 y allí se mantuvo hasta su fallecimiento en 2003.

Tras su muerte, el padre Ballesteros fue llamado para que tomara el testigo. Nativo de Rubio, había cursado estudios de comunicación social en el Seminario de Pamplona, Colombia, y en la Universidad Pro Deo, en Roma. Aceptó con mucho gusto, con entusiasmo. Y al pisar la tradicional casona del centro de San Cristóbal, esa que está detrás del Palacio Episcopal y a un lado de la Catedral, se encontró con Sandra, con Zoila, con Nehomar… un personal experto, animado y con disposición al trabajo.

El primer paso que dio Ballesteros fue tratar de modernizar las instalaciones, mediante la adquisición –por ejemplo– de computadoras. Si bien monseñor Arellano había dado en su momento el salto a la impresión offset, entrado el siglo XXI aún en Católico conservaban como reliquias los tipos móviles y el linotipo.

En 2008, el director gestionó en Mérida la adquisición de unos modernos equipos digitales de impresión. Como no tenían recursos propios suficientes solicitaron un préstamo al estatal Banco de Fomento Regional Los Andes, Banfoandes, con un compromiso de cancelación a 20 años, pero de un momento a otro se cerraron todas las posibilidades de ayuda, sin que valiera de mucho la intermediación que había ofrecido un político local del chavismo. Ahí empezó la primera tranca.

Los equipos láser y con buena producción incluso para revistas tuvieron que ser devueltos, sin haberlos podido usar, del segundo piso del Diario Católico, adonde ya habían sido trasladados, hasta Mérida. Se bloqueaba así la modernización del diario.

Con Ballesteros a la cabeza, sin embargo, Católico se empezó a imprimir a color, aumentó en volumen de uno a dos cuerpos –gracias a una revista informativa que publicaba los domingos–, mantuvo su circulación no solo en las parroquias de la Diócesis, incluidas algunas a donde llegaba en bicicleta o en mula, sino que la extendió hasta Mérida, Maracaibo, Valencia y Caracas.
Pero entonces comenzó la carestía generalizada del papel para los periódicos venezolanos.

La directiva comunicó a los suscriptores y anunciantes que inevitablemente los precios de venta y publicidad debían aumentar. Unos se inquietaron y otros hasta se molestaron.
Pidieron por ese tiempo auxilios internacionales a agencias católicas de cooperación como Adveniat y Misereor. Les pusieron algunas condiciones apenas lógicas, pero les preguntaron también cómo es que viviendo en un país petrolero tan rico pidieran ayudas.

La escasez del papel y de la tinta, así como los aumentos salariales, los desbordaron. A Ballesteros le parecía imposible que después de nueve décadas de historia, el dos veces Premio Nacional de Periodismo (en 1963 y 1988) llegara a un punto de traba. Por eso en algún momento le pidió a la Diócesis que nombrara, entre su equipo administrativo, a personas que los vigilaran, y a su vez pudieran administrar ellos directamente las finanzas.

Monseñor Mario Moronta, el quinto obispo de la Diócesis de San Cristóbal, toma en cuenta lo humano y lo divino al hablar de Diario Católico: lo humano es que han tenido que enfrentar y resolver problemas incluso desde antes del agudizamiento de la crisis, como el caso de personas a quienes no se le había formalizado su situación laboral durante muchos años u otros que no tenían claro su rol. Lo divino es que, siendo un producto editorial de la Iglesia, siempre han confiado en la ayuda de Dios; una ayuda que no significa que un día baje del cielo una bobina, sino la sabiduría que Él da a quienes tienen que tomar decisiones.

Encomendado a Dios, y pensando en no quedarle mal a los lectores, Ballesteros se aventuró a traer papel de la vecina Cúcuta, por intermedio del diario La Opinión. La primera vez, un devoto de la Iglesia pagó el flete de su bolsillo, amén de los precios tan exorbitantes que suponía el diferencial cambiario entre pesos y bolívares.

Cuando pasaba por la aduana de San Antonio del Táchira, el director dejaba apalabrados a los militares de que iría a Cúcuta únicamente a traer papel. Antes bien, le exceptuaron el pago de impuestos. De regreso, esa primera vez ni sabía bien si traían una o dos bobinas, porque en Colombia pesan y hablan de rollos. Dos veces hicieron el periplo. A la tercera ya no pudieron: el precio se había disparado de una manera imposible.
Después del papel, vino el problema de la tinta. Entonces, los “magos” del periódico, como los llama Ballesteros, empezaron a mezclarla. Por eso es que el tabloide salía a veces azul, a veces rojizo y a veces morado. Si los lectores le preguntaban “¿y esto qué es?”, el director, jocosamente, respondía: “¿Salió morado? Es que estamos en Cuaresma”.
También buscaron fuentes alternas de financiación, como la Noche Guadalupana, que el equipo ideó en 2012: una velada cultural que desde entonces cada 12 de diciembre recoge fondos y celebra al mismo tiempo a la patrona de América Latina.


En un comunicado que titularon “Diario Católico se reestructura para continuar evangelizando”, el medio habló a sus lectores en estos términos: “Lamentamos hacer un cierre indefinido de la edición impresa de nuestro rotativo. Continuaremos con nuestra misión evangelizadora a través de la plataforma digital diariocatolico.info”. Era el 31 de enero de 2017. Cuatro días antes, el Colegio Nacional de Periodistas seccional Táchira había rechazado que 19 familias se quedaran sin sustento.

A lo interno, la directiva había hecho una valoración con abogados, economistas y el presbiterio, porque había mucha más gente de la que necesitaba un periódico en crisis. Las de esos días fueron decisiones ciertamente duras, de jubilar algún personal sobre todo mayor, pero –coinciden todos– siempre enmarcadas en los términos de la justicia y del derecho laboral.

Hubo un momento, incluso, en que existió la tentación de declarar el periódico en bancarrota. Pero al hacerlo corrían tres riesgos: primero, que no era tan así, porque aún tenían algunos pequeños recursos para seguir; segundo, que la declaratoria implicaría un proceso legal ad infinitum, y, tercero, que los órganos pertinentes tendrían que poner en venta los activos del diario, y perderían todo.
Tomaron la decisión de hacer un paréntesis, entre febrero y mayo de 2017, mientras hacían ajustes de reingeniería interna, de reacomodo administrativo (resolver asuntos laborales, pagar una deuda con el Seguro Social…) e incluso para hacer mantenimiento, conseguir repuestos y acometer una reparación a la rotativa. Por fortuna, y porque pudieron dar estos pasos adelantados, cuando al país lo arropó la crisis económica e hiperinflacionaria del 2017 no tenían ya que resolver problemas que entonces hubieran sido una hecatombe.

Mucha gente, a lo externo, pensó que se había cerrado el diario. Pero Católico nunca se cerró desde el punto de vista formal, aclara el obispo Moronta. Mucha gente también pensó que cerraban porque no había papel. Y “No”, responde el pastor diocesano que también figura en la mancheta como presidente de la Fundación Diario Católico.

Una decena de trabajadores llegó a un acuerdo administrativo y se retiró. El padre Ballesteros se conmovió, meses después, cuando uno de ellos tocó la puerta de su parroquia para pedir una ayuda. Ya había agotado, le dijo, el dinero de la liquidación.

Algo sí quedó claro en ese comunicado de finales de enero de 2017: que Católico se reestructuraba, que volvería en algún momento. Y volvió, otra vez como semanario. Y volvió, pero únicamente por suscripción, ahora menguada, porque bajó la cobertura a más o menos la mitad de las parroquias del Táchira. Y volvió, con menos tiraje y dando más importancia al sitio web, las redes sociales y un experimento de radio en línea y productora de televisión para Internet. Y volvió, con una nómina de 16 personas que repasa velozmente el padre Pacheco, investido desde su regreso de Roma como gerente administrativo.

Diario Católico recibe normalmente papel del Complejo Editorial Alfredo Maneiro, el único proveedor en Venezuela. Su dificultad radica más en otros insumos, como la tinta. El primer semanario de diciembre de 2017 (el número 75 de esta nueva cuenta), por ejemplo, anunció en blanco y negro la alegría del tiempo de Adviento.

Acompañado en su despacho por una pequeña imagen de santa Rita de Casia, patrona de las causas difíciles, el padre Pacheco mantiene la esperanza de que pronto Diario Católico vuelva a ser literalmente un diario. Ahora distanciado de la guía editorial, el padre Ballesteros cree que el futuro del periódico depende del futuro de Venezuela. Dice que Católico no es más que el reflejo del estado general de un país amordazado, acorralado y con la expresión perseguida. El obispo Moronta, mientras tanto, es un convencido de enfrentar los problemas y asumir los retos. “Debemos tener visión de futuro, como Sanmiguel, que inició esta obra en momentos en que tampoco había tantos recursos”. Crisis, en su diccionario personal, es una situación que obliga a crecer.

Monseñor Tomás Antonio Sanmiguel, el primer obispo de San Cristóbal, fundó Diario Católico. En su editorial del día 1, el 14 de mayo de 1924, prefirió presentarlo en un formato pequeño, “con la firme esperanza de que se haga más grande, siga creciendo de tamaño o aumentando sus páginas”, escribió entonces. 94 años después, Sanmiguel es Siervo de Dios, el primer escalón hacia la santidad, esa que se conquista con un milagro certificado. En el Táchira, los herederos de su obra mantienen la fe.