Esta periodista venezolana fue detenida por la policía durante una protesta y apenas la liberaron escribió su propia noticia

Indira Lugo es directora del Diario Región en Sucre, Venezuela. Pero esto no le impide salir a cubrir las noticias y eso hacía el 20 de mayo de 2017, cubría una protesta. Una turba chavista la rodeó y la golpeó. Luego fue detenida en un camión militar y la llevaron a un cuartel. Apenas salió se fue a la redacción a escribir la nota que saldría al día siguiente. Esta es una de las 11 historias recopiladas por Ipys Venezuela en Crónicas Insumisas: periodistas y gerentes de medios, editores y caricaturistas venezolanos que se han negado a renunciar a su derecho a la libre expresión.
7 Mar 2018 – 3:26 PM EST

Este trabajo es parte del especial Crónicas Insumisas, del Instituto Prensa y Sociedad de Venezuela en alianza con la Embajada de Canadá, La vida de nos, la ONG y El Anexo, en la que se presentan 11 crónicas que abordan la vida de periodistas que han sufrido violaciones a la libertad de expresión en Venezuela.

El 20 de mayo de 2017, la periodista Indira Lugo, directora del Diario Región, fue a cubrir la marcha opositora de ese día en Cumaná, la capital del estado Sucre. Era una más de las muchas protestas antigubernamentales que ese mes comenzaron a estallar en el país. Incluso allí, en ese estado del nororiente del país de al menos un millón de personas, considerado un bastión del chavismo y ubicado en la segunda región con mayor índice de pobreza en Venezuela. Periodísticamente, a esa convulsión había que seguirle el pulso. Y para eso Indira estaba allí.

Pocos días antes, estudiantes de la Universidad de Oriente y de la Universidad Gran Mariscal de Ayacucho, así como dirigentes juveniles de los partidos opositores aliados en la Mesa de la Unidad Democrática, habían sido detenidos por la Guardia Nacional durante unas jornadas de protesta. A otros los habían apresado dentro de urbanismos donde se habían resguardado de la arremetida de civiles armados vinculados al gobierno. Los jóvenes fueron sometidos a juicios militares y enviados a la cárcel de La Pica, un centro penitenciario de máxima seguridad ubicado en el estado Monagas.

Aquel sábado, la marcha comenzó a las 11:00 de la mañana, bajo la consigna de exigir la liberación de los jóvenes y alzar la voz contra las acciones represivas de los guardias y grupos paramilitares, que actuaban en conjunto para amedrentar a opositores. Se convirtió, como otras anteriores, en una manifestación robusta: la Avenida Principal del centro de Cumaná, que bordea la zona comercial más concurrida de la ciudad, estaba completamente llena. La encabezaban varios dirigentes políticos de Acción Democrática y Voluntad Popular, entre ellos Henry Ramos Allup y Roberto Marrero.

Poco después de la 1:00 de la tarde, la protesta terminó. Las calles estaban llenas de personas que se retiraban luego de la manifestación. Indira también seguía ahí. Tomaba apuntes, hacía algunos videos. Nada fuera de lo habitual. Luego iría a la redacción a escribir la nota del día.

Haciendo uno de esos videos, captó a un grupo de personas identificadas como chavistas: mientras se bajaban de un camión tipo 350, lanzaban piedras a los opositores. Se percataron de que Indira estaba registrando la escena y fueron tras ella: los vio venir desde la pantalla del teléfono.

–¡Hay que joderla, esa es periodista! ¡Esa es escuálida! ¡Quítenle el teléfono!

Indira aprovechó que estaba rodeada de mucha gente, hizo una maniobra rápida y escondió el teléfono dentro de su camisa, justo en la zona del pecho. Intentó correr, pero ellos la alcanzaron pronto. La rodearon y le pedían el celular a gritos, le halaban el cabello, la golpeaban en las piernas.

–¡Me robaron el teléfono! –gritó.

Esa mentira, que se inventó en medio de un gran nerviosismo, calmó un poco a quienes la agredían, pero aun así seguían insultándola, gritándole “escuálida” –como en la retórica oficialista designan a los opositores– y “sapa”, que es como en el argot popular se designa a quienes delatan a alguien, como si de eso se tratara el ejercicio del periodismo.
De inmediato, un policía regional se acercó y logró rescatarla de la turba. “Me está protegiendo”, pensó Indira, nerviosa.

Pero la confusión siguió, porque en ese momento llegaron dos guardias nacionales y la llevaron a un camión militar. Le decían que era para resguardarla. Y no dejaron que saliera del vehículo. Tampoco permitieron que se acercaran Miguel Sciara, su esposo, quien estaba con ella en la protesta, ni Martín Coronado, el fotorreportero que la acompañaba en la pauta. A empujones la metieron al vehículo, en el que pasó a estar solo ella.

Indira –morena, menuda, cabello largo– se graduó de periodista en la Universidad del Zulia. Fue reportera en El Tiempo, El Norte, La Prensa, todos diarios del oriental estado Anzoátegui. Con toda esa experiencia acumulada, llegó a Cumaná en el año 2000, con su primer hijo –entonces un bebé de apenas un año– para trabajar en el Diario Región.

A los cuatro años de haber escrito su primera nota en ese impreso, la nombraron directora. Pero asumió el cargo con una advertencia: alternaría las tareas gerenciales con el reporterismo, porque no quería abandonar la calle. Por eso, ese sábado 20 de mayo, a esa hora, ella estaba allí.

Sentada sola al fondo del camión, no entendía qué sucedía. Sacó el teléfono sin que los guardias se percataran, y le envió un mensaje a Martín, el fotógrafo.

–Me tienen en el convoy, avísale a todos.

Después guardó el celular.

Afuera, el esposo de Indira les pedía con insistencia a los guardias que le explicaran las razones por las cuales ella estaba detenida. No le daban respuesta alguna. En lugar de eso, los uniformados lo amenazaban con llevarlo preso, con golpearlo, si seguía preguntando por su esposa.

Alrededor, quienes habían querido quitarle el teléfono a Indira le daban golpes al camión, e insistían en agredirla, mientras los guardias nacionales miraban, sin hacer nada ni intentar alejar a la turba. Esa tarde, otros dos colegas suyos y tres fotógrafos habían sido maltratados por el mismo grupo de seguidores del chavismo y por cuerpos de seguridad. Tres de ellos trabajaban también en el Diario Región y uno es corresponsal de radio Fe y Alegría.

Martín logró advertirle a todos los que pudo de la detención. Les envió textos a periodistas regionales y a representantes gremiales de los que sabía que podían activar denuncias. Así fue como el Sindicato Nacional de Trabajadores de la Prensa (SNTP) y el Instituto de Prensa y Sociedad (IPYS-Venezuela) comenzaron a difundir alertas en las redes sociales, que a su vez eran replicadas por otros periodistas y usuarios en el resto del país. Los dirigentes políticos que asistieron a la manifestación también publicaron mensajes repudiando la detención y el caso se dio a conocer masivamente en menos de una hora.

De los tres periódicos que se imprimían diariamente en Sucre, Diario Región, con cuatro décadas de historia, era el único que mantenía –y continúa manteniendo– esa periodicidad. Eso sí, tuvo que reducirse a la mitad: pasó de tener 32 páginas a 16. Se enfrentaba a las trabas que impuso el Complejo Editorial Alfredo Maneiro, la dependencia gubernamental que controla la compra de materiales para la prensa. Pero en esa batalla, la suerte del resto fue diferente. Para no desaparecer tras 60 años de historia –que lo sitúan como el impreso más antiguo en el estado–, Diario Provincia se transformó en un semanario, y Diario de Sucre no resistió: luego de 30 años, no circuló más.

“Detuvieron a la directora del único diario del estado Sucre”. La frase, que rodaba cada vez más en las redes sociales, lo dejaba claro: una periodista y un medio se habían convertido en la noticia.
Por dos horas, Indira permaneció en el camión militar. Le preocupaba lo que pasaría en adelante. Su mente era una vorágine de pensamientos. Imaginaba que la dejarían arrestada, que iba a engrosar la lista de presos políticos. Y pensaba en sus hijos: en la niña, todavía en edad escolar, y en su hijo, el mayor, que tiene una condición especial. Recordaba casos que había cubierto como periodista, de mujeres que fueron detenidas y vejadas. Creía que eso le podía pasar.

Ensimismada, fue viendo cómo el camión se llenaba de gente. Los guardias detenían a opositores que protestaban y los llevaban hasta allí. Eran unas 15 personas. Poco después, los trasladaron a todos al Destacamento de Zona 53 de la Guardia Nacional, en el sector Puertos de Sucre.

A casi todos los detenidos los bajaron a patadas. Pero a ella la trasladaron a una oficina. Allí, luego de una hora en la que estuvo sola, apareció un funcionario.

–¿Usted es periodista? –le preguntó.

La interrogante era porque la noticia no solo se extendía en las redes sociales, sino porque el SNTP reclamaba la liberación de Indira ante militares de altos cargos.

Pero eso no significó su libertad. Pasó otra hora en la que Martín Maldonado, comandante de la Guardia Nacional en el estado Sucre, le preguntaba detalles de lo ocurrido.

A las afueras del destacamento llegaron abogados, dirigentes políticos, periodistas, compañeros de trabajo, representantes del Colegio Nacional de Periodistas, del SNTP y el IPYS-Venezuela. Todos reclamaban la liberación de Indira. A ninguno se le permitió el ingreso a la instalación militar, ni comunicarse con ella.

–Mamá, ¿estás presa?

Indira comenzó a recibir mensajes de sus hijos, preocupados.

–Mami, estoy viendo por el Facebook que estás detenida, hay una foto tuya.

Ella contestó tratando de que los guardias no la vieran.

–No, hijo, estoy bien. Todo es un malentendido –respondía, acallando su propia angustia.

Tuvo que esperar dos horas más mientras los guardias preparaban un documento en el cual dejaban por sentado que no le violentaron los Derechos Humanos a la periodista, y en el que establecían que solo la estaban resguardando. Cuando se lo llevaron para que lo firmara, ella no estuvo de acuerdo con lo que allí planteaban. No le habían permitido irse con su compañero fotógrafo, ni con su esposo. La habían mantenido incomunicada. No tenían por qué haberla llevado a una dependencia militar. Pero, finalmente, Indira firmó. Entendió que era eso o permanecer allí por más tiempo.

Después la custodiaron hasta la salida, a eso de las 4:00 de la tarde.

Afuera recibió abrazos y toda la solidaridad que no imaginó. Estaban sus compañeros de trabajo que la esperaban, periodistas de otros medios de comunicación y representantes gremiales que estuvieron en el lugar, pendientes de lo que pudiera ocurrir. Llegaron abogados y dirigentes políticos. Eso le dio fuerzas para irse a la redacción. El periódico tenía que salir al día siguiente y ella debía escribir sobre lo ocurrido.

Con ese ímpetu, parecía ignorar los golpes que había recibido. Los hematomas aparecieron al día siguiente. Aun así, el día lunes salió a la calle a cubrir una marcha de médicos que denunciaban la muerte de pacientes por falta de medicinas. No es de las periodistas que se da por vencida.