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Por qué Canadá hace las cosas mejor que EEUU

La mayor parte del país entiende que cuando se trata de gobierno y los impuestos, se paga lo que se obtiene.
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19 Jul 2017 – 11:33 AM EDT

Cuando yo era un niño en Montreal, los viajes anuales de mi familia al condominio de mis abuelos en Florida en las décadas del 1970 y 1980 ofrecían atisbos de una vida mejor. No sólo el bronceado mundo en miniatura de la comunidad de condominios para jubilados de mis abuelos, sino todo el extenso coloso de infraestructura de Estados Unidos durante la guerra fría, con su famoso sistema de autopistas interestatales y la expansión suburbana. Muchos canadienses en aquel entonces se consideraban a sí mismos los primos pobres de los estadounidenses y nuestro complejo de inferioridad se declaraba en el momento en que nos bajábamos del avión.

Décadas más tarde, Estados Unidos les muestra a los visitantes del norte una impresión diferente. No se ha construido un nuevo gran aeropuerto en Estados Unidos desde 1995. Y las terminales existentes están muy necesitadas de modernizaciones. Mucha de la infraestructura vial y ferroviaria aledaña se encuentra en una situación aún peor (el viaje desde el Aeropuerto de LaGuardia hasta Manhattan es particularmente terrible). El sistema de metro semifuncional de Washington DC parece una exhibición de la Feria Mundial que alguien olvidó clausurar. El Puente Ambassador de la década de 1990 en Detroit —por el que se transportan cerca de 200,000 millones de dólares en mercancías a través de la frontera entre Canadá y Estados Unidos anualmente— ha estado operando más allá de su capacidad de ingeniería durante años. En 2015, el gobierno canadiense anunció que pagaría prácticamente toda la factura de un puente nuevo (incluyendo, sorprendentemente, la plaza de la aduana estadounidense en el lado de Detroit), después de que el gobierno de Michigan se declaró pobre. "No podemos construir puentes, no podemos construir aeropuertos, nuestros niños de escuelas urbanas no se están graduando", es cómo el director ejecutivo de JPMorgan Chase, Jamie Dimon, resumió la situación durante una conferencia telefónica sobre ganancias la semana pasada. "Es casi vergonzoso ser un ciudadano estadounidense".

Desde la elección de Donald Trump, no ha habido escasez de teorías en cuanto a por qué el contrato social estadounidense ya no parece funcionar, por qué Estados Unidos se siente tan dividido y disfuncional. Algunos se han centrado en cómo el hiperpartidismo tradicional ha desmantelado los controles y equilibrios en la toma de decisiones pública, cómo la llegada al poder de Barack Obama exacerbó las tendencias racistas de los reaccionarios amargados, y cómo los exfeligreses han adoptado la política secular de la raza y el nacionalismo.


Todo esto es cierto. Pero durante mis viajes por toda la Costa Este de Estados Unidos en los últimos años, he llegado a enfocarme en una explicación más mundana: Estados Unidos se está derrumbando porque —a diferencia de Canadá y de otros países ricos— el sector público estadounidense simplemente no tiene los fondos necesarios para mantener unida la nación. Un país donde los ciudadanos empobrecidos dependen de la financiación colectiva para financiar cirugías no es un país que puede proteger la salud de sus ciudadanos. Un país que no puede garantizar el funcionamiento cotidiano de Penn Station —la estación de trenes más importante del país, en Nueva York— no es un país que puede evitar la paralización del transporte. Un país que subcontrata las operaciones de las cárceles al menor postor privado no es un país que puede rehabilitar a los delincuentes.

La Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económico (OCDE), un grupo de 35 países ricos, clasifica a sus miembros por la carga fiscal global —es decir, los ingresos tributarios totales en cada nivel de gobierno, sumados y expresados como porcentaje del PIB— y en el último año para el cual hay datos disponibles, 2014, Estados Unidos era el cuarto país con menos impuestos en relación a sus ganancias. Su carga fiscal fue de un 25.9%, sustancialmente inferior a la media de la OCDE, la que es de un 34.2%. Si Estados Unidos siguiera esa tasa promedio de la OCDE, habría alrededor 1.5 billones de dólares extra anualmente para que los gobiernos invirtieran en mejores escuelas, carreteras más seguras, una fuerza policial más capacitada y mejor acceso a los servicios de salud.

Es realmente muy simple: cuando los gobiernos canadienses necesitan más dinero, aumentan los impuestos. A los canadienses no les gusta cuando esto sucede. Pero como dijo el Juez Oliver Wendell Holmes Jr., los impuestos son el precio a pagar por la "sociedad civilizada". Y una de las razones por las cuales tantos visitantes en Canadá quedan sorprendidos por cuán civilizada es su sociedad es que las reglas de la aritmética generalmente se entienden y respetan en ambos lados del espectro político. Cuando el Primer Ministro Justin Trudeau elevó la tasa marginal del impuesto sobre la renta en más de un 50% para los contribuyentes ricos, los comentaristas derechistas expresaron su desaprobación, pero la cuestión quedó relegada a la condición de subtrama política.

Entre la derecha estadounidense, por el contrario, la conversación sobre impuestos a menudo parece infundida con el pensamiento mágico. Específicamente, se piensa que incluso los recortes fiscales severos y abruptamente aplicados servirán para aumentar los ingresos del gobierno, gracias al efecto estimulante sobre el crecimiento de la economía. Como T. R. Reid de The Washington Post escribe en su libro más reciente, A Fine Mess: A Global Quest for a Simpler, Fairer, and More Efficient Tax System, hay escasa evidencia que apoye esta idea y mucha que se opone a ella. Dinamarca, con una carga tributaria de un 49.6%, se encuentra en la cima del índice de la OCDE. También resulta ser un lugar maravilloso para vivir, con un alto estándar de vida financiado por una economía diversificada y de alta tecnología, impulsada por la exportación.

Por el contrario, cuando el gobernador de Kansas Sam Brownback abruptamente recortó la tasa estatal de impuestos sobre la renta en un 26% en 2012, los ingresos del estado cayeron en picada. Pero las nociones de que el gobierno es siempre una plaga en la economía y que las tasas de impuestos más bajas resultarán directamente en crecimiento y prosperidad—que juntas se han convertido en un núcleo central de ideología conservadora estadounidense desde los años de Reagan—siguen siendo populares. Y Donald Trump parece empeñado en dirigir el país hacia la misma trayectoria descendiente que Kansas: su plan presupuestario " el contribuyente primero", publicado en mayo, propuso enormes recortes tributarios que, según afirmó su administración, se pagarían solos mediante la bonanza económica que producirían. (En un análisis publicado la semana pasada, la Oficina de Presupuesto del Congreso expresó una opinión mucho más sombría.)

Hay unas pocas señales dispersas de que los legisladores estatales republicanos ven los límites de esta estrategia: como el New York Times informó a principios de julio, los legisladores conservadores en varios estados republicanos han reconocido a regañadientes que necesitan aumentar las tasas tributarias para mantener viables los servicios públicos. De hecho, incluso los propios compañeros republicanos de Kansas de Brownback se rebelaron exitosamente contra sus recortes. Pero los moderados fiscales como éstos a menudo tienen que luchar contra sus propios gobernadores en el proceso.

¿Tiene Canadá solución para todo esto? Por supuesto que no. Algunas de sus comunidades, especialmente las reservas indígenas remotas, son afectadas por la pobreza y la sordidez que tiñen la conciencia nacional. Pero cuando recientemente entrevisté a los líderes empresariales canadienses sobre los retos que perciben, la palabra 'impuestos' no se mencionó mucho. En su lugar, oí hablar mucho de la necesidad de trabajadores altamente cualificados, la falta de bienes inmuebles asequibles, los peligrosamente elevados niveles de deuda doméstica, y la importancia de las infraestructuras de transporte masivo.

En estos debates, el sistema universal de atención de salud de Canadá a menudo se describe como un beneficio extra. Dado que los empresarios canadienses pueden dejar sus trabajos diarios sin que sus cónyuges pierdan el acceso a las diálisis o sus hijos pierdan el acceso a los pediatras, este sistema permite a los desarrolladores de negocios más libertad profesional (bajo este sistema, los canadienses tienden a vivir más tiempo que los estadounidenses, aunque también pasan más tiempo, en promedio, a la espera de tratamiento).

Mi esposa y yo firmamos nuestras devoluciones de impuestos de 2016 hace aproximadamente un mes. En total, dimos alrededor de un 42% de nuestros ingresos al gobierno federal y a la provincia de Ontario. Sumémosles los impuestos a la propiedad, los impuestos a la gasolina y los impuestos sobre las ventas y la cifra aumenta a alrededor de un 46%. Según mis cálculos aproximados, una pareja que vive en una situación similar en una parte equivalente de Estados Unidos —escogí Chicago, la cual a veces se describe como una especie de ciudad hermana de Toronto, donde vivo ahora— ese número sería de alrededor de 10 puntos porcentuales menos, un 36%.

¿Qué le compra esa prima de un 10% a mi familia? Aparte de la atención universal de la salud, hay escuelas públicas de clase mundial, una red de seguridad social que mantiene la desigualdad en los ingresos en tasas muy por debajo de las de Estados Unidos, y un ambicioso programa de infraestructura que ayudará a Canadá a seguir el ritmo de sus nutridas filas de inmigrantes educados y bien integrados. Ah, y también tengo un puente nuevo. Naturalmente, tendrá un carril para bicicletas y llevará el nombre de la leyenda del hockey Gordie Howe.

Los canadienses no suelen hablar de hacer de su país un gran país nuevamente. Canadá nunca fue especialmente grande, al menos no en el sentido en que Trump utiliza la palabra. A diferencia de los estadounidenses, los canadienses no han sido condicionados para ver la historia en términos épicos y revolucionarios. Para ellos, es más transaccional: usted paga sus impuestos, usted tiene su gobierno. Eso podría no gritarse en mítines políticos o imprimirse en gorras de béisbol. Pero funciona para Canadá. Y funcionaría para Estados Unidos también.

Este artículo apareció originalmente inglés en The Atlantic y en CityLab.com.


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