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Cómo los impuestos sobre los alimentos castigan a los pobres en EEUU

Unos cuantos centavos adicionales por la leche y el pan pueden hacer las cosas muy difíciles para algunas familias, según indican nuevas investigaciones.
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5 Ago 2016 – 12:08 PM EDT

Si bien son bastante prevalentes en los Estados Unidos, los impuestos sobre alimentos muchas veces son considerados invisibles por los legisladores. Dado que los impuestos se agregan en el momento de compra, los consumidores no los enfrentan directamente, dice Norbert Wilson, un profesor en la Universidad Auburn quien investiga la economía de los consumidores. “A no ser que sepas que sólo tienes 10 dólares, no estás [en la tienda] pensado, ‘Ah, sí, son 10 dólares más el impuesto’. Simplemente aceptas el precio tal como está: más o menos pasas por alto [el impuesto]”, dice Wilson. “No lo tenemos delante de nosotros”.

Además, a lo largo de los 14 estados que tienen impuestos sobre alimentos, en promedio dichos impuestos salen en un poco más de un 4%, lo cual no parece ser tanto. Pero cuando se suman esos cargos adicionales durante muchas compras, estos pueden inclinar la balanza de manera en que pueden apretar a las familias de menores ingresos.

Wilson es el autor principal de un nuevo artículo académico que se presentará en la reunión anual de la Asociación de Ciencias Económicas Agrícolas y Aplicadas en Boston. El artículo ofrece una mirada amplia de cómo los impuestos sobre comestibles afectan a los pobres. Junto con investigadores de la Universidad Cornell y la Universidad de Kentucky, Wilson analizó los 14 estados estadounidenses que tienen algún tipo de impuesto en alimentos comprados en tiendas para ver cómo estos impuestos impactaron a consumidores de bajos ingresos que crónicamente corren el peligro de pasar hambre.

Al combinar información sobre tasas tributarias con datos de la Current Population Survey Food Security Supplement —Encuesta Poblacional Actual sobre el Complemento para la Seguridad Alimentaria, una encuesta nacionalmente representativa sobre la conducta de los consumidores— los investigadores pudieron realizar cálculos que analizaron la inseguridad alimentaria autoreportada por los consumidores en áreas que tienen impuestos sobre comestibles. Los impuestos se aplican de varias formas. Algunos estados como Arkansas tienen impuestos sobre comestibles que son menos de los impuestos estándares de ventas. En otros lugares, los impuestos estatales y del condado se combinan y llegan hasta un 10%. A lo largo de los 14 estados estudiados, la tasa tributaria de este tipo de productos promedió un 4.3%.

Pero Wilson encontró que incluso un aumento mínimo en la tasa tributaria se tradujo en una probabilidad incrementada de inseguridad alimentaria. Aumentar los impuestos en comestibles por un solo punto porcentual condujo a un riesgo mayor de pasar hambre.

Una carga desigual

¿Cómo es que los impuestos pequeños tienen un impacto final tan grande? Si bien las familias de bajos ingresos se gastan menos dinero en comida que las familias de altos ingresos, su dinero gastado constituye un porcentaje más alto de sus ingresos netos. Los estadounidenses de ingresos más bajos se gastan un promedio de 3,667 dólares en alimentos cada año, lo cual es un 34% de su ingreso promedio, según indica el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos (en contraste, las familias de ingreso mediano le dedican aproximadamente un 3% de sus ingresos anuales a los alimentos). Para una familia que se encuentra cerca de o debajo del umbral de pobreza —con un ingreso de 2,000 dólares cada mes para una familia de cuatro personas, los gastos adicionales se suman rápidamente. Si esa familia se gastara un 34% de su ingreso en alimentos, el gasto total sumaría a 8,160 dólares al año. Una tasa tributaria de un 4.3% agregaría unos 350.88 dólares a los gastos. Ese incremento quizás frene la compra de alimentos. “Por lo general, los impuestos sobre comestibles tal vez incrementen la inseguridad alimentaria mediante una reducción de compras de comestibles”, escriben los autores.

Lo que empeora el problema es el hecho de que las áreas que tienen impuestos sobre alimentos también son las regiones del país con las poblaciones más grandes de individuos con inseguridad alimentaria. Tal como señaló Takepart, los estados con los niveles más altos en este sentido —Mississippi, Arkansas y Alabama— todos tienen impuestos sobre comestibles.

¿Y por qué los impuestos sobre comestibles existen en primer lugar? En algunos estados —como Pensilvania, donde en Filadelfia se aprobó un impuesto sobre gaseosas en junio— estos impuestos son maneras de lograr la recaudación fiscal, pero no siempre dan resultado. En Kansas —donde 1 de 7 personas depende de bancos alimenticios o programas de comidas y hay un impuesto de 6.5% en los comestibles— algunos residentes viajan a estados cercanos para evitar los impuestos, según indica un reporte preparado por el Kansas Public Finance Center en la Universidad Wichita State. Muchos condados de Kansas se ubican en la frontera con estados que eximen a los alimentos de impuestos o bien que tienen tasas tributarias mucho más bajas: por ejemplo, no existen tales impuestos sobre comestibles en Colorado y el impuesto sobre comestibles en Missouri es de sólo 1.2%. “Sobre todo si tienes un ingreso fijo, tiene bastante sentido conducir al otro lado del estado y comprar comida donde será mucho más barato”, le dijo a NBC News Ashley Jones-Wisner, gerente de políticas estatales para KC Healthy Kids, un grupo defensor sin fines de lucro que encargó el reporte del Centro de Finanzas Publicas.

Abolir los impuestos sobre alimentos quizás sea una solución. Pero tal como señala Wilson, esta opción no es necesariamente atractiva para ciudades que sí se benefician de los impuestos. En Berkeley, California, por ejemplo, un impuesto sobre gaseosas generó 1.2 dólares millones durante su primer año de vigencia; en Kansas, la costumbre de los consumidores de comprar comestibles en estados sin impuestos le costó al gobierno unos 21.2 millones en ingresos fiscales tan sólo en 2013.

Otra solución podría ser expandir la red federal de seguridad alimentaria. En el estudio de Wilson, la relación entre los impuestos sobre comestibles y la inseguridad alimentaria no se sostuvo en el caso de familias que reciben prestaciones de SNAP (siglas en inglés del Programa Suplementario de Asistencia Nutricional del Departamento de Agricultura de los Estados Unidos). Dado que las compras con SNAP son libres de impuestos, “el programa SNAP también reduce indirectamente la inseguridad alimentaria al proteger a los participantes de los efectos negativos de los impuestos sobre comestibles”, escribieron los investigadores.

Pero si bien es cierto que las prestaciones de SNAP quizás ofrezcan algo de protección, la cantidad de personas que reciben dicha protección está disminuyendo. Tal como ha reportado mi colega Eillie Anzilotti, el porcentaje de personas con inseguridad alimentaria que reciben estas prestaciones ha bajado mucho desde abril, cuando un requerimiento federal de trabajo eliminó el derecho a participar en SNAP para cientos de miles de estadounidenses. Muchas personas fueron fuertemente afectadas por la pérdida de su participación en SNAP y acudieron a bancos alimenticios o comedores para indigentes que ya no daban abasto y que no eran capaces de cumplir con el incremento en la demanda.

Sin lugar a dudas, las prestaciones SNAP no necesariamente sean un escape del hambre. Pero según dice Wilson, el estudio sugiere que las familias con derecho al programa quizás obtengan beneficios inesperados de inscribirse en SNAP. A lo mejor los impuestos sobre comestibles no los golpeen de manera tan fuerte y podrían pasar menos hambre.

Un puñado de otras ciudades —entre ellas San Francisco y Boulder— enfrentan decisiones sobre impuestos de comestibles en los comicios de noviembre. Los votantes que tendrán que reconciliar fuentes potenciales de ingresos con el costo de alimentos en las bolsas (y barrigas) de residentes quizás deban tomar estos hallazgos en cuenta.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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