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"Yo también fui Jane Doe una vez: hoy sufro por ella"

En la terminología legal se utiliza el nombre de Jane Doe para identificar a una mujer anónima que suele ser quien demanda; hoy le tocó llamarse así a la menor de Texas, a quien el gobierno federal le ha obstaculizado el acceso a un aborto. Esta es la historia de una defensora por los derechos reproductivos que también fue bautizada con ese nombre cuando a los 17 años solicitó un aborto legal a un juez sin el permiso de sus padres.
Opinión
Activista por los derechos reproductivos de la mujer
2017-10-24T21:58:27-04:00
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Las medidas y legislaciones restrictivas no detienen a las mujeres que deciden ponerle fin a un embarazo no deseado, sino que las obliga a buscar modos de hacerlo de manera clandestina, poniendo en riesgo sus vidas (Fuente: Guttmacher Institute). Crédito: Univision

El gobierno federal mantiene como "rehén" del sistema a una joven en Brownsville, Texas, a quien le han negado el derecho a un aborto por su edad y condición migratoria. Es una injusticia que experimenta la gente joven todos los días.

Yo también fui Jane Doe una vez y mientras más leo sobre lo que le ocurre a la Jane Doe de Texas, sufro por ella.

Recientemente, la Unión de Libertades Civiles (ACLU) demandó a la administración de Trump en representación de Jane Doe, una joven indocumentada de 17 años que buscaba terminar su embarazo, pero a la que se le ha negado el acceso a visitar una clínica y recibir cuidados por parte de la Oficina de Refugio y Restablecimiento (ORR por sus siglas en inglés). Debido a las leyes de consentimiento paternal de Texas, la joven necesitaba un desvío judicial, el cual obtuvo por medio de Jane’s Due Process, una organización sin ánimo de lucro basada en Texas que brinda apoyo a gente joven que necesita acceso a un aborto seguro y legal.

Sin embargo, después de recibir el desvío judicial, la ORR forzó a la joven a perder dos citas y en su lugar la enviaron a un centro de crisis para mujeres embarazadas. Ella se aproxima a sus 20 semanas de embarazo, pasar ese límite haría imposible que se haga el procedimiento en el estado de Texas. El fiscal general Ken Paxton, quien presentó un amicus brief en el caso, cree que el gobierno federal puede negarle el derecho a un aborto a la joven indocumentada.

“Si Jane Doe prevalece en este caso, esta decisión crearía un precedente para darle el derecho al aborto a toda persona que entre al país ilegalmente,” dijo Paxton en una declaración. “Texas no puede convertirse en un estado santuario para los abortos.”

En realidad, Texas no está en “peligro” de convertirse en un estado santuario. Para los jóvenes, Texas y Estados Unidos, en general, están muy lejos de eso. Lo sé porque yo enfrenté la misma situación de Jane Doe cuando tenía 17 años de edad.

Fue uno de esos romances torbellinos de verano que comenzó en una pizzería en mi ciudad natal de Jacksonville, Florida, donde trabajaba como mesera. La relación se transformó en mi primera experiencia de amor verdadero. Comenzamos a tener relaciones sexuales hasta casi el fin del verano, cuando un día el preservativo se rompió. En ese momento no sabíamos qué hacer hasta que comenzamos a buscar información en Google.

Nos enteramos del anticonceptivo de emergencia Plan B. Mientras esperaba en silencio en mi carro y mi novio iba a la farmacia a comprar el Plan B, contemplaba lo que este embarazo representaba para mi futuro.

Pensaba en el abuso que me tocó vivir de pequeña y lo cerca que me encontraba de ser libre de esa experiencia cuando cumpliera 18. También pensaba en cómo esto afectaría nuestra relación y lo enamorada que me sentía. Pensaba en mi pediatra católico, que se rehusó a recetarme anticonceptivos cuando tenía 16 años, diciendo que mis padres se enterarían y que Dios no quería que tuviera sexo a tan temprana edad.

Pensaba en que bajo ninguna circunstancia podía decirle a mis padres porque tendría que enfrentar la furia de mi papá abusivo y a mi madre, cuya religión la mantenía a su lado.

Mi corazón se fue al piso cuando mi novio regresó de la farmacia y me explicó que el farmacéutico no se la vendería. Le explicó que, aunque no necesitaba una receta médica para comprar Plan B, no le vendería la pastilla porque no era para él. No sabíamos que el mes anterior, las leyes habían cambiado permitiendo la compra de Plan B a personas menores de 18 sin receta médica.

Las próximas dos semanas las pasé buscando en Google: “cómo provocar un aborto espontáneo y hasta consideré el método antiguo de que alguien me empujara por las escaleras"... hasta que tomé un examen y confirmé que estaba embarazada.

Entonces empecé a investigar mis opciones para realizarme un aborto sabiendo que necesitaría la autorización de mis padres y que simplemente no iba a conseguirla. Había tenido un aborto el año anterior después de haber sido violada en una fiesta. Mi madre se rehusó a llevarme a la cita médica y mi padre me avergonzó por estar embarazada pero me llevó a la cita de todos modos.

Mientras regresábamos a la casa, mi padre botó mis pastillas anticonceptivas de la clínica por la ventana. Tenía miedo y sabía que me castigarían obligándome a continuar un embarazo no deseado si le confesaba a mis padres que estaba embarazada otra vez.

Entonces busqué qué opciones tenían los menores para poder realizarse un aborto sin el consentimiento de los padres. Allí fue que aprendí sobre el desvío judicial: cuando un juez emite una orden que permite a un menor de edad obtener un aborto legal si cumple con ciertos criteros sin que tenga que notificarse a un adulto o miembro familiar. Era mi opción más segura y la única que tenía.

Durante mi investigación, encontré una línea telefónica de información a la cual estuve llamando sin parar por dos días hasta que alguien respondió. Me refieron a un abogado que tomó mi caso "pro-bono". Al día siguiente estaba en su oficina.

La abogada me dijo que tendría que recopilar evidencia que probara al juez que constituiría un riesgo decirle a mis padres que tendría un aborto. En un ensayo de cinco páginas, detallé mi caso y expliqué el historial familiar de abuso y violencia doméstica que me pondría en peligro si mis padres se enteraban. La abogada estaba orgullosa de lo que había logrado. Mi suerte estaba en las manos de un juez en el conservador norte de Florida. Estaba aterrada.

Una semana después, tuve mi audiencia y el juez pidió escucharme. No recuerdo lo que le dije o si acaso importaba. Al próximo día recibí la orden de la corte en la que me llamaron Jane Doe. Le dije a mis padres que iría a la escuela, pero en realidad ya estaba en la clínica a primera hora de la mañana. Me quedé hasta que la clínica cerró y mi novio me dejó en mi carro para que pudiera regresar a mi casa.

Cuando llegué a la casa de mis padres, ayudé a mi madre a pelar papas. Mi papá se enojaba si no estaba lista la cena para eso de las 6:00 pm.

Nunca supe que esto era una gran injusticia hasta cinco años después cuando comencé mi trabajo de abogacía por los derechos reproductivos. Tuve suerte de que me concedieran un desvío judicial porque sé que esta no es la realidad que experimentan muchas personas jóvenes en todo el país.

El caso de Jane Doe muestra lo horroríficas que son las leyes de consentimiento paternales y las políticas inhumanas antiinmigrantes cuando la gente joven indocumentada busca acceso a servicios de salud. El estado prefiere criminalizarla y forzarla a que se convierta en madre cuando ella no quiere, en lugar de proveerle acceso a un aborto.


Las barreras contra el aborto aumentan para la gente joven y los inmigrantes. Tratar de encontrar transportación para llegar a una clínica, poder costear el aborto y conseguir representación legal es casi imposible.

De acuerdo con estadísticas del National Network of Abortion Funds, de todas las personas que reciben ayuda, las más jóvenes son quienes tienen menos acceso a control prenatal con un 61.8 % y las que tienen mayor probabilidad de violación con un 16.7%, en comparación con personas adultas (41.6% y 7% respectivamente). Investigadores también encontraron que el costo de un aborto para personas jóvenes es mucho más elevado, debido a barreras como retrasos para conseguir el dinero y para pagar por el proceso médico por costos de viajes hacia clínicas distantes.

Jane: espero que sepas que estoy luchando por ti todos los días. Yo te veo y te siento. No estás sola y mereces mucho más de lo que este sistema te ofrece. Todos merecemos acceso a un aborto, no importa la edad o el estatus migratorio.

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