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Salud Mental

¿Por qué muchas personas tardan tiempo en hablar de agresiones sexuales que sufrieron?

A través de la historia de Gretchen Carlson, la exconductora de Fox News que demandó a un antiguo jefe por acoso sexual, la profesora de psiquiatría en la Universidad de Yale Joan Cook explica las razones por las que muchos esperan para compartir su experiencia, si es que llegan a hacerlo.
8 Ene 2017 – 08:33 AM EST
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Cuando se trata de sucesos traumáticos como la agresión física o sexual, la violencia doméstica o el combate, que amenazan con robarnos nuestra dignidad y espíritu, la gente no suele hablar de ellos. Crédito: Jack Guez/AFP/Getty Images

Cuando Gretchen Carlson, la veterana exconductora de Fox News, entabló el 6 de julio un pleito por acoso sexual contra el antiguo jefe de la cadena, Roger Ailes, la respuesta pública distó de ser amable. Hubo expresiones de incredulidad y refutaciones de que estaba inventando los hechos como represalia por haber sido despedida. Muchos preguntaron: si tan mala era la situación, ¿por qué no hizo estas revelaciones antes?

Como psicóloga especializada en trauma, sé que su comportamiento fue coherente con el de muchas mujeres que han experimentado distintas formas de agresión sexual. Muchas de ellas no revelan los sucesos por mucho tiempo, si es que alguna vez lo hacen. Y por lo general no denuncian estas experiencias públicamente o ante figuras de autoridad como la policía.

Debemos tener en cuenta que este tipo de demora es normal cuando experimentamos o escuchamos hablar de eventos traumáticos —ya se trate de agresiones sexuales, acoso o muchos otros tipos de traumas.

Afirmar reconforta, culpar no

Cuando sucede una adversidad, desde una pelea con un ser querido a un pinchazo de llanta, pasando por una evaluación negativa en el trabajo o en la escuela, muchos deseamos abrirnos y contárselo a una persona cercana. Buscamos que confirmen nuestra perspectiva y ocasionalmente que nos ayuden a resolver un problema. En particular nos complace que nos digan que fue un evento desagradable y que no tenemos la culpa de que sucediera.

Pero cuando se trata de sucesos traumáticos como la agresión física o sexual, la violencia doméstica o el combate, que amenazan con robarnos nuestra dignidad y espíritu, la gente no suele hablar de ellos. De hecho, muchos sobrevivientes de trauma nunca revelan a nadie lo que les ocurrió o esperan mucho tiempo para hacerlo. Las razones de ello son múltiples y probablemente incluyan la vergüenza, el estigma percibido de ser una “víctima”, experiencias negativas tras divulgaciones anteriores, y el temor a que se les culpe o se les responsabilice de algún modo por el suceso. Y si se trata de denunciar un acoso sexual, las mujeres temen perder empleos, ascensos o cargos.

Esto queda demostrado en los resultados de una encuesta representativa a nivel nacional de mujeres acerca del trauma y la salud mental, en la que más de una cuarta parte de las que habían sufrido una violación en la infancia nunca se lo habían dicho a nadie antes de revelarlo durante la entrevista de investigación. De hecho, casi el 50% de las mujeres que habían sido violadas no revelaron la agresión sexual en por lo menos cinco años.

Para algunas personas, hablar de su trauma es un primer paso hacia la sanación. Pero para otras, el hecho de compartir una experiencia y recibir una respuesta negativa puede dañar la recuperación. Puede causar que la persona se cierre y bloquear el acceso a la bóveda psicológica, si no de forma permanente, al menos por un largo tiempo. Vivir en persona actos terroristas como los de Niza, o las balaceras en Dallas y Baton Rouge, puede tener un efecto similar.

Hace años tuve el gusto de trabajar con antiguos prisioneros de la Segunda Guerra Mundial. Uno de ellos me relató que poco después de su liberación, un conocido le preguntó: “¿Por qué te rendiste ante los alemanes?”. Al antiguo prisionero de guerra esta pregunta le pareció una acusación, una amenaza a su juicio y comportamiento. El resultado fueron años de silencio y de soledad en su vida.

Casi cinco décadas después, este extraordinario hombre que defendió nuestro país con tanta valentía participó en una terapia de grupo. Visiblemente alterado, exclamó: “Debería haber contestado, ‘Tú también te habrías rendido, con un Luger alemán apuntándote a la cabeza’”.

‘¡Sé muy bien cómo te sientes!’ —o no tanto

Lamentablemente, las respuestas insensibles a la divulgación de un trauma son comunes. Mis pacientes revelan que las primeras palabras en labios de la gente suelen ser expresiones como, “Oh, eso no es grave” o “Eso pertenece al pasado, déjalo estar” o “¿De verdad sucedió eso?” o “ Vamos, ya no pienses en eso”.

Por supuesto, las palabras de los demás no son el único motivo de que una experiencia de divulgación resulte dañina. Los mensajes no verbales como evitar el contacto visual, una postura corporal desaprobatoria o la distancia física también son impedimentos para la divulgación. También estos pueden poner trabas a la recuperación.


Además de los mensajes verbales y no verbales que recibimos de los demás, existen otras barreras para la divulgación. Por ejemplo, los menores que experimentaron distintas formas de abuso, incluido el abuso físico, sexual o emocional, o que padecieron abandono o presenciaron violencia doméstica reportan sentir vergüenza, temor a perder el apoyo social e incertidumbre sobre cómo y a quién divulgar sus experiencias.

La mayoría de los niños reportó que prefería divulgar estos traumas a sus padres o hermanos, en lugar de a profesionales, aunque muchos de ellos no contaban con familiares dispuestos a escucharles y abrir su corazón. Y cuando el abusador era un familiar, la víctima afrontaba obstáculos aún mayores para saber a quién divulgar el trauma, así como en lo concerniente a la receptividad y la aceptación.

Para los miembros de las fuerzas armadas que regresaban de las guerras en Irak y Afganistán, el hecho de adoptar una actitud positiva con respecto a la divulgación era el indicador más sólido de crecimiento psicológico positivo. Los veteranos que estaban dispuestos a hablar de sus traumas tenían una probabilidad mucho mayor de procesar con el tiempo sus experiencias que los que se negaban a compartirlas. Esto refuerza lo que el campo de los estudios sobre el trauma ha sabido desde hace mucho: que la revelación de un trauma en un entorno de apoyo produce beneficios de salud física y mental, aun cuando estos eventos hayan sido revelados con anterioridad.

Escuchar es señal de amor y comprensión

Una de nuestras tareas como investigadores es determinar qué constituye una respuesta de apoyo a la divulgación del trauma y enseñar a los familiares y amigos a proveer dicha respuesta a quien lo necesite. ¿Hay alguna manera de elaborar una respuesta que sea tanto sincera como efectiva cuando un amigo o familiar revela un suceso espantoso?

Mediante un diseño de estudio innovador, psicólogos de la Universidad de Oregon examinaron el impacto de la capacitación de destrezas en las respuestas a la revelación de maltratos. Más de 100 pares de amigos fueron asignados de forma aleatoria a un rol (divulgador u oyente) y una condición (experimental o control).

A los divulgadores se les pidió que relataran a su amigo una ocasión en que se sintieron maltratados por una persona cercana, alguien en quien confiaban, que los cuidaba o de quien dependían. Los oyentes en la condición experimental fueron asesorados sobre métodos basados en la evidencia para brindar a sus amigos apoyo verbal y no verbal. Entre estos métodos se incluía abstenerse de cambiar de tema, dar cabida al silencio, centrarse en la experiencia de la otra persona y no de uno mismo, y resaltar las fortalezas del individuo.

Los oyentes que asistieron a esta intervención breve y fácil de administrar mostraron un número significativamente menor de comportamientos no solidarios que los oyentes en la condición de control.

Hablar de un trauma específico no es fácil, ya sea que nos corresponda compartirlo o recibirlo. No divulgarlo o no apoyar a quien lo divulga probablemente sea nocivo para nuestro bienestar y perjudicial para nuestras familias y comunidades.

Tan solo pregúnteselo a Gretchen Carlson.

*La doctora Joan Cook es profesora asociada en psiquiatría de la Universidad de Yale.

The Conversation

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