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Remesas

Las remesas construyen pueblos fantasmas en México

Gran parte de las remesas que llegan a México —casi 25,000 millones de dólares en 2015— se destinan a solventar las necesidades más elementales de quienes las reciben.
11 Jul 2016 – 1:23 PM EDT

Por las calles de San Buenaventura Nealtican cada vez se ven más casas recién construidas, solas, que tal vez no serán habitadas nunca. A esta comunidad en el estado Puebla, famosa por su parroquia del Siglo XVI y sus labrados de cantera, le está pasando igual que a muchas otras localidades mexicanas en las que irse al norte es tradición añeja.

Durante años, los migrantes de Nealtican que se fueron a Estados Unidos han enviado dinero para sus familias. A algunas el dinero les alcanzó incluso para construir esas casas, con la ilusión de que a ellas volverían, algún día, los que se fueron.

El asunto es que muchos, hasta hoy, no volvieron y parece que ya no lo harán.

Por eso Nealtican, como otros pueblos expulsores de migrantes, se convierte, de a poco, en un cementerio de casas olvidadas.


Julio Boltvinik, quizás el académico que más sabe de pobreza en México, conoce bien la historia de esos camposantos habitacionales. “Construyen las casas como un gesto de agradecimiento (al pariente ido)… pero hacerlo es ineficiente, social y económicamente hablando”.

En Nealtican viven unas 15 mil personas y siete de cada 10 tienen por lo menos un familiar en el norte, según Carlos Plácido, director de una de las primarias del pueblo.

Susana es una de ellas. Tiene 37 años y tres hijos. Dos hombres de 19 y 15 años nacidos en Estados Unidos, y una niña de nueve, mexicana.

Cuando esperaba el nacimiento de su hija, el embarazo se complicó. La bebé al final nació gracias a una cesárea, a una incubadora y a una deuda enorme. Pedro, su esposo, ganaba en ese entonces mil pesos a la semana como ayudante de albañil. No tuvo opciones y, para saldar las deudas, volvió a Estados Unidos, donde había vivido con Susana años antes.

Hoy, Pedro vive en Brooklyn, es ayudante, pero no de albañil sino de chef, y envía 2 mil pesos a la semana a su familia. Es el doble de lo que ganaba antes de irse, pero de todos modos alcanza para poco.

“Para comida, ropa, zapatos para mis hijos… para vivir pues… si se me enferma la niña o algo así, le digo a Pedro y me manda un poco más”, dice Susana

Sobrevivencia, no crecimiento

Las remesas que llegan a México (casi 25,000 millones de dólares en 2015) se destinan en su mayoría a solventar las necesidades más elementales de quienes las reciben.


Casi nada del dinero de las remesas, dice Boltvinik, termina invertido, por ejemplo, en pozos de agua, infraestructura o en equipamiento agrícola, por eso los envíos, aunque mitigan la pobreza más cercana, inciden poco en el desarrollo de estos pueblos.

El tema viene a cuento porque meses atrás se supo que las remesas habían superado los ingresos de México por la venta de petróleo y sus derivados en 2015.

El año pasado las remesas sumaron 24,770 millones de dólares. Los ingresos de la otrora paraestatal Petróleos Mexicanos se quedaron en 23,432 millones.

La noticia de inmediato generó elogios y muestras de agradecimiento para los 11 millones de mexicanos que viven en Estados Unidos, de donde proviene 95 por ciento de las remesas que llegan a México.

Los paisanos en el norte trabajan duro. De todos los que están en edad de laborar, nueve de cada 10 lo hacen entre 40 y 44 horas a la semana y ganan entre 10,000 y 40,000 dólares al año, según el Anuario Migración y Remesas 2015 de BBVA.

Ellos son los responsables de enviarnos los casi 25,000 millones de dólares que el año pasado, debido a la pérdida de valor del peso frente al dólar, terminaron convirtiéndose en 392,843 millones de pesos.

Al recordarle esas cifras, el padre Alejandro Solalinde, ese Ángel Guardián de los viajeros, especialmente de los que salen de Centroamérica con rumbo a Estados Unidos, dice que con sus envíos nuestros migrantes están, literalmente, “salvando al país” y al gobierno mexicano.



Es como una broma cruel, dice el religioso, que el gobierno mexicano, un gobierno “que descuida a sus migrantes en el norte y violenta a los que vienen del sur, sea parasitario de las remesas, que viva de ellas”.

Boltvinik, profesor y sociólogo de El Colegio de México, reconoce que la migración y las remesas son una válvula de escape. “Si no fuera por la migración y las remesas, los niveles de pobreza en el país –que ya son terribles—llegarían a ser espantosos. La migración ha impedido hasta hoy que explote la realidad social y política del país”.

Sin embargo, contrario a lo dicho por Solalinde, Boltvinik no cree que las remesas sean hoy la salvación de México. Es simple: si lo fueran, después de años de millones de dólares llegando a México desde el norte cada año (al menos desde la década de los 40 del siglo pasado), el país no estaría como está hoy.

Los números dan la razón a Boltvinik y dibujan un panorama desalentador.

Corrupción, el peor lastre para el país

Al cierre de 2014 había 55.3 millones de mexicanos en pobreza, de acuerdo con el Consejo Nacional de Evaluación de la Política de Desarrollo Social (Coneval). Según este organismo, vive en pobreza quien hoy gana menos de 1,674 pesos en las zonas rurales de México y menos de 2,601 pesos en las zonas urbanas.

De esos 55.3 millones de pobres, 11.4 millones vivían en 2014 en pobreza extrema, algo así como la población total de Cuba según el censo de 2010, y más de dos veces la población total de Costa Rica.

En pobreza extrema se encuentran quienes en México viven con menos de 910 pesos al mes en las zonas rurales y con menos de 1,281 pesos en las ciudades, según la misma fuente.

Tan sólo en los dos primeros años de la actual administración, es decir, entre 2012 y 2014, dos millones de personas ingresaron a la lista de pobres en el país.

La economía mexicana lleva años sin crecer, como sí lo han hecho en los últimos años otras economías emergentes en el mundo.

En los últimos 30 años, la economía mexicana creció a tasas de apenas 2.3% al año. India, por su parte, creció a tasas de 7% en las últimas dos décadas y Brasil, la segunda economía más grande de América, lo hizo a tasas de 5% entre 2000 y 2012.

Entre 2007 y 2015, además, los salarios en México no sólo no crecieron, sino que cayeron 1%, según la OCDE. Además, de acuerdo con el Centro de Estudios Económicos del Sector Privado, 78% de los trabajadores mexicanos gana menos de tres salarios mínimos al día (el salario mínimo en México es el más bajo en toda América Latina), es decir, menos de 220 pesos.

A todo lo anterior se suma una epidemia que probablemente sea la principal responsable del desolador panorama que pintan las cifras: la corrupción.

El 21 de mayo pasado, María Amparo Casar, investigadora del Centro de Investigación y Docencia Económica, informó que la corrupción le había costado al país unos 341,000 millones de pesos en 2014, citando los resultados del estudio México: Anatomía de la Corrupción.

De acuerdo con esos números, la corrupción en ese año le habría costado a los mexicanos el equivalente a multiplicar por 13 los 25,000 millones de dólares que enviaron en remesas a sus familias el año pasado.

La podredumbre se ha extendido tanto que incluso el empresariado, aliado tradicional del poder político en México, salió recientemente a exigir una limpia a profundidad.

La cúpula de la Confederación Patronal de la República Mexicana (Coparmex), organización que aglutina a más de 36,000 empresas en el país (a las que se atribuye una aportación de 30% al PIB nacional), desfiló por las calles del centro de la capital exigiendo al Congreso la aprobación inmediata de las leyes que den forman a un sistema nacional anticorrupción.


Gustavo de Hoyos Walther, presidente nacional de la Coparmex, dijo durante la marcha que la viabilidad económica de la nación, en el largo plazo, depende de que se gane la batalla contra la corrupción.

El año próximo, si las cosas siguen como hasta ahora, las remesas de los paisanos en Estados Unidos podrían llegar a los 26,365 millones de dólares, de acuerdo con BBVA. Si así ocurre, los envíos superarían el récord histórico que establecieron en 2007, poco antes de la crisis financiera.

El padre Solalinde dice que esas remesas vienen cargadas de amor, del amor de migrantes a quienes califica, conmovido, como ‘la última reserva espiritual del mundo’.

A Boltvinik le parece un amor que se paga tan caro que sería mejor que no existiera.

“Las remesas nos ayudan a combatir la pobreza, pero es ésta una situación que no deberíamos aplaudir”, dice el académico.

Para poder enviar ese dinero, los mexicanos emigrados tienen que enfrentar muchas veces una vida miserable. Los niños en México, dice Boltvinik, quedan abandonados, sin padre, como la hija de Susana en Nealtican, que en nueve años de vida nunca ha visto a Pedro, su papá.

Las mujeres quedan sin esposo y los que viven allá (en el exilio) suelen vivir en cuartuchos lóbregos y son maltratados y discriminados todo el tiempo en una tierra donde, por decirlo amablemente, se les quiere demasiado poco.

“La peor manera de combatir la pobreza sería expulsando a nuestra gente, exportando mano de obra barata”, dice el especialista. La migración, cuando es la única opción y es obligada, pareciera recordarnos Boltvinik, es siempre indeseable.


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