Wilmington: un Disney World de la contaminación

Este sorprendente vecindario de Los Ángeles es una muestra de cómo los lugares en los que se respiran más tóxicos de EEUU suelen ser habitados mayoritariamente por hispanos.

¿Cuál es la ciudad con el aire más contaminado de EEUU? ¿ Bakersfield, Fresno, Visalia…? Incluso después de haber reducido en los últimos años sus niveles de tóxicos de forma considerable, en el informe de 2016 de la Asociación Estadounidense del Pulmón siguen apareciendo entre las peores en partículas finas y ozono las macrourbes de Los Ángeles y Long Beach. Estos son de los sitios donde se respira un aire más insano, aunque no es igual lo que entra en los pulmones de todos sus habitantes. Para conocer de cerca el problema de la contaminación atmosférica en este país hay que ir a vecindarios como Wilmington.

Basta llegar a esta comunidad pegada a los puertos de Los Ángeles/Long Beach para darse cuenta que aquí el aire huele diferente.

Como otros puntos de esta zona de la costa oeste, este vecindario llama la atención por la enorme concentración de fuentes de tóxicos junto a áreas habitadas. En un espacio de 9.14 millas cuadradas (23.67 km 2) se juntan: los buques y camiones de dos de los puertos más grandes del país (que unidos representan el mayor emisor fijo de contaminantes del sur de California); grandes refinerías como las de Phillips 66, Valero, Tesoro; los tubos de escape de las autovías; plantas eléctricas de gas; químicas… y todo un entramado de bombas y tuberías para captar petróleo bajo el suelo de las propias casas.

Otra peculiaridad de Wilmington es que el 86.6% de sus cerca de 54,500 residentes son hispanos.

Uno de los puntos más sorprendentes de este vecindario de Los Ángeles es el formado por cuatro calles no lejos de la zona portuaria: Emden, WF, Arabic y WG. El lugar muestra el que podría ser un barrio típico de las películas del cercano Hollywood: casas familiares, jardín verde, vallas con portón de entrada… Parecería el sueño de cualquier inmigrante, si no fuera porque justo a un lado tienen la ruidosa Freeway, la autovía interestatal 110, y al otro está la enorme refinería de Phillips 66, una gigantesca planta de unos 424 acres llena de chimeneas humeantes.


“Es tan fuerte el olor a veces que uno tiene que meterse para adentro y cerrar las ventanas. Huele feo, a huevo podrido, hasta arde la nariz y los ojos lloran”, se queja Gonzalo Castañeda, que lleva 21 años en la calle Emden respirando el humo de las chimeneas y tubos de escape. “Nos preocupa, pero ¿qué hacemos? Yo ya no tengo niños chiquitos, nosotros estamos viejos. Nos da igual, ya que más da”, se resigna este inmigrante mexicano.

“Pues ya me acostumbré a vivir aquí”, comenta a su vez José Luis Muñoz, en la esquina de la Arabic. Como relata, son ya 28 años junto a lo que llama “la bomba del tiempo”, incluso ha sido testigo de varias explosiones. “Lo que me atormenta es mi nieto, pues casi a diario me dice: ‘No puedo respirar, pa, no puedo respirar’”, explica este hispano. Como reconoce, no tiene ni idea de lo que sale de las chimeneas ni cómo puede afectarle, pero asegura que en las doce casas de su calle lleva ya la cuenta de cinco muertos por cáncer.

“Se agitan, no alcanzan a respirar normal y entonces los papás tiene que correr al hospital de emergencia a cualquier hora de la noche”, relata sobre sus nietas el también mexicano Raúl López, con más de 12 años en la calle WG. “Si tuviera uno la posibilidad, pues ya hubiera salido de aquí, pero, desgraciadamente, hay que aguantarse”, lamenta.

Los vecinos hispanos que viven junto a la refinería de Phillips 66

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Lo que sale de la refinería de Phillips 66 soncontaminates como óxidos de nitrógeno (493,248 toneladas), óxidos de azufre (132,375 t), monóxido de carbono (336,069 t), gases orgánicos reactivos (177,603 t) y partículas en suspensión/TSP (230,544 t).

Pero también 1,3 botadieno (234 libras), ácido sulfúrico (5,057 lb), acetaldehído (2,219 lb), amoníaco (78,196 lb), benceno (784 lb), formaldehído (1,834 lb), hexano (4,806 lb), tolueno (3,405 lb), xileno (2,885 lb)… Así aparece en las emisiones anuales de 2015 reportadas por la propia planta en la web de la agencia de Gestión de la Calidad del Aire del Distrito de la Costa Sur ( SCAQMD), la entidad que controla la contaminación del aire en esta zona.

Para el SCAQMD, hay lugares del condado de Los Ángeles con mayores niveles de contaminación por ozono o partículas finas. Sin embargo, la agencia reconoce que las zonas de Wilmington junto a los puertos forman parte del área con mayor riesgo de cáncer, de acuerdo a las estimaciones del IV Estudio de Múltiples Tóxicos del Aire (MATES IV). Si la peor categoría en los mapas del SCAMD son las áreas en las que se estima un riesgo de cancer superior a los 1,200 casos por millón, hay puntos de Wilmington que superan los 2,500 casos por millón.

“¿Me está preguntando si las zonas de Wilmington cercanas al puerto son de las áreas con una riesgo inaceptable?”, señala Sam Atwood, director de relaciones con los medios de SCAQMD. “Mi respuesta es sí”.

Muy cerca de la zona portuaria y las chimeneas, un cartel luminoso alterna un mensaje en inglés y español: “Gracias a la refinería Phillips por su apoyo”. Es la entrada del Hawaiian Avenue Elementary School, uno de los centros escolares del vecindario.

“El asma en mi colegio es un grave problema, muchos de los niños tienen y deben llevar un aparato para respirar”, cuenta Linda Basset, profesora de uno de estos centros con gran mayoría de hispanos en Wilmington, que asegura haber vivido más de un ataque en su propia clase. “Da un poco de miedo cuando el estudiante no puede respirar”.


Como incide, en su colegio las prioridades están claras: primero la enfermera, luego la biblioteca. “Todos los años tenemos que decidir cómo gastar nuestro dinero y todos los profesores estamos de acuerdo: queremos enfermera todos los días, lo primero. Y el asma es uno de los motivos”.

La profesora explica que no tienen mediciones del aire en los alrededores, pero llama la atención sobre la capa de polvo negro que está por todas partes. “Es como si estuviéramos trabajando en una mina de carbón”, ironiza.

No lejos de allí, junto al campo de beisbol John Mendez (bajo una enorme torre que bombea petróleo de uno de los mayores yacimientos del país), Ashley Hernández pasa un dedo por uno de los vidrios de su auto y enseña cómo queda manchado de negro. “Este hollín está en las casas, en las ventanas, en los pisos y se mete en nuestros pulmones”, protesta esta organizadora juvenil de Comunidades por un Mejor Medio Ambiente, una entidad que realiza hasta tour tóxicos por Wilmington. “Esto pasa solo en barrios de color, pero si no puede estar en Palos Verdes o Beverly Hills tampoco lo queremos aquí”, reivindica esta residente, más combativa que la mayoría de sus vecinos latinos.

Son múltiples los estudios que muestran cómo son mayoritariamente los hispanos los que viven en los vecindarios con peor calidad del aire de EEUU. Uno de los últimos es el trabajo ‘Raza, privación y aislamiento de inmigrantes’, realizado por Raoul Liévanos, investigador de la Universidad Estatal de Washington (WSU), que encontró que los vecindarios de inmigrantes pobres que no dominan el inglés son tres veces más propensos a estar localizados cerca de fuentes de contaminación del aire. Según los datos del investigador, los lugares de EEUU dónde más clara queda esta relación son Los Ángeles-Long Beach-Glendale (California), Nueva York-White Plaines-Wayne (Nueva York), Santa Ana-Anaheim-Irvine (California)…

“De Wilmington salen millones para la ciudad de Los Ángeles, pero ese dinero se va a las comunidades de los ricos”, critica Sofía Carrillo, representante de Coalición por un Medio Ambiente Seguro, que reclama más inversiones para reducir la emisión de tóxicos. “Es triste lo que pasa en las comunidades donde viven los latinos, hay mucha discriminación”, incide Carrillo. “Aquí en Wilmington ni siquiera hay un mol donde comprar o un solo cine”.

Por no haber, en Wilmington no hay ni siquiera una estación de medición de la contaminación. Como reconocen en la SCAQMD, el punto de control más cercano está en el 1305 E. Pacific Coast Highway, en Long Beach.

“Sí, todo el mundo quiere saber por qué no hay estación de medición en ese vecindario. Es difícil contestar a esa pregunta, pero básicamente, para colocar una estación de medición como lo requiere el Gobierno Federal existen muchos requerimientos”, destaca Atwood. “Nosolo para la ubicación, el tipo de instrumentos que usamos son muy caros. Tenemos que poner las estaciones de monitoreo en lugares que sean representativos de toda la región”.