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Elecciones 2016

¿Por qué residentes de Washington rechazan el nuevo Hotel Trump a pasos de la Casa Blanca?

El nuevo negocio de Donald Trump ocupa un antiguo edificio público en una ciudad con altos niveles de pobreza que no tiene voto ante el Congreso.
13 Sep 2016 – 1:35 PM EDT

“Alguien le dio este edificio a Trump y nadie nos consultó”, lamenta Joyce Paul junto a más de 30 manifestantes, reunidos en la Avenida Pennsylvania desde las 7 de la mañana, para oponerse a la apertura del Hotel Trump, en el centro de la capital estadounidense.

Vinieron para expresar su rechazo al candidato republicano Donald Trump, citando su retórica racista e intolerante. Pero para los habitantes de la capital estadounidense, la controversia no para allí.

Ubicado entre la Casa Blanca y el edificio del Capitolio, sede del Congreso de EEUU, el edificio que ocupa el Hotel Trump Internacional es una instalación pública que el gobierno federal cedió al magnate en 2013 por medio de un contrato de 60 años.

De 1899 a 1914 fue la sede de la oficina de correos, antes de convertirse en oficinas federales. El edificio actual mantiene la estructura de metal del original y en uno de los pasillos se preserva un buzón de correo metálico empotrado en la pared.

Esto explica la rabia de Joyce Paul, que vive en Washington, una ciudad con altos niveles de pobreza y marginación: “Las habitaciones cuestan $800 al día mientras que nuestros indigentes, mucho de ellos veteranos, andan por la calle”. A su lado, una amiga comenta que sus tres hermanos fueron a la guerra: “Vietnam, Corea y Libia -dice-. Mi familia ha sacrificado mucho”.

Además, se ofende que un policía le pida que se baje de las escaleras del hotel que dan a la acera. “Es propiedad pública. Yo pago mis impuestos aquí”.

El tema es particularmente sensible en el Distrito de Columbia. Al no ser considerado un estado, sus residentes tienen una congresista que no tiene derecho a voto. “Pagamos impuestos y no tenemos representación”, agrega Paul.


El discurso de Trump le hace publicidad

Pero a Michael Damelincourt, gerente director del hotel, de nacionalidad francesa, no le preocupan las protestas. Lleva 10 años trabajando para Donald Trump y parece estar acostumbrado: “También hubo protestas en 2008 y en 2012 cuando inauguramos las Torres Trump en Chicago y en Toronto”.

Tampoco prevé que la polémica campaña de Trump perjudique el negocio. “Lo que nos ha dado la campaña electoral es que todo el mundo sabe de este hotel y todo el mundo está hablando de él”.

Y a pesar de que una habitación en temporada alta cuesta como mínimo $895, según una portavoz del hotel, esta noche, todas las habitaciones están ocupadas.

La suite presidencial cuesta $15,000 la noche y la suite más grande llamada “La casa de Trump” cuesta $25,000.


Retórica antiinmigrante

Al pie de la calle, frente a manifestantes, turistas y otros curiosos, un portavoz de The Answer Coalition, una ONG en contra de la guerra y del racismo, dijo que frente a la retórica de Trump, los niños musulmanes e inmigrantes tienen miedo de ir a la escuela porque les van a hacer bullying.

“Los que tienen la culpa no son los mexicanos pobres, sino los multimillonarios que nos quieren dividir. Adolfo Hitler dijo que el problema de Alemania eran los judíos”, advirtió.

La organización no pedía el voto para Hillary Clinton pero sí expuso sus temores sobre votar por Trump.

A lo lejos, unos manifestantes, muchos de ellos afroamericanos cantaban “ No Trump, no KKK. No racist USA”, en referencia al apoyo que le han dado grupos supremacistas blancos al aspirante republicano. Y una mujer en silla de ruedas llevaba un cartel que decía “No se burle de nosotros”.

Pero la discriminación no parecer haber llegado a la plantilla del hotel Trump.

Afuera unos obreros, algunos de ellos latinos, acomodaban unas plantas para adornar la entrada y adentro un trabajador guatemalteco decía que lo habían contratado por unos días para limpiar las ventanas.

Aun así, la retórica discriminatoria de Trump le valió romper dos contratos con dos cocineros de renombre, José Andrés y Geoffrey Zakarian.


Un espacio para los seguidores de Trump

Adentro, Raven Miller, una mujer de visita desde el estado sureño de Alabama saborea una copa de champán en un sofá de terciopelo azul. Quiso quedarse en el hotel pero ya no habían cuartos. Su motivación, aparte de lo atractivo que es el hotel, es su admiración por Ivanka Trump.

Según esta mujer, la hija de Trump “es un ejemplo de cómo equilibrar las demandas entre ser madre y tener una carrera profesional”. De Donald Trump y su imagen de las mujeres dice “Es genial con las mujeres. Lo que pasa es que no es el mejor orador”.

A su lado, un grupo de cristianos que acaban de firmar un contrato con el hotel para la celebración de una reunión religiosa en el salón de baile del hotel el día de la toma de posesión del (o la) nuevo presidente en enero de 2017, se dan la mano, cierran los ojos y rezan.

Una de ellos, Merrie Turner, está en contra del matrimonio gay y del aborto. Su caso Estados Unidos vs Turner en defensa de los derechos del niño no nacido llegó a la Corte en 1994.

Le gustaría que Trump fuera un poco más “cristiano” aunque asegura que: “Trump volvió a nacer en abril. Se reunió con líderes evangélicos y rezó al señor para aceptar a Jesucristo como su salvador”.

De hecho le anima saber que tanto Pence, Trump y sus dos esposas se reúnen de vez en cuando para rezar juntos. “Mike Pence compensará por Donald Trump donde a él le faltan valores morales”, agrega Turner.

Y le gusta más Trump ahora que antes. “No es el bully que hemos visto en el pasado. Está más calmado. Sabe que Dios está con él”.

Mientras tanto, afuera un hombre disfrazado de pato Donald, flanqueado por una mujer disfrazada de granjera y otra de Daisy, reparte copias de declaraciones de impuestos para pedir que el magnate haga públicas las suyas.

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