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Elecciones 2016

Estas tres conversaciones en Pennsylvania me hicieron pensar que Trump aún puede ganar

Los argumentos de un puertorriqueño, una afroamericana y un conservador blanco explican por qué el candidato republicano ha mejorado en los sondeos
16 Sep 2016 – 5:49 PM EDT

ASTON (Pennsylvania)-- Donald Trump pronunció esta semana un discurso en Aston, un suburbio acomodado de Filadelfia. Era un evento cerrado al público al que sólo se podía acceder por invitación. Antes y después del acto hablé con tres votantes bien distintos sobre la campaña y esas conversaciones me ayudaron a entender por qué el candidato republicano todavía puede ganar.

Pennsylvania no vota por un candidato republicano desde 1988. Pero esta vez Trump ha invertido mucho tiempo y muchos recursos en un estado que considera propicio por el declive industrial de algunas ciudades y por la popularidad del republicano entre los votantes blancos que no se graduaron en la universidad.

Por ahora esa estrategia no ha llevado a Trump a situarse por delante en los sondeos. El promedio lo sitúa seis puntos por detrás de su adversaria. Una cifra similar al de la derrota de Mitt Romney hace cuatro años. Sin Pensilvania, Trump tendría que imponerse en casi todos los otros estados decisivos para ganar la carrera presidencial.

Pensilvania es un lugar lleno de contrastes. Trump es fuerte en las regiones rurales y en las comarcas mineras del sureste del estado. Los feudos de Clinton son grandes núcleos urbanos como Pittsburgh y Filadelfia, donde viven más afroamericanos y más votantes de izquierdas. Las zonas más disputadas son suburbios como Aston, un lugar de clase media donde residen miles de votantes blancos que no tienen una ideología definida y se han graduado en la universidad.

Un puertorriqueño gay

De camino al evento de Trump converso con Anthony, el joven delgado de tez cetrina que me recoge al pedir un Uber a la salida de mi hotel. Anthony es hijo de dos puertorriqueños que llegaron a Filadelfia a principios de los años 60. Su padre es veterano y dejó de ser demócrata al volver de la Guerra de Vietnam. Su madre es republicana por otros motivos. “Ya sabe cómo son los hispanos”, me dice. “Siempre están con su religión”.

Mientras el coche atraviesa las calles de Chester, Anthony me explica que es uno de los lugares con más delincuencia de Estados Unidos y dice que en las pocas casas que quedan en pie sólo viven mafiosos, drogadictos y traficantes. Nada que ver con el suburbio acomodado donde se celebra el evento de Trump.

Anthony no habla español pero escucha cumbia colombiana y canciones de Mark Anthony. Dice que se siente orgulloso de sus orígenes, desvela que es gay y se expresa con un discurso muy bien articulado.

Unos minutos antes de llegar, Anthony me explica cómo ve la campaña: “Yo no soy demócrata ni republicano pero le seré sincero: ahora mismo le presto más atención a Trump. Yo solía estar a favor de Bernie Sanders y no me gusta nada lo que le hicieron. ¡Fue horrible! En conciencia, yo no podría votar por Hillary. ¿Donald Trump? Yo me creía las cosas malas que decían de él pero luego me puse a investigar y me di cuenta de que era muy progresista en asuntos morales como el aborto o la homosexualidad. Entonces me pregunté: ¿por qué todo el mundo está contra él?”.

Anthony no cree que Trump sea más peligroso que Clinton. “Gary Johnson no tiene ninguna opción de ganar y probablemente votaré por Trump”, dice mientras señala con el dedo la caravana del candidato: “Tengo que hacer una foto de todo esto. ¡No sabía que venía hoy aquí!”.


Una afroamericana contra Clinton

Al final del discurso de Trump, me acerco a una mujer afroamericana que espera sentada mientras la mayoría sale de la sala. Se llama Barbara Muhammad y vive unos kilómetros más al sur, en el estado de Delaware. Desde hace años trabaja educando a jóvenes con problemas en Chester, la ciudad de la que me había hablado Anthony unas horas antes.

“Lo que ha dicho Trump sobre las guarderías tiene mucho sentido”, me dice Barbara. “En Chester hay muchas mujeres que necesitan una guardería y que sufren por culpa de Bill Clinton. Al reformar el Estado del Bienestar en los años 90, se les exigió a las madres solteras que trabajaran en algo para recibir ayudas públicas. Son mujeres que no se pueden permitir una guardería y que dejan a su hijo con cualquiera. He escuchado muchas historias de abusos. A veces dejan al niño con un criminal o con un drogadicto y pasan cosas horribles”.

Barbara culpa del declive de Chester a los políticos demócratas y asegura que en ciudades así es más importante tener buenos gestores que cuadren las cuentas y resuelvan poco a poco los problemas de la población. “Allí vive cada vez menos gente y muy pocos vecinos pagan impuestos”, explica. “Eso hace muy difícil financiar las escuelas y poner freno a la delincuencia. Algunas organizaciones están haciendo un buen trabajo con los jóvenes pero no es nada fácil”.

Barbara creó hace años un programa de formación profesional para los jóvenes de Chester. “Muchos salieron de ese programa con muy buenos empleos”, recuerda. “Mi hijo salió del instituto y entró en este programa. Ahora trabaja para la autoridad que gestiona el agua de la ciudad y a sus 23 años ya gana 52.000 dólares al año”.

A Barbara la experiencia le ha enseñado que los políticos no siempre son capaces de resolver los problemas y por eso votará por Trump.

¿No le molesta su tono agresivo? “La gente no comprende muy bien el lenguaje de los ejecutivos. A veces el lenguaje de los negocios puede ser un poco cortante pero los negocios son así. Esta noche he percibido que ese lenguaje se ha suavizado. Quien quiera que esté gestionando ahora esta campaña lo está haciendo muy bien. Ahora Trump se centra en los principios que hacen falta para enderezar a esta sociedad y no en proferir insultos o arrojar piedras en todas direcciones. ¡Nadie logra nada por sí solo!”.

Barbara se registró como demócrata en 2008 y votó por Barack Obama dos veces porque su elección le parecía importante para su comunidad. Asegura en cambio que nunca votaría por Hillary Clinton y razona por qué. “Yo experimenté lo peor de los Clinton. No quiero ser injusta con ella y por eso hablaré sólo de Bill. Cuando tuvo aquel problema con Monica Lewinsky, ¿cómo salió del hoyo? Apretó el gatillo contra los pobres. Aprobó una reforma del Estado del Bienestar que hizo mucho daño a los afroamericanos y una legislación que propició que muchos acabaran en prisión y otros con antecedentes que les negaron el acceso a la vivienda o a un seguro médico. Aquello rompió muchas familias y no se me olvida”.


El atractivo del ‘outsider’

A la salida del evento hablo un momento con William, un tipo que asegura que no siempre vota republicano pese a ser “muy conservador”. William dice que el punto débil de Trump es su forma de hablar: “No encuentra las palabras adecuadas. No aplica ningún filtro a lo que piensa. Dice las cosas como las diríamos cualquiera de nosotros”.

Asegura que votará por el candidato porque cree que es capaz de propiciar un cambio necesario y porque no es como los demás. “Uno de los peores problemas de este país son los políticos”, dice. “Demócratas y republicanos tienen buenas ideas pero no son capaces de trabajar juntos y eso es un problema grave”.
A William no le preocupa que Trump haya sido demócrata y recuerda que Clinton fue republicana a mediados de los años 60. “La gente cambia”, dice. “Todos cambiamos. Puede pasar. Uno mira lo que tiene a su alrededor y cambia. Yo soy una persona muy conservadora. Pero eso no significa que quiera un presidente muy conservador. Ahora necesitamos alguien distinto. Candidatos conservadores como Marco Rubio o Ted Cruz eran estrechos de miras. Así no podían ganar. 
Trump es una persona distinta. Ahora mismo es un apestado entre los republicanos y eso le puede ayudar quizá a trabajar con ambos partidos y a hacer lo mejor para todos”.

No es la primera vez que escucho un argumento así entre las personas que llenan los mítines de Trump. Muchas no comparten sus opiniones racistas sobre los hispanos o sobre los musulmanes pero valoran una actitud que perciben como un síntoma de independencia y autenticidad.

Trump no tiene por qué llegar a la Casa Blanca. Por ahora sigue por detrás en los sondeos y lo tiene especialmente difícil por su desventaja en el colegio electoral. Pero si gana en noviembre, su triunfo será el fruto de la percepción de personas como Anthony, Barbara o William. Ninguno de los tres son racistas ni sectarios. Los tres viven en los decisivos suburbios de Filadelfia, están hartos de los políticos y creen que el retorno de los Clinton es más peligroso que Trump. Quedan 53 días para el 8 de noviembre. ¿Aún pueden cambiar de opinión?

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