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Los niños invisibles

Ever, Alejandro y Virgilio, los hermanos Moreno, hacen parte de una familia que va detrás de las cosechas para conseguir su sustento, y los cambios de ciudad hacen casi imposible para ellos permanecer en la escuela y lograr sus metas académicas.
23 Sep 2016 – 10:23 AM EDT

De ciudad en ciudad y de escuela en escuela


Es una mañana de verano común para cualquier estudiante en vacaciones escolares. Muchos aprovechan su tiempo para jugar lejos de los libros y sobre todo para dormir largas horas en la mañana. Pero para Virgilo Moreno, de 14 años, y Alejandro Moreno, de 16, el verano es totalmente diferente. A las 7 de la mañana, todos los días, se preparan para ir a trabajar con su padre y con un grupo de hombres en el campo.


Mi equipo de trabajo y yo somos testigos de cada paso que dan estos jóvenes. Poco después de alistarse emprenden un viaje de casi una hora por carreteras montañosas y cubiertas de neblina. En algún momento se detienen en una tiendita para agarrar algo de comer. Una vez llegan al campo en algún lugar de la ciudad de Hendersonville, en Carolina del Norte, los hermanos Moreno saben perfectamente cuál es su papel.


Inspeccionan algunos chiles dulces de la cosecha de más de tres acres y determinan que aún no piscarán, palabra con la que se refieren entre ellos al proceso de recogida de la siembra. Con escasas palabras por temor a las luces y a la cámara, a las que no están acostumbrados, me dicen que el chile dulce aún esta mojado. Deben esperar unas dos horas, para que no se dañe cuando lo empaquen. Perderían mercancía, tiempo y dinero en un trabajo que, para empezar, no es bien pagado, pero que les permite suplir sus necesidades básicas.

“Desde los siete años consigo para comprar mis ropas y zapatos, para que ya no gasten dinero mi papá y mi mamá”, dice Alejandro, quien suele pasar seis horas, y a veces más, trabajando bajo el sol. Todo depende de la cantidad de mercancía que recojan.


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Los Moreno no son los únicos estudiantes migrantes en el área. Ni los únicos que trabajan. Hay otros, en su mayoría de menos edad, que van al “Boys and Girls Club”, donde además de esparcimiento reciben un importante apoyo académico. Todos lo necesitan.

El maestro Luis Acosta les ayuda para que lleguen al mismo nivel de los otros niños. Para nadie es un secreto que los estudiantes migrantes se resagan en la escuela con respecto a sus demás compañeros. Las familias migrantes permanecen alrededor de tres meses en una ciudad mientras pueden trabajar el campo pero que cuando la cosecha se termina se mudan para otra en busca de nuevas oportunidades de empleo. Esto implica un cambio de escuela constante.


“Yo allá casi no entiendo las materias porque no estoy allí todo el año y no aprendo lo mismo”. Así dice sentirse Virgilio Moreno cada vez que tiene que mudarse de la ciudad de Immokalee, en la Florida, donde pasan unos tres meses recogiendo tomates y otras verduras, a Hendersonville, en Carolina del Norte, donde están ahora mismo.

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El temor de ellos, y de muchos otro jóvenes en su condición, es tener que repetir el curso escolar porque mientras en una ciudad aprenden rigiéndose por un plan académico cuando llegan a otra todo cambia. Pero puede ser aún peor. Ever, la mayor de las hermanas, de 19 años, no se pudo graduar de la secundaria porque le faltaban varios créditos.

“Eran siete créditos en el primer año, y me faltaba la mitad. Para el segundo me faltaban dos. Pero no tenía suficiente tiempo para recuperarlos. Yo sabía que no iba a poder recuperarme”, dice Ever mientras selecciona tomates y los coloca en una caja en la empacadora donde trabaja.

Muchos jóvenes como Ever terminan trabajando en el campo cuando no pueden obtener su diploma de secundaria. Sin embargo, ella no se rinde y dos veces a la semana, con la ayuda de una maestra que le asigna la organización Migrante, de Hendersonville, se prepara para pasar el examen del estado y obtener un diploma que es equivalente al de secundaria. Solo le falta examinarse en dos clases y espera poder obtener en noviembre la certificación que la sacará de la empacadora, donde también trabaja su madre, Surgey Moreno.

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Hoy precisamente Surgey Moreno interrumpe su trabajo porque tiene que inscribir a Virgilio y a Alejandro para el curso escolar. Para eso va a El Centro, una organización que ayuda a las familias migrantes con los trámites de la escuela de sus hijos porque el proceso para ellos es complejo, aún más cuando no hablan inglés.


María Cruz, coordinadora de inscripción de El Centro, ayuda a los padres a cumplir con todos los requisitos para la inscripción (acta de nacimiento, comprobante de domicilio, pago de renta, certificado de vacunas…). Surgey los tiene todos y puede inscribir a sus hijos. No todas las familias lo logran y hay estudiantes que se retrasan aún más.

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Tres semanas después regresamos para grabar a Virgilio y a Alejandro mientras se preparan para dar inicio al curso escolar. Un poco más relajados ante las cámaras me dicen que para ellos la escuela siempre es un reto y este curso escolar tiene muchos, porque cuando se mudan de una ciudad a otra es como empezar desde cero.

Próximamente les diré como se desempeñan los hermanos Moreno en la escuela, las barreras que enfrentan y si tienen ayuda para poder lograr sus metas escolares. Y qué pasa con su trabajo en el campo.


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El primer día de clases


Finalmente llegó el día. Virgilio y Alejandro Moreno tienen los mismos sentimientos encontrados del comienzo de cada curso escolar. La incertidumbre que genera el tenerse que mudar constantemente con sus padres en busca de trabajo en el campo y el retraso que eso supone con respecto a los demás estudiantes en la escuela.

Esta vez comienzan las clases en la ciudad de Hendersonville en Carolina del Norte. Virgilio cursa noveno grado y Alejandro décimo. Hoy tienen clases de matemática, ciencia, historia del mundo e inglés.

A mitad del día tienen una cita con la maestra Areli Perez. Ella es mentora en la secundaria Henderson y se encarga de apoyar a los estudiantes migrantes, para tratar de llenar las lagunas de conocimiento que genera su movilidad. A pesar de la ayuda, Alejandro ya repitió un curso escolar y dice que si esto sucede nuevamente quizás no regrese.


La maestra explica el porqué de estos tropiezos.

“Mientras en Carolina del Norte aprenden a multiplicar en Florida les están enseñando a dividir y ese es un brinco muy difícil del que los niños no se pueden recuperar’.

Hoy es también la primera reunión para los padres en la escuela. El auditorio se llena poco a poco y no abundan los rostros hispanos. Ellos deben escoger entre asistir al evento o poner comida sobre la mesa.

Según nos cuenta Surgey Moreno, la madre de los jóvenes que trabaja en una empacadora, las opciones no son muchas: “No hablo inglés para poder conseguir otro trabajo y tampoco tengo escuela para poder agarrar un mejor empleo”.

Según ella, la falta del idioma le impide también ayudar a sus hijos con las tareas. Sin contar con que en muchas ocasiones tiene que trabajar más de 12 horas y cuando llega al hogar solo le queda tiempo para preparar la cena.


Ever Moreno, su hija mayor, trabaja con ella. La ultima vez que la vimos estaba estudiando para obtener su diploma de secundaria (GED). Tuvo que dejar la escuela al no poder llenar las brechas académicas generadas por el cambio constante de ciudad, pero luego de dos años de preparación recibió una llamada que le cambiará su vida. Pasó el último examen que tenía pendiente y consiguió su acreditación. Es un gran logro. Muchos jóvenes en su situación se salen de la escuela y comienzan a trabajar de lleno en las cosechas.

Ever tiene claro que el estudio es el camino para lograr el éxito. Por eso comenzará a estudiar cosmetología. Este nuevo paso en su vida lo dará cuando su familia se mude de Carolina del Norte a la ciudad de Immokalee, en el estado de Florida, persiguiendo la última cosecha. De esto, y del cambio de programa académico que tendrán Virgilio y Alejandro, hablaremos en nuestro próximo post.

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De regreso a Florida: un nuevo comienzo

Llega la hora de irse para la familia Moreno. Como cada año cuando se termina la cosecha en la ciudad de Hendersonville, en Carolina del Norte, los Moreno viajan a Immokalee en Florida.

Mientras empacan sus pertenencias, Alejandro, uno de los hermanos, comenta que está cansado de cargar todas sus cosas cada tres o cuatro meses para llevarlas de un lugar a otro.

Surgey, la mamá, tiene otra preocupación. A ella le toca reunir todos los papeles necesarios para inscribir en la escuela a Virgilio y Alejandro cuando lleguen a Immokalee. Y teme que al llegar las cosas se compliquen. Algunas amistades le han dicho que este año están pidiendo más requisitos para la matrícula de los estudiantes migrantes.


La más ilusionada con el viaje es Ever, la hermana mayor. Ella espera poder comenzar pronto la escuela de cosmetología después de haber obtenido un título equivalente al de la secundaria.

La familia emprende un viaje por carretera que dura casi 12 horas y al llegar descansan el resto del día.

A la mañana siguiente Ever comienza a realizar las diligencias para la inscripción en la escuela y se tropieza con un obstáculo: los altos precios de la educación. “Hasta ahorita no tengo el dinero para estudiar. Estoy esperando a ver si me pueden ayudar con una beca”.


La ilusión de Ever se empieza a desvanecer. El proceso para conseguir los recursos que necesita para financiar su carrera puede tardar varios meses. Pero ella decide seguir luchando.

Mientras tanto la señora Moreno comienza a hacer los trámites pertinentes para que sus dos hijos no pierdan muchas clases. Y logra conseguir los recibos de la electricidad y el certificado de nacimiento, que eran los documentos que le faltaban.

Pero no podía faltar un imprevisto. “Ahora hay un problema. Me están diciendo que si Alejandro no tiene todos los créditos para el otro año ya no lo quieren en la escuela”, dice. Alejandro ahora está en décimo pero quizás no pueda cursar el once.


Muchos estudiantes migrantes enfrentan situaciones como ésta porque al mudarse de una ciudad a otra el currículo académico cambia y no estudian las mismas materias.

Para Alejandro es un golpe inesperado. Sin poder ir a la escuela, nos dice, su destino sería trabajar en el campo. Además asegura que sus sueños quedarían truncados: “Quería agarrar el diploma para dárselo a mi mama”.

En el próximo artículo veremos si Alejandro Moreno y su hermana pudieron vencer estos obstáculos para continuar su educación.


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Estándares distintos a pesar del Common Core

Sigue la evaluación mes a mes:

El futuro académico de Alejandro Moreno, el mayor de los dos hermanos que asisten a la escuela pública de Immokalee, en Florida, sigue en duda. Surgey Moreno, la madre, nos dijo que la institución donde estudia su hijo le informó que Alejandro no contaba con los créditos suficientes para comenzar el grado 11, el próximo año.

A ella le dijeron que una de las opciones que tiene el estudiante es ingresar a una escuela alterna, donde le podrían ayudar a ponerse a la par con los demás estudiantes de su escuela. Pero la señora Moreno está segura de que esta opción no le resolvería el problema a su hijo.


Los Moreno, como la mayoría de las familias de trabajadores migrantes, viajan de una ciudad a otra durante el año para realizar distintas labores en el campo. Ellos se mueven entre Hendersonville e Immokalee. Esto implica que los hijos tengan que pasar una parte del curso escolar en Carolina del Norte y la otra en Florida. Por eso, para Surgey, el problema académico de sus hijos siempre estaría latente.

Tanto los muchachos como los padres hablan de las diferencias académicas que existen entre los dos estados. Pero esas diferencias no deberían existir. Según Karla Hernández, presidenta de United Teachers of Dade, en Floridad, bajo los estándares académicos conocidos como Common Core los estudiantes deberían tener acceso a los mismos contenidos.


Según ella, la intención del Common Core era exactamente evitar situaciones como la de Alejandro. Los estándares escolares fueron desarrollados para establecer los conocimientos que cada estudiante debería tener en sus asignaturas básicas y deberán ser compatibles en todos los estados (43 estados –incluidos Carolina del Norte y Florida–, el Distrito de Columbia y cuatro territorios han adoptado voluntariamente los estándares.

Pero algunas legislaturas estatales han tomado decisiones que van en contravía de esa intención. “Los estados han tenido la exclusividad de determinar qué libros usan, qué compañías [productoras de esos libros] usan y qué examen utilizan –dice Hernández–, y al hacerlo han quitado muchas propiedades a lo que era el Common Core”.


El resultado es que los estándares de Florida (que tiene sus propios ‘Florida Standars’) son diferentes a los de Carolina del Norte. Por eso Alejandro asegura que para él es muy difícil seguir ciertas materias cuando pasa de un estado a otro. En Carolina del Norte le enseñan cuatro materias. En Florida siete. Por eso en Immokalee le dijeron a Surgey que su hijo no tiene los créditos suficientes y no podría cambiar de curso.

Si eso pasa, las opciones para Alejandro no son muchas. Él nos dice que tiene miedo de quedar en un limbo. Pero lo más seguro es que le toque dedicarse a trabajar tiempo completo al lado de sus padres y ver truncado su camino al éxito.


En el próximo post les contaré como evoluciona su situación y qué pasa con sus hermanos.

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Alejandro enfrenta el reto de pasar al grado once

Para millones de personas, las navidades son un motivo de celebración. Pero la familia Moreno –como muchos otros inmigrantes en Estados Unidos– las vive en medio de la incertidumbre relacionada con el futuro. En este caso, con el desenvolvimiento académico de los hijos. Durante el receso escolar de los días festivos, para ellos hay más preguntas que respuestas.

Virgilio Moreno, el menor de los hermanos, sigue con los problemas académicos porque –debido al cambio de ciudad y de escuela obligado por el oficio de sus padres– no está a la par de sus compañeros de noveno grado. Alejandro, que ahora está en décimo, no sabe si podrá iniciar el grado once, por no tener los créditos requeridos para el cambio de curso.


Aunque en la escuela –Immokalee High– ya les dijeron lo que podría pasar, Surgey Moreno, la mamá de los muchachos, dice que uno de los principales problemas que ha enfrentado es la falta de información oportuna y en su idioma para poder ayudarlos. Surgey no habla inglés.

Otro factor que contribuye poco a solucionar los problemas de sus hijos es que la ciudad de Immokalle, en Florida, carece de servicios especializados para estudiantes migrantes. Tutoría en el hogar, por ejemplo, como la que les ofrecen cuando están en Carolina del Norte.


Los Morenos aseguran que solo les queda esperar y retomar las clases para ver cómo les fue en este corte académico. Saben ya, por experiencia, que sus grados no serán muy buenos. Siempre que cambian de escuela sus grados disminuyen debido a que los contenidos suelen ser diferentes. Pero quieren continuar estudiando. Y la expectativa es muy grande, sobre todo en el caso de Alejandro. Si no logra pasar al grado once, tendrá que dedicarse a trabajar en el campo.

En el próximo post les tendré más detalles.



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Víctimas del bullying


Teníamos que regresar a la casa de familia Moreno en la ciudad de Immokalee, en Florida, para documentar el progreso de los hermanos en la escuela. Sin embargo, algo me decía que algo no estaba bien. Las respuestas a mis llamadas fueron disminuyendo. El progreso que se había logrado en frente de las cámaras con los hermanos estaba retrocediendo. Aun así mi camarógrafo, Martín Guzmán, y yo decidimos ir hasta su residencia. Corríamos el riesgo de que no hubiera nadie pero necesitábamos comprobar que todo estaba bien.


Cuando llegamos nos encontramos con Surgey Moreno, la madre de los chicos, saliendo del hogar. Nos recibió atentamente, como de costumbre, pero se vía un poco apenada. En ese instante corroboré mis sospechas. La señora nos dijo que ya sus hijos no querían continuar con el programa. Es un riesgo que se toma siempre cuando se hace televisión, pero la razón por la que se retiraron era más que entendible.

A la familia la estaban acusando de recibir dinero por su participación en el programa. La madre dice que las acusaciones venían de amigos, de personas que los veían por la calle y hasta de compañeritos de la escuela. Esta situación los estaba afectando porque participaron siempre de manera voluntaria, con el único fin de mostrar, a través de sus historias, las dificultades académicas y personales de familias migrantes como ellos.

Al cerrar el ciclo con la familia Moreno viajamos al oeste del país. Allí conocimos a las gemelas Rosa y Raquel Anguiano. Ellas viven con su madre, Teresa Rodríguez, en la ciudad de Las Cruces, en el estado de Nuevo México. Allí cursan el décimo grado. Como los Moreno, viajan también de un estado al otro en busca de la última cosecha. La madre, sin embargo, tomó una decisión que afecta la economía del hogar pero las beneficia a ellas. Ahora solamente se mudan para trabajar en el campo cuando se terminan las clases.

Lo hizo después de vivir una experiencia amarga. En el noveno grado las hermanas tuvieron que abandonar la escuela antes de que se acabara el curso escolar. Las jóvenes se atrasaron y ahora les cuesta ir a la par con el resto de los alumnos.

Las dos niñas quieren ir a la universidad, y para eso deben mantener buenas calificaciones, cursar todas las materias que exige el currículo académico y tener los conocimientos necesarios para pasar sus exámenes.

En la próxima entrega les contaré de qué recursos disponen para recobrar las clases perdidas y si las gemelas logran superar los obstáculos que han encontrado en su camino.

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