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Allyson Duarte, una dreamer de 25 años.

Podría haber sido una de las mejores jugadoras de fútbol de EEUU. Pero tuvo un problema: era indocumentada

Podría haber sido una de las mejores jugadoras de fútbol de EEUU. Pero tuvo un problema: era indocumentada

Allyson Duarte era buena, se esforzaba mucho y soñaba con jugar fútbol en una de las mejores universidades de Estados Unidos. Pero pronto supo que el talento no significa nada cuando no tienes papeles.

Esta historia, originalmente en The Guardian, forma parte de un proyecto del diario anglosajón que invitó a cuatro dreamers a ser sus editores invitados.

Allyson Duarte, una dreamer de 25 años.
Allyson Duarte, una dreamer de 25 años.

Ella vino a Estados Unidos para encontrar una carrera en el fútbol, pero se dio cuenta de que aquí el talento no significa nada cuando eres indocumentado. Ahora, Allyson Duarte, de 25 años, se encuentra en un aeropuerto llamado Reagan, contemplando una ciudad llamada Washington DC, y se pregunta qué políticos arruinarán su vida.

A través de una ventana gigante en el aeropuerto National Reagan, Duarte puede ver el Capitolio de Estados Unidos brillando bajo los últimos rayos de sol. El día anterior había estado bajo su cúpula con cerca de 1,000 dreamers pidiéndole al Congreso que aprobara un Dream Act que proteja a los graduados de escuela secundaria y universidad sin antecedentes penales y que llegaron siendo niños al país.

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Pero mientras espera un vuelo de regreso a Texas, donde ha vivido desde séptimo grado, le preocupa que las palabras de apoyo de representantes y senadores no sean suficientes, que no se llegue a una solución legislativa para los dreamers y que sea enviada de regreso a México.

Lea esta historia en inglés en The Guardian

¿Qué queda del 'sueño americano'? Alguna vez pensó que lo sabía. Eso fue cuando tenía 13 años y estaba en Veracruz, México, y su único sueño era acceder al sistema de fútbol de Estados Unidos, ir a la universidad y jugar profesionalmente.

Creyó en el 'sueño americano' durante toda la escuela secundaria en McAllen, Texas, donde tuvo un promedio de calificaciones de 3.8 y una capacidad para jugar casi cualquier posición en el terreno. Ella creía que tan solo esas cosas le darían acceso a casi todas las mejores escuelas de fútbol, hasta que se dio cuenta de que los equipos de esas universidades a veces tenían que tomar un avión para ir a jugar contra otros equipos y como ella no tenía identificación del gobierno, no podría subir a los aviones. Si no podía volar, no podría jugar al fútbol en la universidad.

Para cuando Barack Obama creó el programa de Acción Diferida para los Llegados en la Infancia (DACA) en 2012, el cual le permitía obtener un permiso de trabajo (que le permite volar), su oportunidad de jugar fútbol universitario ya había pasado.

"Estuve así de cerca", dice, inclinándose hacia adelante en su asiento, y juntando sus dedos pulgar e índice. " Así fue como comencé a cuestionar la meritocracia y el 'sueño americano'. Tuve que lidiar con el problema de no tener acceso a ese sueño".

Luego se deja caer en la silla, suspira pesadamente y mira en silencio la ciudad que ha reducido a personas como ella a un tema de conversación en la televisión.

Allyson Duarte jugando al futbol.
Allyson Duarte jugando al futbol.

De niña, a Duarte le encantaba el fútbol, lo jugaba todos los días en las calles frente a la casa de sus padres en Veracruz. A ella no le importaba que los otros jugadores fueran todos chicos. Ella podía jugar duro. Podía jugar rápido. Cuando tenía 12 años se unió a un club local de mujeres. Las jugadoras tenían todas 18 años y eran esencialmente adultas. Pero jugar con ellas le hizo darse cuenta de lo buena que podía ser. Estaba convencida de que podía jugar profesionalmente.

Su problema era que Veracruz ofrecía pocas oportunidades en el fútbol para una niña. Si realmente deseaba una carrera en el fútbol, se dio cuenta de que tendría que venir a Estados Unidos, jugar en un gran equipo juvenil, ir a una buena universidad donde los entrenadores profesionales y los cazatalentos la descubrieran.

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Su padre ya estaba en Estados Unidos, pues se había ido cuando ella tenía ocho años para buscar trabajo en McAllen., Texas Ella anhelaba unirse a él. Cuando cumplió 13 años, él hizo los arreglos necesarios para que ella viniera junto con su madre y su hermano, incluyendo el cruce del Río Grande en un bote inflable. Tres días más tarde, ella comenzó el séptimo grado. Solo sabía tres palabras en inglés: 'hello', 'blue' y 'baseball'.

Allyson en la escuela secundaria de McAllen.
Allyson en la escuela secundaria de McAllen.

Se destacó en su nuevo país, y aprendió inglés rápidamente. En cuestión de semanas, entró al equipo de su escuela secundaria y se unió al mejor equipo del club a nivel local. Luego fue a la escuela secundaria de McAllen, una potencia local en fútbol de niñas, donde tuvo muy buen desempeño, alternando entre el mediocampo y la delantera. Se destacó en campo traviesa. Sin embargo, no fue una transición fácil: muchas de las chicas del equipo eran blancas, y tuvo problemas para relacionarse con ellas.

Cuando una compañera de equipo blanca le preguntó sin rodeos en un viaje en autobús: "¿Eres ciudadana?" Ella se quedó congelada y luego respondió: "Soy residente".

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"No quería exponerme", dice ella.

Duarte soportó todo por un propósito. Estaba segura de que estaba haciendo lo correcto para llegar a una de las mejores escuelas de fútbol. Luego, comenzando su segundo año, comenzaron a llegar los entrenadores universitarios. Ell se dio cuenta de que estaban interesados por la forma en que la veían jugar. Pero cuando habló con ellos, sus esperanzas disminuyeron. Le explicaron que sus escuelas no otorgaban becas completas para jugadoras de fútbol femenino. El dinero que podían ofrecer no cubriría su matrícula completa. Ella les dijo que era indocumentada y le dijeron que, dado que a veces tendría que volar, sería difícil ofrecerle una beca a una jugadora que no podía estar en todos los partidos.

"Te necesitan a tiempo completo si te van a reclutar", dice Duarte.

Ella quedó destruida. Cuando terminó su último año, abandonó el fútbol y eliminó su cuenta de Facebook cortando todo contacto con su vida en la escuela secundaria.

"Como no podía jugar fútbol, entré en una profunda depresión", dice. "Así que me fui".

Duarte se inscribió en la única escuela que podía pagar, una universidad comunitaria, South Texas College, que no tenía equipo de fútbol. Dos años más tarde, se transfirió a la Universidad de Texas Rio Grande Valley donde pudo obtener una beca académica. Allí visitó al entrenador de fútbol quien parecía interesado en tenerla en su equipo. Aunque él ya había otorgado sus becas, la invitó a practicar con la esperanza de que pudiera jugar el siguiente año.

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Sin embargo, sus habilidades habían mermado. Esos dos años alejada del juego le habían restado velocidad y agilidad. El entrenador había traído a varias jugadoras de Europa y ella no pudo evitar ver ironía en el hecho de que alguien que nunca antes había vivido en Estados Unidos pudiera tener una oportunidad que ella residente (durante casi 10 años en ese momento) no tenía. Después de unos días, dejó de ir a las prácticas.

Su amor por el fútbol había desaparecido.

"Es extremadamente desgarrador escuchar historias como ésta", dijo recientemente Doug Andreassen, jefe del Grupo Operativo de Diversidad de la Federación de Fútbol de Estados Unidos, sobre la difícil situación de Duarte. " Sucede mucho y no hay nadie que los ayude. No hay nadie en las universidades que los ayude".

Andreassen dice que habla con muchos jugadores jóvenes como Duarte, adolescentes indocumentados con grandes habilidades que han venido a Estados Unidos desde países que juegan fútbol y tienen esperanzas de ir a universidades estadounidenses. Él trata de ser honesto cuando se reúne con ellos, y les explica que su estado migratorio puede ser un impedimento, aunque decirles puede ser difícil.

"No quiero destruir sus sueños, pero tengo que ser realista", dice. "No quiero ponerlos en el camino a la decepción más adelante".

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Él desea desesperadamente que el sistema cambie.

Duarte también lo desea, aunque tiene una nueva pasión. Los filósofos la emocionan tanto como la emocionaba el fútbol. Le encantan los escritos de John Rawls, Gloria Evangelina Anzaldúa y Enrique Domingo Dussel –personas que desafiaron las ideas de justicia, clasismo e imperialismo–. Descubrió que su sueño había cambiado. Quiere ir a una universidad donde pueda desarrollar sus creencias. Ha elegido las dos escuelas que más desea: la Universidad Estatal de Pensilvania y el Centro de Graduados de la Universidad de la Ciudad de Nueva York.

Pero una vez más se ve reprimida, esta vez porque su permiso de trabajo vence el próximo otoño. Si Donald Trump se sale con la suya y DACA se cancela, le preocupa que la envíen de vuelta a México y no pueda completar su programa de posgrado. Esta realidad la ha convertido en una activista, una dreamer decidida a no perder dos sueños antes de cumplir 26 años.

"Debería estar en el equipo nacional mexicano ahora", dice. "Pero una de las cosas que he aprendido es que hay que disfrutar el momento. No se pueden poner todas las esperanzas en una sola cosa. Hay que seguir avanzando".

Ella observa una vez más al Capitolio, ahora de un blanco resplandeciente en la tarde que ya se desvanece. En el fondo, el megáfono del aeropuerto anuncia los cambios de puertas y los tiempos de embarque. Ella parece no escuchar. Solo mira a través del cristal y se pregunta si los legisladores en el Congreso entienden lo que ella ya perdió y qué más tiene que perder. Y una pregunta más importante podría ser: ¿les importa el sueño americano'?

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Sea lo que sea ese sueño.

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