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Estos son los lugares donde más sufren los niños en EEUU

Un estudio identificó las causas de las principales experiencias traumáticas infantiles, estado por estado.
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Tras el último tiroteo en la escuela de Parkland, Florida, los jóvenes sobrevivientes han debido someterse a una rutina que se ha vuelto poco menos que familiar en EEUU: equipos de consejeros de crisis acudieron al lugar, se realizaron funerales y vigilias, al tiempo que funcionarios locales debatieron, una vez más, qué hacer con las secuelas físicas de la masacre. Las autoridades tuvieron que inspeccionar los edificios de la escuela y decidir cuándo (y si) el campus reabriría para las clases. No obstante, el daño psicológico puede ser más difícil de evaluar.

Entre los chicos expuestos a la violencia traumática, los síntomas a corto plazo –inmediatamente después de tales incidentes– incluyen problemas de concentración, de control de las emociones y de establecimiento de relaciones. Los efectos de los traumas de la infancia se verifican más tarde en la vida: como adultos, los niños que fueron testigos de algún acto violento serán más propensos a sufrir de depresión, adicción y obesidad.

Los tiroteos en las escuelas de Estados Unidos son, en términos comparativos, una rara forma de trauma infantil, aunque hoy sean cada vez más comunes. Sin embargo, muchas otras experiencias pueden causar daños psicológicos duraderos, tales como el encarcelamiento de los padres o los problemas económicos, son bastante frecuentes. De hecho, un nuevo informe de Child Trends, una organización sin fines de lucro encargada de desarrollar investigaciones para el mejoramiento de la vida infantil, sostiene que casi la mitad de los niños estadounidenses han experimentado al menos un “hecho adverso potencialmente traumático”, o ACE (por sus siglas en inglés).

En el informe The Prevalence of Adverse Childhood Experiences, Nationally, by State, and by Race or Ethnicity , los autores Vanessa Sacks y David Murphey emplearon datos de la Encuesta Nacional de Salud Infantil con el fin de determinar qué niños menores de 17 años tienen más chances de experimentar un trauma y dónde suelen residir estos infantes.

El análisis se basó en ocho ACEs:

● El divorcio o la separación de los padres.
● La muerte de los padres.
● La reclusión de los padres.
● La violencia entre adultos en el hogar.
● Ser víctima o testigo de violencia en el barrio.
● La convivencia con un adulto con una enfermedad mental.
● La convivencia con alguien que sea adicto a las drogas.
● Atravesar dificultades económicas como puede ser que la familia no tenga con qué pagar la renta o la comida.

Naturalmente, estos no son los únicos ACEs, acota Sacks, y estos varían con el tiempo y conforme los estudiosos van comprendiendo mejor el origen y la cualidad del trauma. Por ejemplo, experimentar violencia en el barrio y la falta de hogar no solía tenerse en cuenta como ACEs; pero sí lo son ahora. Algunos investigadores abogan por que el racismo sea incluido también. Pero hay algo claro: mientras más ACEs atraviese un niño, mayor será la probabilidad de que padezca los efectos a futuro.


Los ACEs más prevalentes en los niños de Estados Unidos son la adversidad económica y el divorcio o la separación de sus padres o tutores. A nivel nacional, 1 de cada 10 niños ha experimentado 3 ó 4 de ellos. Maryland, Massachusetts y Minnesota arrojaron la mayor cantidad de niños sin ACEs, si bien en Arizona, Arkansas, Montana, Nuevo México y Ohio uno de cada 7 niños había experimentado tres o más ACEs. Arkansas, por su parte, tuvo la mayor cifra de ACEs, con un 56% de sus niños habiendo vivenciado alguno, y Minnesota, en el lado más positivo, exhibió un 37%, que aún representa más de un tercio de la cantidad de niños del estado.

Mientras para Sacks es difícil descifrar qué provoca tan marcadas diferencias entre los estados, hay un factor clave: algunos de los estados con el mayor porcentaje de ACEs son también los más afectados por la pobreza infantil. Y aunque los investigadores no se enfocaron en las diferencias entre los niños del campo y la ciudad, la Encuesta Nacional de la Salud Infantil de 2011-2012 encontró que los niños de las áreas rurales eran más proclives a experimentar ACEs que los urbanos. Esto se debe, en parte, al hecho de que aquellos son más propensos a vivir en la pobreza que sus homólogos de la ciudad.

La raza es otro indicador fuerte para saber si un chico tiene chances de experimentar ACEs. “En casi cada grupo de estados examinados, así como nacionalmente, los niños asiáticos y blancos registraban los índices más bajos de ACEs, mientras que los de raza negra y los hispanos tendían a tener los más altos”, afirmó Sacks. En cifras, esto se traduce en que 61% de los niños afroestadounidenses, 51% de los latinos, 40% de los niños blancos y 23% de los asiáticos pasaron alguna vez por una experiencia adversa.

Este mapa muestra los porcentajes de niños sin experiencias traumáticas (ACE). Las regiones mejor evaluadas para los hispanos son la Costa Oeste, la Zona Central Noreste y la Zona Central Sudeste.

Después de los detonantes antes mencionados, es decir, la adversidad económica y el divorcio o la separación de los padres, los niños blancos tienen más probabilidades de convivir con un adulto en casa que abuse de las drogas o con una enfermedad mental, al tiempo que los niños negros tienen en el arresto de sus padres el próximo ACE más común. Los niños afroestadounidenses, del mismo, son los más golpeados por la muerte de un padre o tutor. Y en el caso de los hispanos, el próximo detonante de traumas potenciales es la coexistencia con un adulto que consuma sustancias prohibidas y, a la vez, tener un padre o una madre presos.

La más reciente Encuesta de Salud Infantil fue llevada a cabo en 2011-12, pero las estadísticas de ACE han permanecido bastante inalterables. “Esto es aleccionador”, señaló Sacks. “La cantidad constante de niños con tres o más ACEs es algo particularmente angustiante, porque sabemos el cúmulo de consecuencias negativas asociadas a haber tenido múltiples experiencias”.

Para abordar mejor el aspecto desalentador del fenómeno, la Academia Norteamericana de Pediatría ha solicitado a sus especialistas que localicen en sus pacientes más jóvenes experiencias potencialmente traumáticas, incluso a que publiquen guías sobre cómo hacerlo. El examen puede consistir en buscar síntomas de estrés, como pesadillas o pensamientos recurrentes, o reconstruir el trauma a través del juego. Los niños pueden, a su vez, notarse retraídos o preocupados. “Los maestros les dirán entonces a los padres que su hijo parece estar aturdido en el aula”, refirió a NPR Hilit Kletter, psicóloga infantil de la Universidad de Stanford.

Este mapa muestra el porcentaje de niños con dos o más ACE o experiencias traumáticas. La zona de Nueva Inglaterra es donde más hispanos están afectados (un 30%).

Pediatras, trabajadores sociales u otros profesionales que trabajan con los niños pueden entonces remitir a esas familias identificadas como víctimas de ACEs a los servicios correspondientes, tales como la asesoría a padres que padecen de enfermedades mentales o la oficina pertinente en que solicitar asistencia alimentaria. Pero existe otro medio de ayuda quizás más directo: si un niño cuenta solo con un adulto con el que ser empático y en quien confía, la investigación muestra que la relación puede amortiguar los efectos del trauma.

Interrumpir el ciclo de los ACEs es clave. Cuando un padre ha pasado por varios ACEs, es probable que su hijo pase por lo mismo: a menudo se heredan los traumas, como la depresión o el abuso de drogas. Hay estudios que indican que cuando una mujer experimenta estrés tóxico durante el embarazo, este actúa como una suerte de ACE prenatal, interfiriendo en el desarrollo fetal y afectando negativamente otros estadios de la vida futura, tales como el nivel educativo y los ingresos. “Cuando los pediatras están evaluando al niño”, indicó Sacks, “en realidad están examinando el hogar”.

La mayoría de los pediatras no rastrean, por lo regular, ACEs. Sin embargo, Sacks es optimista, al tiempo que legisladores –ya sea a nivel del estado, del condado o la ciudad- reclaman cada vez más conciencia sobre el trauma a temprana edad. Y hasta 2017, 20 estados habían aprobado o tenían legislación pendiente que mencionaba directamente los ACEs, incluyendo proyectos de ley separando fondos para la investigación y la prevención de problemas sociales como la adicción a los opioides. “Hay una creciente conciencia de que estas experiencias son un problema de salud realmente importante”, resaltó Sacks.

A medida que los potenciales efectos de política de Parkland continúan, la atención que se le presta a los ACEs sugiere que los efectos a largo plazo del trauma infantil, tanto de incidentes horrendos como los tiroteos escolares, como de la exposición crónica a la pobreza, el hambre, y la falta de hogar, necesitan ponerse sobre la mesa.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.