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CityLab Política

Una forma para que los estadounidenses recuperen la confianza entre ellos: trabajar como comunidades locales

Pese a la creciente polarización política a escala nacional, las instituciones locales todavía se mantienen firmes.
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26 Dic 2017 – 4:10 PM EST

En la era Trump, Estados Unidos afronta un serio problema de desconfianza. La fe en nuestras instituciones registra un mínimo histórico, mientras se ha disparado la polarización política. Toda esta tensión social puede sentirse como efecto directo del gobierno de Donald Trump: a un año de su elección, el inquilino de la Casa Blanca ha usado prácticamente todo, desde monumentos de la Guerra Civil hasta protestas de jugadores de la NFL, para ensanchar las divisiones entre los norteamericanos.

Sin embargo, esta situación no tiene su raíz en lo que pasa hoy, sino que es parte de una tendencia de los últimos 40 años. En estas cuatro décadas, la confianza pública en líderes políticos, medios de comunicación, el mundo empresarial e incluso en las otras personas ha ido en declive. De acuerdo con el Proyecto Capital Social del Comité Económico Conjunto, la confianza en que el gobierno federal “hace lo que corresponde” bajó de un 53% en 1972 a un 22% en la actualidad. Con respecto a los medios de comunicación, esta disminuyó de un 68% a un 32% en el mismo periodo. La confianza entre las personas también descendió: el porcentaje de adultos que opina que “se puede confiar en los demás” pasó de un 46% a un 31%.

Naturalmente, es importante restablecer esa confianza: este el cimiento sobre el cual descansa el funcionamiento de las instituciones, las que a su vez operan pautando lo que deben hacer las sociedades y las entidades que las gobiernan. Cuando perdemos la fe en las instituciones, se hace difícil ayudar a los individuos y las comunidades a adaptarse a un mundo que cambia a gran velocidad. Y este círculo vicioso solo continúa erosionando la propia confianza.

Hay, sin embargo, algunos pequeños detalles que dan algo de optimismo. El único lugar donde la confianza ha permanecido aceptablemente alta es al interior de las comunidades locales. De hecho, las expectativas positivas en relación con los gobiernos locales han aumentado durante las últimas décadas, y los estadounidenses siguen muy satisfechos con sus amistades y sus vínculos sociales.


¿Por qué sucede esto? Lo que pasa es que la pertenencia a un lugar puede ser más fuerte que las diferencias políticas y disminuir la polarización a nivel de discusión local. Una y otra vez, los estadounidenses han venido optando por comunidades que reflejan sus preferencias culturales e ideológicas. Es más probable que desarrollemos mayor afinidad por aquellas instituciones y líderes cuya influencia nos es más cercana.

Pero incluso haciendo esta salvedad geográfica, las divisiones económicas y sociales significativas siguen existiendo dentro de las ciudades y regiones. Entre 2010 y 2015, solo ocho de las principales 100 áreas metropolitanas del país tuvieron éxito en lograr un crecimiento inclusivo, es decir, añadieron empleos, aumentaron la productividad y los salarios medios, y redujeron las tasas de pobreza entre blancos y minorías. Y si bien el país, en términos raciales y étnicos, es hoy más diverso, la raza y la clase todavía funcionan como obstáculos poderosos que perpetúan la discriminación en los vecindarios y las escuelas.


Estas disparidades motivaron que el Laboratorio de Desarrollo Económico Inclusivo, afiliado a la Institución Brookings, tratara de resolver los desafíos económicos y sociales. Yo mismo hice parte de un equipo de trabajo que colaboró con grupos de desarrollo económico en Indianápolis, Nashville, y San Diego. Reflexionando sobre esa experiencia, advertí al menos dos razones por las cuales los grupos de liderazgo empresarial –y el sector privado en general– tienen un importante papel en potenciar tanto el crecimiento inclusivo como la cohesión social que deriva en confianza.

En primer lugar, en medio del galopante escepticismo acerca de la prosperidad económica que el capitalismo moderno puede brindar, corresponde a los grupos de liderazgo empresarial reconocer las desigualdades que pueda haber en sus regiones. Si bien parece simple, realizarlo es un importante paso para conservar (o restablecer) la confianza en otras partes interesadas que han tratado de eliminar las inequidades sociales por décadas.


En segundo lugar, solucionar el problema requerirá la intervención de coaliciones regionales con los recursos suficientes para estimular la creación de empleos, la capacitación de los trabajadores en lo concerniente a las habilidades que necesitan y la garantía de que todas las comunidades tengan acceso a verdaderas oportunidades. El sector privado, de manera fundamental, está llamado a sumarse a ese esfuerzo, pero ganarlo para tal cometido ha de requerir un cambio en la narrativa regional que reestructure este desafío. Los grupos de desarrollo económico regional y las cámaras de comercio tienen una posición privilegiada para ello, utilizando su plataforma de liderazgo, la aceptación del sector privado, y la capacidad investigativa a fin de establecer por qué la exclusión económica es tanto un retroceso moral como una tara para el crecimiento y las oportunidades.

Por ejemplo, el rápido ascenso de Nashville como la última ciudad de moda ha dado pie a que líderes empresariales afirmen que el crecimiento económico continuo no es sostenible sin mejorar las oportunidades para todos. Sus homólogos de San Diego están advirtiendo que las desigualdades en las habilidades raciales y la crisis de asequibilidad de la vivienda inhiben la innovación empresarial local, algo que fue una ventaja de esa localidad por mucho tiempo. Y en Indianápolis, la organización gremial Indy Chamber ha identificado ciertas trabas comunitarias al empleo que disminuyen el potencial de trabajadores y empresas, desde habilidades o capacidades deficientes, hasta los antecedentes penales y el acceso al transporte.

Valiéndose de estas narrativas y basándose sobre todo en datos, los grupos de liderazgo empresarial en estas regiones –cuyas juntas y membresía están, típicamente, compuestas de hombres, blancos y conservadores– han sido cautelosamente recibidos por activistas y organizaciones vecinales que, históricamente, han buscado vías de solución a las desigualdades de todo tipo.

Juntos, estos grupos pudieran configurar poderosas coaliciones locales para crear crecimiento para todos. La configuración de este tipo de organizaciones también puede ser un síntoma inequívoco de comunidad saludable y de fiar. En Cleveland, Ohio, la agrupación Fund for Our Economic Future unió a negocios, filántropos y el gobierno para crear empleos, desarrollo de fuerza laboral y planificación urbana en esa región. “La colaboración se mueve al compás de la confianza”, dijo su exdirector de compromiso regional, Chris Thompson, al reflexionar al respecto de esta labor.

Lo cierto es que la gente desconfía mucho de Washington. Francamente, ni Washington tiene fe en Washington. Y conforme entramos en el segundo año de la presidencia de Trump, es difícil imaginar cómo podríamos revertir este patrón. De momento, para superar nuestra crisis de confianza nacional, quizás deberíamos atacar primero el problema desde abajo.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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