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Cómo los tiroteos masivos podrían cambiar los espacios públicos de Estados Unidos

Sin una reforma significativa a las leyes de armas de fuego, no es difícil imaginar que los llamados “terceros espacios” se vuelvan cada vez más rigurosos, cerrados y vigilados.
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16 Jun 2016 – 11:38 AM EDT

Caminando por la estación Union de Washington DC tarde en la noche de ayer, me sorprendí a mí misma preguntándome distraídamente donde sería el mejor lugar para esconderme si alguien comenzara a disparar.

Al igual que muchos de nosotros, yo había estado de luto por la tragedia en Orlando, donde, en un club gay durante las primeras horas del domingo, ocurrió la peor masacre con armas de fuego en la historia de Estados Unidos. Pensando en el horror que experimentaron aquellos que se encontraban dentro del club, me avergoncé de encontrarme considerando una hipotética pregunta de autoconservación.

Pero tengo la impresión de que no es un pensamiento poco común. Una encuesta realizada en el año 2015 por el New York Times recibió más de 5,000 respuestas de lectores que describían haber considerado la amenaza de un ataque masivo y violento "mientras estaban en el metro, en el cine, mientras dejaban a sus hijos en la escuela o asistían a servicios religiosos." Desde la masacre de Orlando, abundan los artículos que explican " cómo sobrevivir un ataque terrorista".

Los tipos de entorno que provocan estas preguntas temerosas tienden a ser lugares públicos (o por lo menos públicamente accesibles) urbanos, diseñados para que grupos de personas se reúnan, aprendan, jueguen, se muevan, y conversen. No son ni el hogar ni el trabajo, son los " terceros espacios", como son conocidos en la jerga de planificación urbana. Estamos hablando de restaurantes, cines, parques, cafés, lugares intermedios en nuestra vida diaria.

No todos los actos masivos de asesinato y terror ocurren dentro de terceros espacios, pero muchos sí. En París, ocurrieron en cafeterías y restaurantes en la acera y en una sala de conciertos . En Bruselas, ocurrieron en el aeropuerto y en una estación de metro. En Aurora, en una sala de cine. En Charleston, en una iglesia. En un campus universitario en Oregon, en una escuela primaria en Newtown.

En Orlando, fue en Pulse, una popular discoteca gay. En las primeras horas de la mañana del domingo, en un ataque homófobo y dirigido, el asesino entró al club y asesinó a tiros a 49 personas en el transcurso de tres horas.

Mucho se ha dicho sobre el insulto específico del sitio escogido para el ataque en Orlando, dada la condición de Pulse de santuario de aceptación para la comunidad LGBT local. Los bares gay juegan este papel en todo el país. De esa forma, son los terceros espacios por excelencia.

En términos generales, cuando son verdaderamente accesibles, los terceros espacios les permiten a todos beneficiarse de algunas de las mejores características de la vida urbana. Cafés, iglesias, aceras, bares, cines, parques infantiles, parques y clubes son donde las interacciones al azar, el juego creativo, el pluralismo y la tolerancia que definen la urbanidad ocurren y se forman. Los terceros espacios son abiertos y suaves, adaptables a aquellos que los utilizan.

Mientras se despliegan los nombres de las víctimas, surgen preguntas sobre la seguridad del espacio físico de Pulse. Algunos se preguntan si una mayor seguridad en el sitio, con detectores de metales, cacheos y guardias habría impedido el ataque. Algunos defensores de los derechos a poseer armas de fuego argumentan que si el Pulse no hubiera tenido una "zona libre de armas" bajo la ley de Florida, y si se les hubiera permitido a otros ciudadanos estar armados dentro del club, tal vez el número de muertos no habría sido tan alto.

Éstas no son preguntas nuevas. La arquitectura de otros tipos de espacios cuasi-públicos ha respondido a los ataques violentos, o al menos a lo que perciben como amenaza. Como escribió recientemente la investigadora del MIT Susan Silberberg, las barreras Nueva Jersey, los bolardos, los circuitos cerrados de televisión, y las áreas restringidas han transformado los espacios urbanos desde los ataques del 11 de septiembre, especialmente en las zonas públicas fuera de los edificios federales y distritos financieros. Desde la matanza de Newtown en 2012, una serie de diseños de seguridad para las escuelas han sido planeados e incluso implementados. Estos incluyen barricadas para puertas, mochilas a prueba de balas y pizarras a prueba de balas. Los detectores de metales y el personal reforzado de seguridad son ahora lo normal en muchos estadios deportivos y recintos de conciertos.

Estas medidas parecen haber llegado para quedarse, pero ¿son realmente eficaces? En algunos casos, la protección específica puede ser necesaria, como resultado de una pauta federal o una evaluación de seguridad profesional. Algunos de los principios de diseño de seguridad, como líneas de visión despejadas pueden disminuir el crimen. Pero la investigación de Silberberg indica que esta énfasis en la seguridad a menudo tiene éxito más en explotar nuestros miedos, amplificar nuestra ansiedad, e incluso mermar nuestros derechos de acceso a los espacios públicos. También escribió lo siguiente: "Esta sensación de vulnerabilidad provoca el aumento de las medidas de seguridad, creando un círculo vicioso en el que más siempre se considera mejor”, sea esto realmente cierto o a no.

A medida que los tiroteos masivos se convierten en algo constante en el modo de vida estadounidense, no me es difícil imaginar que nuevos tipos de terceros espacios se someten a esa sensación de vulnerabilidad, respondiendo a ese pensamiento que tuve en la estación de tren. Imagino más policías, más barreras, más cámaras, más regulaciones, muros más altos y más pesados alrededor de parques, plazas, parques infantiles, piscinas, cafeterías populares y salas de cine. No es difícil imaginar cómo determinados terceros espacios se vuelven más rígidos, más cerrados y vigilados, en otras palabras, ya no tan públicos, ni accesibles, ni fluidos.

¿Qué significaría todo esto para las ciudades estadounidenses, para una sociedad plural? ¿Qué pasaría con esa energía especial y creativa por la cual Jane Jacobs elogió los espacios públicos? ¿Dónde tendrán lugar nuestras protestas, desfiles, festivales, conmemoraciones y marchas?

Éste es el momento en que más necesitamos esos terceros espacios. Pensemos en los actos de desafío al terrorismo que protagonizaron los parisinos a finales del año pasado al salir a cenar fuera. Pensemos en las vigilias, e incluso en las marchas del orgullo LGBT, celebradas en parques públicos, calles y plazas de todo el mundo esta semana. Pensemos en todos los familiares y amigos de las víctimas de Orlando, que buscan consuelo en sus iglesias, bares, bibliotecas y escuelas.

Siento temor de nuestros terceros espacios, pero no porque hayan sido sitios de horror. Siento temor de los terceros espacios porque, especialmente dada la continua ausencia de una significativa reforma a las leyes de armas de fuego, borrar lo mejor de ellos parece una reacción razonable.


Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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