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Mocoa: la ciudad que está cambiando la guerra por el turismo

En esta región selvática de Colombia los ex guerrilleros incluso podrían encontrar nuevos empleos, gracias a los viajeros.
1 Abr 2016 – 05:46 PM EDT
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Las áreas que rodean Moncoa sorprenden por su selva y sus cascadas. Crédito: Andrea Aguilar

Putumayo queda tan dentro de la selva que el biólogo José Antonio Castro le llama a esta región “el lugar donde se hacen las nubes”. A pesar de que Mocoa, la capital del departamento, está a una hora en avión desde Bogotá, por décadas ésta estuvo aislada por la guerra y por las malas vías de comunicación. El lugar fue testigo de numerosas masacres de los paramilitares y hostigamientos por la guerrilla.

Pero todo está cambiando con el proceso de paz con las de las Farc y el que acaba de iniciar con el ELN —la segunda agrupación guerrillera del país— esta semana. Y Moncoa está mutando: de vivir del narcotráfico durante la guerra, ahora ha encontrado en el turismo una nueva fuente de ingresos.

En realidad, todo comenzó con la desmovilización de los paramilitares en 2003, pero no ha sido sino hasta en los últimos tres años que la zona ha dejado de ser un referente del conflicto y se ha transformado en un foco de turismo por su enorme biodiversidad, su riqueza hídrica y ecosistemas nativos. Tiene el único santuario de plantas tradicionales del país y dos de los parques nacionales más importantes, La Paya y Serranía de los Churumbelos.

Castro, que aparte de ser biólogo es el alcalde de Mocoa, afirma que la ciudad está ubicada en un punto estratégico, porque es una puerta de entrada a la Amazonía. Desde que comenzó 2016, más de diez mil viajeros han llegado a esta zona a la que durante el conflicto llegaba menos de la mitad. “Estamos haciendo reestructuraciones para que el plan de desarrollo para incluir más proyectos de ecoturismo, fortalecer la infraestructura, y la conectividad”, afirmó a CityLab.

Por ahora sólo hay dos vuelos diarios que llegan desde Bogotá a los aeropuertos de Villa Garzón y Puerto Asís, dos municipios de la zona, lo que hace difícil llegar. Una sóla aerolínea sirve al área. Pero, a esta escasez de transporte, se suma otro problema: por lo general, una de las dos terminales aéreas suele estar cerrada por mal tiempo.

A pesar de esto, una vez que se llega a Mocoa rápidamente es posible ver que el viaje vale la pena. La selva se huele y se admira. Ahí, los ríos y la vegetación se conservan intactos. Uno de los principales atractivos es el llamado ‘Fin del Mundo’, un complejo hídrico que de apocalíptico sólo tiene el vértigo de la caída de su afluente más potente, una cascada de setenta metros de altura a la que se llega luego de hora y media de caminata ecológica. En su parte más alta se convierte en un mirador perfecto para ver el casco urbano de la ciudad y la serranía del Churumbelo.

En búsqueda de este lugar llegan tres mil visitantes al año. Un 5% son extranjeros provenientes de países del sur del continente como Chile, Uruguay, Argentina y Perú. Sin embargo, también es frecuente la visita de turistas franceses, españoles, estadounidenses y alemanes, así como de viajeros nacionales que le han perdido el miedo a recorrer las zonas antes controladas por los grupos armados. Pero este aumento de turistas sería sólo el comienzo: cuando se firme la paz definitiva con las dos guerrillas esta cifra debería aumentar muchísimo más.

Juan Pablo Ramírez, gerente de Ecoturismo Putumayo, afirma que hace cuatros años no se escuchaban de excursiones a estos sitios, pero ahora la llegada de extranjeros y nacionales es masiva. “En un fin de semana normal llegan hasta 300 turistas, pero cuando es temporada alta, por ejemplo entre diciembre y enero, esos 300 visitantes llegan a diario ”. Sin embargo, las autoridades de Mocoa y los expertos ambientalistas aseguran que a esta ciudad de un poco más de 42 mil habitantes, de los cuales ocho mil viven en zonas rurales, aún le falta desarrollar mayor infraestructura para enfrentar el boom de viajeros y generar políticas públicas para preservar los recursos naturales.

“Debemos proteger nuestros sitios turísticos, reforestarlos, conservar los ríos. Aquí tenemos el nacimiento del principal afluente de la cuenca del Amazonas que es el río Putumayo, que muere en el Brasil. Por eso se debe invertir para acoger a los turistas, pero hacerlo de forma sostenible”, asegura Sorrel Aroca, gobernadora de Putumayo.

Anteriormente, la zona había dependido de la minería, pero el fin de hostilidades de los grupos armados se ha aprovechado para potenciar la industria turística. Una de las pequeñas empresas que está funcionando en la zona es la posada ecoturística Dantayaco, donde se ofrecen guías para la larga caminata que lleva a la cima de la montaña. Angélica Huasca, la emprendedora a cargo de este negocio, sufrió por la guerrilla por más de dos décadas. El conflicto la obligó a escapar de la región, pero la paz le permitió volver y en 2013 decidió creó este hostal, que se ha convertido en un referente de la región.

Huasca explica que poco a poco la ciudad ha ido saneándose. En un comienzo, nadie llegaba, por temor a las protestas armadas y a los secuestros. “Al principio la gente venía con miedo por la imagen que se pinta en los medios de comunicación, pero ahora ellos vienen y se dan cuenta de que no es así”, dice. “El Putumayo tiene mucho que ofrecer: naturaleza, cascadas, senderos, cavernas, fauna y flora”.

Andrea Valente, un italiano que se hospeda en Dantayaco y que ya había venido a Colombia en 2008, afirma que ve un cambio positivo en materia de seguridad. “Yo tenía la impresión de que había lugares a los que era mejor no ir, ahora es diferente”, dice.

A la zona también están llegando muchos turistas atraídos por los alucinógenos que se cultivan en el área. Desde la pacificación, los etnoturistas han aumentado en un 50%, principalmente debido a que esta es la llamada “ruta del yagé y de la ayahuasca”, hierbas que los indígenas utilizaban por sus efectos psicotrópicos. “Al turista lo atrae poder conocer esa planta misteriosa y cómo nos abre un mundo de posibilidades hacia nuestro interior”, dice Aroca.

Otro emprendimiento es Paway, un centro ecoturístico amazónico que atrae a miles de turistas con su fauna, el senderismo y las cabañas. Una casa en un árbol es la habitación preferida entre los viajeros, por su ubicación sobre una ceiba de 25 metros de altura, lo que da una vista privilegiada. Antes, en ese paisaje, las guerrillas hacían de las suyas. “Hablamos de turismo en paz como un tipo de negocio en donde todos tengan cabida: los indígenas, los transportadores, los desmovilizados de grupos armados”, afirma Mildred Ortiz, directora del lugar.

De hecho, en este nuevo negocio los ex combatientes tienen mucho que aportar, dice esta empresaria local. Ellos tienen conocimientos empíricos de la selva, algo que en la fase de posconflicto que se aproxima podría ser muy útil para el turismo, y, a la vez, una forma de reintegrarlos a la sociedad civil. “Esa gente que ha estado allá décadas conoce a la perfección el territorio, camina sin dejar rastros, convive con animales, sabe cómo ocultarse en la selva. Son cosas que le encantan a los turistas”, concluye Mildred Ortiz.


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