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Niza y el enemigo invisible

A falta de saber el motivo que llevó a Mohamed Lahouaiej Bouhlel a perpetrar el ataque de Niza, el investigador Hervé Do Alto analiza desde la ciudad francesa las implicaciones del atropello que dejó al menos 84 muertos.
Opinión
Investigador en Ciencias Políticas en la Universidad de Niza.
2016-07-15T18:53:07-04:00

Y fue así como llegó el horror a las puertas de mi casa. Para decirles la verdad, como mucha gente que vive en la provincia –término un tanto despectivo que remite al conjunto del territorio francés que no sea París y sus alrededores–, pensaba que los ataques terroristas eran una preocupación principalmente para quien vive en la capital. Ayer, esa certidumbre estalló frente a la triste y dura realidad: 84 personas de varias nacionalidades y creencias, entre ellos una decena de niños, murieron por culpa de un loco, en el Paseo de los Ingleses, el “Malecón” de la ciudad de Niza, al sudeste de Francia, a unos pocos kilómetros de Italia.

Digo “loco” y no “terrorista” porque no existe ninguna prueba de que el autor de la carnicería de anoche tuviera algo que ver con las redes criminales vinculadas a Al-Qaeda o al Estado Islámico. Hasta ahora, más bien, todo apunta lo contrario. Pero uno fácilmente puedo creerlo, ya que Niza, capital del verano, también se volvió conocida últimamente como un nido propicio al reclutamiento de futuros yihadistas dispuestos a irse a Siria o Irak.

Asimismo, según el Ministerio del Interior francés, se estima que hay un 10% de franceses originarios del departamento de los Alpes-Marítimos (cuya capital es Niza) que, cada año, van sumándose a las filas de las redes terroristas que prosperan en Medio Oriente.


Detrás del imaginario “glamour” con el que se suele asociar la capital de la Costa Azul, Niza es en realidad una de las ciudades más desiguales de la región. Si uno se arriesga a ir más allá de la Niza de postal que muchos conocen y evita los barrios acomodados ubicados en las lomas que dominan el panorama local, se dará cuenta de que existe, en los barrios más alejados como L’Ariane, Les Moulins o Bon Voyage, un caldo de cultivo donde se van mezclando situaciones económicas precarias y discriminaciones de corte étnico-racial, tanto en el acceso al trabajo como a los lugares de ocio, donde la mayoría de los pobladores son originarios de países del Magreb o el África subsahariana.

Hasta ahora, las tensiones sociales generadas por esta situación han sido manejadas por las distintas autoridades municipales, todas sólidamente ancladas a la derecha desde los años 40, con un intenso recurso a métodos clientelistas basados en la cooptación de las elites barriales. Pero esta estrategia se vio cada vez más limitada por la saturación del discurso racista en el espacio público, cuya traducción político-electoral, hasta hace unos pocos años, hizo de Niza la capital de las derechas reconocida como tal en el resto del país.

Aquí siempre prosperó un importante voto conservador, hoy día capitalizado por Les Républicains (el partido del expresidente Nicolás Sarkozy) y nunca dejaron de crecer los votos a favor del xenófobo Frente Nacional (FN) de Marine Le Pen. Bajo presión, la derecha conservadora fue asumiendo un discurso cada vez más hostil a los “extranjeros” –la figura del “enemigo interno”, otrora atribuida a los judíos o a los comunistas, siendo ahora asociada a los musulmanes y a todos los árabes y negros en general. Una tendencia que, lejos de limitarse a Niza, también se constata en Francia como en el resto de Europa.


Eso permite entender el porqué de una extraña paradoja: mientras que el ultraderechista Anders Behring Breivik fue ampliamente visto como un esquizofrénico cuando mató en 2011 a 77 jóvenes socialistas en la Isla de Utoya, cerca de Oslo, a Mohamed Lahouaiej Bouhlel no se le dio el derecho a la duda. Cuando ayer atropelló a casi un centenar de personas, los periodistas franceses no tuvieron tantos escrúpulos y rápidamente muchos de ellos vieron en el ataque un atentado de corte “islamista”. Discriminada de forma sistemática, la comunidad árabe y musulmana también es vista como un cuerpo homogéneo ajeno al cuerpo nacional, siendo los terroristas la cara visible del peligro que representaría el Islam para el “vivre ensemble” (vivir juntos) que caracterizaría a la sociedad francesa. Es por este motivo que se percibió al acto de Lahouaiej Bouhlel, con una naturalidad que no deja de asustar, como un acto “terrorista” cuya finalidad no era otra que poner en peligro el “savoir-vivre” (saber vivir) francés.

El horror extremo que se vivió en el Paseo de los Ingleses tiñó de luto a la ciudad de Niza. “Hay que resistir”, dicen las autoridades municipales y nacionales, pero cabe preguntarse: “¿a qué?, ¿a quién?”.

Ya anoche, nuestros dirigentes proponían extender por tres meses más un estado de emergencia que, desde su implementación en noviembre de 2015, sólo fue usado para reprimir a los movimientos sindicales opuestos a una reforma laboral gubernamental que atenta a los derechos de los trabajadores. También anunciaron querer intensificar la intervención francesa en Siria e Irak –intervención que, hasta la fecha, sólo generó más inestabilidad en la zona y expuso a la población civil francesa a represalias.

Los médicos suelen decir que no hay nada peor que tratar una enfermedad con una medicina equivocada. Las que probamos hasta ahora –menos libertades públicas y más guerras– no funcionan y sin embargo, nos proponen seguir con ellas en un contexto donde los musulmanes, incluso nacidos y crecidos en Francia, aparecen como los chivos expiatorios ideales para legitimar lo que nadie aceptaría en otro momento. Por eso pregunto, después del drama de ayer: con semejantes medidas, ¿contra quiénes luchamos verdaderamente?

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