Refugiados

La otra caravana que quedó en Tijuana esperando para pedir asilo en EEUU, los mexicanos

A la par del campamento de migrantes centroamericanos en la frontera se instalaron decenas de mexicanos, la mayoría originarios de Michoacán y Guerrero, que intentan también solicitar asilo al gobierno estadounidense. Ambos estados registran elevadas tasas de asesinatos por la guerra entre carteles del narco.
4 May 2018 – 4:51 PM EDT

TIJUANA, México.– María se cuida las espaldas cuando habla de su marido, un sicario del narco que mata sin piedad en una comunidad de Guerrero, según ella. Hace tres años el hombre "entró de lleno" a un cartel del narcotráfico. Un día llegó drogado a su casa, la golpeó y le puso una pistola en la cabeza… pero no jaló el gatillo. "Esa vez pensé: 'Aquí voy a quedar'. Tenía dos meses de embarazo", relata.

Esta joven es uno de los 50 mexicanos que quedan de un grupo de unos 100 que se instalaron a un costado del campamento de migrantes centroamericanos, frente al acceso de la garita fronteriza de San Ysidro. Es un refugio alterno integrado mayormente por originarios de Michoacán y Guerrero. Se colocaron bajo lonas y carpas en la acera. No se mezclan con los centroamericanos porque están anotados en otra lista de espera para que sus pedidos de asilo sean vistos por separado por la Oficina de Aduanas y Control Fronterizo (CBP).

Pero sus casos no son menos dramáticos que los de aquellos que huyeron de la violencia y la pobreza en Honduras, El Salvador y Guatemala, quienes se unieron en Chiapas el 25 de marzo para emprender el viaje hasta Tijuana. Aunque los mexicanos llegaron antes, han visto cómo más centroamericanos pasan a las instalaciones del CBP apoyados por los activistas. Hasta el jueves se sabía que unos 25 mexicanos lo habían hecho, comparado con 178 de la caravana. Por eso reclaman que los están ignorando.

María cuenta que se las ingenió para escapar de su comunidad con sus tres hijos, uno de los cuales nació hace unos meses. No quiere que sus nombres sean publicados porque teme que su esposo la siga, la encuentre y finalmente la asesine. Ella afirma que este ha matado personas en Guerrero y que no dudaría que viaje a Tijuana para acabar con su vida. "Ya no se tienta le corazón", asegura.

Esta mexicana habla con Univision Noticias en la entrada del campamento de centroamericanos, del cual obtienen cobijas, ropa, artículos personales y alimentos. Son un refugio alterno, pero unido. La tarde del jueves, los hijos de María jugaban emocionados con niños centroamericanos.

Ella dice que no tiene una sola prueba de las golpizas que le propinó su pareja, porque el comisario de su pueblo no quiso redactar sus denuncias por temor a represalias. Por eso, dice que si el gobierno de EEUU no le concede asilo y no logra llegar a la casa de un familiar, buscará al menos un lugar seguro en México. "No sé a dónde me iré, pero para Guerrero no regreso. A ver dónde me acomodo", señala.

"Sufrimos por la violencia del narco"

Andrea vino con sus dos hijos, de 8 y 4 años, proveniente de Michoacán, uno de los estados más azotados por la guerra entre carteles y el gobierno mexicano. "Allá está muy feo. Todos sufrimos por la violencia del narco. Hay balaceras, robos", dice esta mujer cuya carpa casi se encuentra en la calle. De hecho, le toca dormir literalmente a un paso de la avenida. Pero se siente a salvo porque al otro lado de la vía se ha instalado de manera permanente un comando de policías federales.

"Yo me vine porque el papá de mis niñas me estaba amenazando con quitármelas", cuenta Andrea. Ella tampoco quiere que su apellido sea revelado por temor a que su esposo la localice.

Esta familia intenta llegar a San José, en el norte de California, donde vive un pariente. "Mi plan es meter a mis hijos en la escuela y, si se puede, ponerme a trabajar", comenta.

Solo en los primeros 59 días del año, en México hubo casi 5,000 homicidios, siendo el bimestre más sangriento desde 1997. El año pasado se registró un promedio de 70 asesinatos cada día y el estado más peligroso fue Guerrero, que sumó 2,318 asesinatos.

Alex Messing, coordinador de Pueblo Sin Fronteras, el grupo que organizó la caravana centroamericana 'Viacrucis Migrante 2018', dice que los mexicanos que siguen llegando al acceso de la garita de San Ysidro tienen el legítimo derecho de pedir refugio a las autoridades estadounidenses, aunque estas traten de ralentizar el proceso para desesperarlos y que regresen a sus lugares de origen.

"Son personas que no pueden vivir en sus comunidades. Están saliendo por la violencia, piden asilo porque los van a matar si regresan", explica el activista.

Recién bajados de un autobús proveniente de Michoacán, una mujer sordomuda y sus dos hijos adolescentes se dirigieron este jueves al campamento de migrantes centroamericanos. Entraron y se fueron hasta el fondo del refugio, como si trataran de ocultarse. "Estamos en peligro, nos amenazaron", dice la hija mayor, que suplica que su nombre no sea publicado ni que le tomen fotos.

Su odisea, dice la joven, comenzó cuando secuestraron a su hermana y les pidieron un rescate. "A mi hermana la amenazaron, se la llevaron con unas amigas, la violaron y nos pidieron dinero", cuenta.

"Si regreso me matan"

Leticia Gervacio llegó también el jueves al campamento alterno. Esta mujer relata que su vida cambió cuando una llamada telefónica le pidió un porcentaje de las ganancias de su humilde puesto callejero de tacos en Maravatío, Michoacán. Según su relato, los extorsionadores le dijeron: "sabemos que vendes tacos y queremos que nos entregues una cuota".

Lo que parecía una coincidencia la puso en alerta cuando le dieron datos específicos de su hijo, Carlos, de 12 años, quien viajó con ella a la frontera. "Me amenazaron de que conseguía el dinero o le iban a hacer algo a mi hijo".

Hace dos semanas cerró su negocio y le pidió prestado a un pariente para comprar los pasajes de bus. "Mucha gente se ha venido por lo mismo", afirma esta mujer que constantemente recibió amenazas telefónicas hasta su salida de Michoacán. "Si regreso me matan", aseguró.

Leticia se encontró con una vecina de Maravatío en el acceso de la garita de San Ysidro. Es Virginia Colín, de 36 años y quien trajo a su bebé, Ximena, de 9 meses. Ahí se reunieron las dos para contarse sus penas. Virginia asegura que la razón de su salida es la falta de oportunidades. Trabajaba limpiando casas por un sueldo de 100 pesos (5 dólares) diarios, hasta que se embarazó y no le quisieron seguir dando el empleo.

"Es por mi hija y por mi papá que está muy enfermo y no tenemos dinero para sus medicamentos", cuenta esta madre que trata de llegar a Carolina del Norte, donde le ofreció alojamiento un amigo.

"Tengo la esperanza de que me ayuden, la verdad sí tengo necesidad de salir adelante", dice.

En fotos: La vida de los migrantes entre carpas a las afueras de la garita de San Ysidro

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