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Zapatos

Llevo 18 años caminando en tacones y éstas son algunas lecciones aprendidas (que a todas pueden servir)

Aunque no es políticamente correcto decirle a alguien rellenito que está gordo, sí parece que es correcto decirle a la bajita que lo es. Por eso para mí, los tacones fueron y han sido una tecnología mágica para cambiar mi relación con el mundo.
13 Jul 2016 – 9:59 AM EDT

Mido 4'11 (1.50 cm). Fui por supuesto siempre la primera en la fila del colegio, la que lanzaban al cielo en los campeonatos de cheerleaders y la que se podía sentar en las piernas de cualquiera cuando el carro iba con el cupo lleno.

Claro soy también la que apodaron ‘My lirol’ (del inglés ‘my little’), ‘Pequeñita’ o ‘la Monita’ y aunque siempre me sentí cómoda con tantas manifestaciones de cariño en torno a mi tamaño, nadie se daba cuenta de que realmente esa era una manera de señalar una condición con la que, a veces, no me sentía tan cómoda. Porque, aunque no es políticamente correcto decirle a alguien rellenito que está gordo, sí parece que lo es decirle a la bajita que lo es.

Por eso, cuando cumplí 15 años me trepé en un par de tacones que me ayudaron a redefinir mi relación con las puertas de las gavetas de la cocina a las que nunca alcancé, con las manijas elevadas de los autobuses y con los labios distantes de mis novios (antes de los tacones, los andenes habían sido mis mayores aliados).


Por eso, contrario a lo que el mundo cree, usar tacones no ha sido para mí una condena, ni un sacrificio que he hecho en pro de la moda, ni un mecanismo de sometimiento por el deber de verme más bella. Para mí, los tacones fueron y han sido una tecnología mágica para cambiar mi relación con el mundo. El arma que me llena de confianza con mi tamaño, me ayuda a andar con pasos firmes la vida y me permite alcanzarle a ver, al menos, la cabecita a ese cantante famoso que está sobre la tarima.

A fuerza de estar literalmente 'trepada en zancos' he aprendido cosas fundamentales sobre ellos. Por ejemplo, que hacen que la columna se arquee haciendo que el trasero se vea más hacia atrás y el pecho hacia delante, que además tensan los músculos de las piernas y que -por esa posición corporal extraña que adquirimos- nos confieren la sensación imponente que el mundo lee como sexy.

He aprendido a diferenciar en el armario de zapatos los imposibles, los decentes y los amables, para saber qué ponerme dependiendo de las exigencias de la ocasión y he desterrado los de 6 pulgadas (15 cm) a no ser de que estén equipados con una buena plataforma -de otra manera son la forma más eficaz para verte ridícula y no poder caminar.

También me he reconciliado con los tenis después de reconocer que un paseo de yate, un viaje a Nueva York, un picnic en la playa o una caminata en la montaña son situaciones completamente incompatibles con un tacón.

He entendido que la salsa se baila mejor en tacones porque yerguen tu postura y, sobretodo, he aprendido a caminar confiada en ellos.

Cada vez que llegamos a un restaurante y el grupo de amigos decide cambiar el destino porque está muy lleno, siempre oigo decir: “Pero no podemos ir caminando porque Angélica tiene tacones”. No saben ellos que yo, y las mujeres que saben comprar sus zapatos altos, podemos sondear amplias distancias con nuestras puntillas. La clave es comprar zapatos de tacos gruesos y livianos que tengan plataformas que acorten la inclinación del pie, o unos de altura razonable que tengan suelan acolchadas, ojalá de goma, que reciban todo el peso y lo reboten. Las suelas duras hacen que los zapatos sean más pesados.


Claro, esas hazañas de caminar largas distancias o de soportar toda un fiesta en altos tacones es algo que solo se puede hacer con unos zapatos ya domados. Como si fueran novios, hay que darles tiempo a los tacones de que se acoplen a tus caprichos y a las singularidades de tu caminado. Esa es la razón del famoso padecimiento de las recién casadas con sus zapatos. Los han estrenado el día de su boda cuando, en realidad, solo con el uso constante unos tacones se vuelven verdaderamente soportables.

En mi infinito discurrir de 18 años subida en estas máquinas que me elevan del suelo he descubierto también que no todos los zapatos finos son buenos, y que si se trata de lujo es mejor buscar marcas verdaderamente zapateras. Los pumps, sí son los indispensables, pero los dedos de los pies deben poderse desplegar a sus anchas en el zapato, de no ser así esa punta puede matarte y hacer que durante el día no pienses más que en tus zapatos y eso sí es perder libertad.


No dejo que nadie se meta con los tacones. A todos esos y esas que tienen la tentación de subestimar mi cerebro porque siempre ande trepada en unos stiletos les diría que tengo suficiente cabeza y carácter para saber cómo administrar mi cuerpo, mi estética y mi estatura, y a los que intentan convertirlos en unas cárceles que condenan a las mujeres en un código de vestir específico para la oficina, les haría ver que muchas a diferencia mía han encontrado en los zapatos planos su mejor manera de caminar la vida. ¡Dejen que sea nuestra decisión!

Finalmente, a las que los ven con deseos pero no se atreven a llevarlos porque a diferencia mí vieron pasar su adolescencia sin intentarlo, no queda más que decirles que solo probándolos, caminando con ellos en casa y con medias, lograrán descifrar ese misterio de hacer que tu cuerpo encuentre su extensión en unos tacones.


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