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La soledad en la tecnología

La soledad en la tecnología

En los tiempos modernos, pareciera que con la tecnología estamos más conectados que nunca, pero al final estamos más solos.

Como decía Séneca: la soledad no es estar solo, sino estar vacío.

Por Patricia Monge


“Usamos la tecnología para definirnos”, dice Sherry Turkle, psicóloga del Instituto de Tecnología de Massachusetts (MIT) y una de las grandes analistas de la digitalización de nuestras vidas. En su conferencia magistral de TED, “Conectados pero solos” (2012), dice que pasamos de la conexión al aislamiento y se cuestiona cómo ocurre tal cosa. “Se está en aislamiento si no se cultiva la capacidad de estar solo y gozar de ello, de conocernos. Si no sabemos estar solos, acudimos a otras personas para sentir menos ansiedad o sentirnos vivos”.

De esta manera, los otros se convierten en objetos que se utilizan para satisfacer necesidades individuales y no para crear vínculos afectivos cercanos. Por más duro que parezca y cueste aceptarlo, el ser humano vive demasiado pendiente de la tecnología, de responder mensajes, estados en las redes sociales, de conseguir likes o seguidores, o simplemente que alguien nos responda. Y no, no es un problema de adolescentes nada más.


El problema no es la teconología

Turkle no es una detractora de la tecnología ni mucho menos, sino que habla de la necesidad de encontrar una forma amena, orgánica y humanizada de utilizarla y responder ante ella. “Los dispositivos que llevamos en el bolsillo tienen tanta fuerza psicológica que no sólo cambian lo que hacemos, sino lo que somos”, explica. “Por ejemplo, los padres mandan mensajes en el desayuno y las cenas, mientras que sus hijos se quejan por no tener su plena atención, a la vez que hacen lo mismo con sus grupos de amigos”. 

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Hace unos 20 años hubiera sido imposible imaginar esta escena; ni siquiera los creadores de Back to the Future pudieron hacerlo. Hoy, sin embrago, es un hecho tan cotidiano que nos cuesta detenernos a pensar en ello, y más aún en cambiar los hábitos. 


¿Qué sucede?

Según las investigaciones de Turkle, los adultos estadounidenses consultan su teléfono celular cada seis minutos y medio, aproximadamente. Así que, si se descuentan las ocho horas de sueño, los dispositivos móviles se estarán revisando unas 160 veces al día. Eso parece un acto compulsivo. Quizá haya que probar desconectar durante un día completo todos los dispositivos y observar si hay algún síndrome de abstinencia u otro indicativo de que la necesidad de conexión es más parecido a una adicción que a una respuesta racional.

 “¿Por qué pasamos tanto tiempo mandando mensajes y aún así nos sentimos tan desconectados de los demás?”, se pregunta Turkle y responde que es la falta de conversaciones cara a cara, así como en la cantidad de veces que las abandonamos para mirar un teléfono. 

La hiperconexión nos da una idea ficticia de control y de apego al otro. Eso es lo que la psicóloga llama Efecto Ricito de Oro: “La gente no se cansa de estar uno con los otros, si y sólo si, pueden  mantener una distancia entre ellos que puedan controlar. Ni muy cerca, ni muy lejos. Solo lo justo”.

Aquí es donde radica el problema, ya que en una conversación cara a cara no se puede editar el mensaje, sucede en ese momento. Es una conversación espontánea donde podemos estar presentes y ser vulnerables. Para muchas personas esto puede ser la fuente de pánico. Mirar el celular mientras hablamos con una persona es como levantar un muro trasparente que dice: “soy empático, pero de aquí no pasas”. Estar y a la vez no estar presentes.


¿Qué es estar conectados? 

“Estar conectado implica esencialmente estar visible. La visibilidad garantiza la inclusión en un mundo cuya representación se ha desplazado de lo palpable a lo comunicable”, explica Rosalía Winocur, doctora en Antropología por la Universidad Nacional Autónoma de México,  especializada en nuevas tecnologías de la información y la comunicación (TIC) y vida cotidiana. 

En otras palabras, acabamos viviendo con una expectativa mayor de la tecnología que de los demás, como explica Turkle. La tecnología nos seduce con tres fantasías gratificantes: podemos poner nuestra atención donde queramos, siempre seremos escuchados, y nunca tendremos que estar solos. Esta última fantasía es la esencia para cambiar nuestra mente, porque en el momento en que nos sentimos solos, nos asimos a la tecnología para conectarnos. Como si el hecho de estar con uno mismo fuera un mal. Esta forma de ignorarnos a nosotros mismos es la que nos lleva a concentramos más en la soledad y sentirnos cada vez más solos.

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Turkle sugiere crear lugares “sagrados” —en casa, la escuela o la oficina— donde no entren los dispositivos móviles, o bien, convocar reuniones sólo para conversar sin celulares de por medio. “En vez de contestar correos electrónicos mientras empujas el carro de tu hija, habla con ella”.

Podríamos, así, llevar esto un paso más allá y proponer que cada día miremos a un desconocido durante unos diez segundos para conectar; quizá así quitemos los ojos de los dispositivos electrónicos y encontremos un mundo cargado de nuevas emociones. 

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