null: nullpx
Problemas de Pareja

Casarse después de haber vivido en pareja: las posibles consecuencias

Haber vivido en pareja antes del matrimonio no garantiza una convivencia perfecta.
7 Mar 2016 – 9:17 AM EST

Por Ana C. Alanís | @UnivisionTrends


El problema empezó cuando la luna de miel llegó a su fin.


Desde el hecho de volver al mismo lugar en lugar de estrenar casa, hasta el no tener de qué platicar porque el tema del matrimonio (la fiesta, los invitados e incluso el color del listón de las velas que se iban a colocar estratégicamente en la entrada del salón) había terminado. Habíamos cumplido catorce meses de vivir juntos: acoplados, serenos y felices, pero después de la boda —ya de vuelta en nuestro “viejo” hogar— las cosas cambiaron sin razón aparente.



La carga psicológica

Todo sucedió muy rápido. Cada vez que levantábamos la voz uno le recordaba al otro que estábamos recién casados y que ésa no era la mejor manera de empezar un matrimonio. Entonces ambos guardábamos silencio y volvíamos a nuestras actividades, pero por separado, sin interés de seguir compartiendo tiempo y/o espacio.

De la nada, dejé de prepararle el desayuno —cabe mencionar que era algo que hacía con gusto desde el día en que nos mudamos juntos— usando el pretexto de que dormiría un poco más. Él comenzó a quejarse a un nivel desmesurado de cosas que para mí no tenían sentido y que eran un tanto ridículas, como el hecho de que hubiera migajas en el cajón donde se guardaba el pan y las galletas o de que olvidara apagar una luz. A él le angustiaba el tráfico y a mí me desesperaba su forma de manejar el estrés. Dejamos de ir a yoga juntos, de mandarnos mensajes a lo largo del día, de soportarnos, de convivir, de hablar. Todo en un lapso de 21 días inmediatamente posteriores a nuestro regreso.


La mañana en la que cumplíamos dos meses de habernos casado me solté a llorar. Le dije que no había dejado de amarlo, pero que la situación que estábamos viviendo me parecía absurda y que debíamos encontrar la verdadera raíz del problema.

¿Cómo era posible que después de más de un año de compartir casa y de ser realmente dichosos, ya no pudiéramos ni vernos? Luego de un par de horas de conversación civilizada, aterrizamos en el mundo y llegamos a una conclusión: el hecho de haber firmado el acta que nos unía legalmente no había sido sólo un trámite.

Es decir, el regresar a vivir juntos —ya casados— tenía una carga psicológica importante. Sólo a cierto porcentaje de parejas les sucede lo mismo (como tener baby blues —depresión posparto— o post-wedding blues), pero para nosotros había un antes y un después de la boda, y no teníamos ni idea de que algo así pudiera suceder.



Asumir el compromiso
El documento que firmamos el día en que nos casamos representaba un compromiso que, según nosotros, ya existía. Sin embargo, aunque dentro de la soltería lleváramos una vida de marido y mujer, en nuestras mentes aún existía la posibilidad de salir corriendo si algo no nos gustaba, nos hería o simplemente nos llegaba a cansar.

Un estudio realizado por Jim Coan, psicólogo en la Universidad de Virginia, sugiere que el cerebro relaciona la cohabitación con una falta de compromiso. Es por ello que nosotros, de manera inconsciente, comenzamos a sentirnos incómodos bajo el mismo techo, ya que no habíamos podido digerir lo que acabábamos de hacer y lo que estaba por venir. Nos autosaboteamos, explotamos en tan poco tiempo porque nuestros egos —siempre ávidos de mantener su individualidad— levantaron una pared entre los dos.

En sólo una mañana nos dimos cuenta de que estar casados no era ser más intolerantes, ni maleducados, ni menos atentos el uno con el otro. Supimos que de nada serviría enfrascarnos en una lucha de poder ni obligarnos a ceder primero. No se trataba de despojarnos de nuestros ya conocidos encantos para convertirnos en villanos.

Ahora estábamos comprometidos por otra vía y eso era maravilloso: más cosas nos unían y nos fortalecían como dupla. Cuando lo entendí, volví a prepararle el desayuno todas las mañanas y él dejó de quejarse por nimiedades.

Adquirimos mayor confianza para contarnos las cosas, mas no para atacarnos. Definimos otra vez el concepto de “responsabilidad” a través del trabajo en equipo. Compramos una sala, una recámara y mandamos a hacer un librero grande para coleccionar historias y, de paso, darle un aire nuevo a nuestro hogar.


“El matrimonio es un indicador de confianza e intimidad”, explica Coan en sus apuntes del estudio sobre matrimonio y cohabitación. “Es un mundo socialmente entendido que comunica compromiso, un compromiso potente, fuerte, el tipo de compromiso del cual uno no puede salir y eso, justamente eso, es lo que el cerebro del ser humano está buscando”.


RELACIONADOS:Problemas de ParejaMatrimonioAmor

Más contenido de tu interés