Las bondades de la livianidad

Ante panoramas deasalentadores, sólo nos queda pensar: lo que pasa en el Facebook se queda en el Facebook.
Univision.com
20 Nov | 9:13 AM EST

Por Alejandra Gómez Machia


Bien  decía el defensor acérrimo de las vampiresas, Agustín Lara, que la mujer tiene el hechizo de la liviandad. ¡Y es cierto! A veces ser un poco ligera de cascos resulta más provechoso para la mujer, que procurar ser una beata intocable a la que sólo se tiene acceso con hostia y cura de por medio. Al fin y al cabo, el hombre, cuando alcanza la madurez (si es que la alcanza), suele agradecer las buenas suertes que aprendió su pareja antes de conocerlo. 

Un hecho es innegable: con el paso del tiempo la mujer ha ido empoderándose tanto en la vida laboral como en el derecho de ejercer una sensualidad libre de ataduras y preceptos anticuados.


Ver lo mismo, pero del otro lado

Los machos recalcitrantes llaman "puta" a la mujer que hace lo mismo que ellos, pero desde una posición clandestina. 

Una mujer que se acuesta con el galán que ligó en una noche de copas todavía sigue siendo mal vista. 

La putería es algo permisible y plausible en el macho.

La putería los dota de un donaire encantador que en lugar de hacer correr a las mujeres, las atrae.

La putería, como la panza en los cuarentones, es sinónimo de estatus.

El hombre que lleva una doble vida es considerado como un héroe por sus compañeros, ya que estos tiempos de crisis es toda una hazaña mantener dos casas. 

Por otro lado, cuando una mujer tiene un amante, ésta debe cuidarse para no ser descubierta. Pero esconder este tipo de relaciones trae como resultado un desgaste interno brutal, cuando la finalidad de hallar consuelo y cariño en otro lado debería generar un placer infinito. 

La mujer hedonista debe reprimirse por cuidar la imagen que su círculo social tiene de ella. Cuando no lo hace, se convierte en un blanco fácil para el escarnio generalizado.

La mujer que es descubierta en una infidelidad corre el riesgo del desprestigio eterno por herir lo más sagrado que existe en esta sociedad patriarcal: el honor del macho.


Nuevas vidas paralelas

Frente a la dolorosa desigualdad que sigue habiendo en el tema de la búsqueda del placer (y por añadidura de la felicidad), las mujeres se han refugiado en un espacio que pareciera ser más seguro: el mundo virtual.

El miedo a sucumbir ante nuestros apetitos ha desencadenado una nueva modalidad de relaciones: los amasiatos por chat o por Whatsapp.  ¿Suena frío? No lo es. Estamos sumergidos en una realidad alterna. La realidad que nosotros mismos creamos dentro de un sinfín de redes en las que es sencillo conocer íntimamente a las personas gracias a la inmediatez.


Facebook es una vitrina en la que puedes escoger la carne que más te guste. Basta con enviar una solicitud, seguir la historia del personaje de tu agrado, indagar en sus gustos y crearte una personalidad afín a la de tu víctima. Los lazos emocionales que se forjan pueden superar toda expectativa, ya que después de una buena sesión de conversaciones el otro se convierte en un adicto a los elogios.

Los beneficios de esta clase de relaciones son muchos. El más considerable es que se tiene tiempo para pensar lo que se va a decir, y con un simple click puedes borrar algo que desate una catástrofe. Los amantes de Facebook pueden alcanzar un grado de plenitud insospechado. Se puede tener sexo virtual sin salir de casa y sin el peligro constante de ser descubiertos. Al menos no es tan grave como encontrar a tu pareja en la cama con otro. 

El problema de ejercer el derecho legítimo a la liviandad en el plano 2.0 es que llega el momento en el cual la frialdad de una pantalla se interpone entre los cuerpos, y lo más común es dar el siguiente paso: el reconocimiento en persona. Es donde se regresa al viejo conflicto de las honras y los egos heridos. 

Ante este escenario desalentador sólo queda una opción: asumir que, como en Las Vegas, lo que pasa en Facebook, se queda en Facebook.