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Desnudarse en la red

Desnudarse en la red

La terapeuta Valeria Villa nos habla de la necesidad que tenemos de atención y lo que provoca.

Sexting

Por Valeria Villa.


Sentirse solo y hambriento de mirada es humano, frecuente y normal.

Nadie se salva de necesitar un poco de atención, porque ninguno existimos en el vacío; somos en relación y estamos siempre junto a otros.


De la necesidad de mirada y confirmación externa, se deriva el impulso de desnudarse de muchas formas en las redes sociales: mostrando piernas torneadas si usted es corredor o corredora, un torso musculoso para presumir los resultados de su dieta paleolítica, su último pensamiento genial en 140 caracteres o indirectas para su pareja o para un ex.


Desnudarnos ante los demás


El acto de desnudarse en Internet puede ser un grito que demanda la mirada de extraños, sin medir los riesgos de exponer nuestra intimidad. La gente sube fotos de un escote, de un trasero o una selfie de cuerpo entero frente a un espejo. La explicación de por qué lo hace puede ser inescrutable.


En un monólogo exhibicionista, una mujer podría pedir que la miren porque se odia, o porque si no la miran siente que no existe, o porque hace mucho nadie la mira, o porque su marido está aburrido de mirarla todos los días. Un hombre podría decir, con su desnudez, que prefiere ser cosa que mente, que prefiere provocar deseo que amor; que teme no gustar y por eso necesita creer que le gusta a todos.


¿Exhibicionismo enfermizo?


Esta necesidad de exhibicionismo podría diagnosticarse como enfermiza, una exigencia excesiva de atención y admiración, manifestada en la exhibición constante del cuerpo desnudo o de los pensamientos íntimos.


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Desnudarse en redes sociales está asociado a fantasías de poder, brillo, perfección y éxito. Es inevitable preguntar por qué alguien tiene que mostrarse masivamente y no puede disfrutar para sí o compartir con alguien significativo, momentos felices, fotos en las que se siente sexy, viajes inolvidables, comida deliciosa o epifanías de medianoche.


Aceptar que vivimos en la sociedad de la autopromoción podría servir para reflexionar cuál es el lugar que queremos ocupar en ella: uno más de la masa de exhibicionistas o el de alguien que piensa dos veces antes de compartir una foto privada, a una emoción auténtica o una estupidez que solo servirá para dejar en claro la necesidad apremiante de ser visto y reconocido.

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