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Cita 15: La fiesta de los Tinderboys y las mujeres objeto

Podría comparar a los Tinderboys con personajes de El Principito: cada uno vive en un mundo.
18 Mar 2016 – 4:47 PM EDT

Un vasco radicado en México, ciclista y que trabaja en una empresa de UX: ese fue el Tinderboy 15. No, yo tampoco sabía qué era eso de UX (y creo que sigo sin entenderlo), pero lo explicaré así: UX significa ‘user experience’, algo así como dedicarse a que la experiencia en la web sea buena, sobre todo en las páginas que venden cosas.

Con el tiempo me he dado cuenta que podría comparar a los Tinderboys con los personajes de los planetas a los que viaja El Principito: cada uno vive en un mundo, cada uno está inmerso en una realidad y obsesionado con ciertas cosas. Quizá Pablo tiene mucho en común con el zorro que acaba siendo domesticado o con la rosa que termina marchita detrás de una cúpula. Aún no sé.

El punto es que esté vivía en la galaxia vasca del internet mexicano.

Ya no recuerdo cómo conocí a El Vasco o cómo terminé invitándolo a la fiesta de una revista muy importante de la editorial doblemente importante, pero esa noche me puse un abrigo muy negro, un vestido muy corto y unos tacones muy altos.

La fiesta

La primera parada de esa cita fue en una mezcalería y de ahí iríamos al aniversario de esta revista masculina a la que me había invitado el Señor Editor.


A esa fiesta irían Némesis y el Tinderboy Poliamoroso. La última vez que se combinaron esos personajes todo terminó en un enojo reprimido, sexo en la azotea y una resaca monumental, así que no esperaba menos de esta fiesta.

Por poco no logramos entrar a la fiesta, de no ser porque un mesero muy amable fue por el Señor Editor, que esa noche estaba convertido en todo un Jep Gambardella, el protagonista de La Gran Belleza (una de mis películas favoritas gracias a su banda sonora de Raffaella Carrà).

Esta versión de Jep Gambardella me saludó con esa amabilidad tan característica de los Caballeros de Otro Tiempo. Yo, después de tres mezcales, le dije muy sonriente: “Mira, Vengo con la cita número 15. Estoy reporteando bien”.

No tardé en encontrar a Némesis, que lucía un escote de senos caídos y un sombrero que le cubría la mitad de la cara. Evité el contacto con ella, lo cual era sencillo porque a nuestro alrededor había unas 10 mujeres desnudas metidas en jaulas o cubiertas de sushi. Era fácil evadir a cualquiera en medio de tanta gente y con la música sonando.

El Poliamoroso apareció rápido, mientras mi cita iba al baño a orinar sus mezcales para continuar con la ‘experiencia de usuario’ de fiesta.

—¿Pero a quién has traído Damianita? Qué tipo más feo. Debiste haber venido conmigo.

—Debo completar las 20 citas.

—Qué típica eres. Eso te lo puedes inventar. Como si de verdad necesitaras acostarte con 20 tíos para escribir eso. En fin, esto es lo que les gusta ahora a los editores. Por cierto, perdí tu libro de Vargas Llosa (La ciudad y los perros), pero te regalo este...

De su mochila sacó La insoportable levedad del ser, un libro que había perdido quién sabe en qué circunstancias. Quizá en alguna borrachera en mi casa. Poliamoroso me recuerda a Tomás, el protagonista, pero desteñido por el cloro y el jabón Roma.

Nos quedamos algunos minutos platicando. Creo que lo suficiente como para olvidar que iba con un date. Después de hablar —ni siquiera recuerdo bien de qué—, apareció Mr. Gambardella. Comenzamos a charlar, tampoco recuerdo bien de qué, salvo que me la pasaba bien y que nos reíamos mucho. Yo estaba francamente ebria. El punto es que la conversación con Señor Editor parecía más divertida que mi cita con el Vasco —quizá mis daddy issues se entretenían unas horas con una de las mejores charlas de cuyo tema no recuerdo nada—.

De pronto perdí de vista al Vasco entre el alcohol, las mujeres desnudas y las miradas de Némesis y el Poliamoroso, que no dejaban de murmurar (días después supe que murmuraban que iba a terminar en la cama con Señor Editor). Seguramente el rumor se reforzó cuando me vieron salir de la fiesta con su chofer, que me llevó a casa.

La resaca

Al día siguiente, mientras editaba cruda una nota muy seria, el Poliamoroso me mandó un mensaje de WhatsApp en el que me reclamaba por el Vasco y el Señor Editor. Me habría gustado decirle que sí, que me lo cogí y que fue maravilloso. Pero no, soy mala mintiendo y prefiero no meterme en más dramas de los necesarios. Esa misma noche tuve la cita 16 y debo decir, por cierto, que no hay nada peor que tener citas con resaca.

Unos días después, volví a salir con el Vasco. Fuimos a cenar y luego a una pulquería. La experiencia de usuario fue tan mala como la comida (la masa de la pizza estaba cruda y los tomates un poco podridos). Tampoco el sexo estuvo bien. Nunca consiguió tener una erección, pero se quedó a dormir. La cerveza, en cambio, sí fue buena: era una Toro Mestizo, de una cervecera queretana, creo.

Por supuesto, nunca más volví a ver al Vasco. Por cierto, aunque el Vasco me dijo su nombre, no lo recuerdo debido a los mezcales.

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