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Amor en tiempos de Tinder (7ma cita)

Amor en tiempos de Tinder (7ma cita)

Este es un viaje de 23 citas a través de Tinder y en esta ocasión tocó hablar sobre las relaciones abiertas, sus ventajas y sus bemoles.

El amor en tiempos de Tinder: séptima cita
Por Damiana Miller*
 
 
“Como actor, su mejor papel ha sido el de periodista”, me confesó hace poco alguien que conoce a Julián, mi séptimo Tinder boy y a Larissa, su mujer. Resulta que este chico vive desde casi ocho años con su novia.
Esta pareja tiene un acuerdo: cada quien puede tener otras parejas sexuales, o incluso enamorarse de alguien más, pero la única condición es que deben usar protección en los encuentros. Y, desde luego, los celos están prohibidos.


 

Él le llamaba libertad, aunque otros le pondrían el título posmoderno de poliamor. Algunos, sin embargo, simplemente lo tacharían de infiel.


 

Cuando salí por primera vez con él, no sabía que tenía pareja; me lo dijo hasta después de nuestro primer encuentro sexual, mientras me vestía para bajar a abrirle la puerta.
 


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Sexo a domicilio


 

Hicimos match un viernes. Yo estaba en una mezcalería con mis amigos. Quizá por eso no me intimidó que me sexteara con familiaridad y que escribiera cosas como que “quería oler mis bragas y lamerme el coño durante horas”. Normalmente me habría hecho la ofendida —lo he hecho con otros match de Tinder a quienes elimino de inmediato—, pero con Julián fue diferente. De alguna manera esa sensación de cinismo y de peligro me parecieron divertidas. Además de que el sujeto en cuestión me parecía bastante guapo.


 

Al día siguiente hicimos una videollamada en Skype. Creo que él quería estar seguro de que fuera como en las fotos. Yo tenía cara de resaca y maquillaje corrido, pero parece que no le importó. A mí me pareció sexy su acento español. Minutos después, estaba afuera de mi casa, como un delivery man de pizza, pero en este caso era una entrega de sexo a domicilio.


 

Nos saludamos con un beso en la mejilla y comenzamos a hablar sobre nuestros trabajos como periodistas. Resulta que un amigo mío había editado un texto suyo y, según Julián, lo había destruido. Pensé en lo sobrado que era, pero me dio un poco igual porque lo más probable es que no lo volviera a ver.


 

En realidad, su charla me parecía innecesaria, pues yo ya sabía por qué estaba en mi casa y cómo iba a acabar todo. Creo que fui yo quien dio el primer paso y lo besé en el cuello. Me dio la impresión de que olía al sexo de otra mujer. Eso me pareció un poco raro, pero luego pensé que quizá era como Michael Fassbender, en Shame, la versión masculina de Nymphomaniac. De hecho, Julián tiene un ligero aire a Fassbender, pero en la versión española. Eso me pareció divertido.


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Cuando terminamos, mientras los dos yacíamos tirados en el piso, dijo:
—Tengo novia. Vivo con ella desde hace siete años.
—¿Por qué no me lo habías dicho antes?
—No sé. No quería que te rehusases a verme por eso. Ustedes las mexicanas son muy conservadoras. Pero ya vi que tú no. Tú eres como Joe, la de Nymphomaniac —se rió.
—¿Ella sabe que estás en Tinder y que te acuestas con otras mujeres?
—Sí. Porque ella también puede hacerlo.
No respondí nada más. 


 

Se fue de mi casa. Yo debía prepararme para una fiesta familiar y ya se me había hecho tarde. 


 
 
Vea también: El amor en tiempos de sex apps

 


 

El juego
 


El lunes, cuando le conté a uno de mis amigos españoles sobre mi última aventura tinderiana, éste sólo puso cara de asco y dijo: “No puede ser que estés viendo a ese cretino”. Luego me contó sobre todos los dramas que había montado en el periódico donde trabajaba y de donde lo echaron por escribir una nota que le habían rechazado en un medio de la competencia. 
 

Aun así seguí viéndolo. Quizá mi adicción al drama fue mayor.


 

Tuvimos citas un poco más tradicionales. Por ejemplo, quedar para beber una cerveza o para comer. Siempre acabábamos en la cama. Eso sí, siempre en la mía, porque nunca me atreví a ir a su casa. La presencia de su novia era algo que me incomodaba.


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Un día, me invitó a la fiesta de una revista en la que escribía. Yo no estaba segura de ir, pero me decidí cuando Pablo, el tinderboy tres, me mandó al carajo por Whatsapp, por enésima vez.


 

“Ya llegué. Estoy afuera. Baja por mí”, escribí. “Sube”, respondió.


 

Al llegar encontré a Némesis, una ex compañera de la universidad que me resulta, y a quien le resulto, muy desagradable.
—¿Qué haces aquí? Tú no colaboras en esta revista.
—Vine con un amigo.
—¿Qué amigo?
—Ese —lo señalé y me retiré.


 

Cuando saludé a Julián, noté la mirada de Némesis sobre nosotros. En pocos minutos, apareció y así, sin más, comenzó a acariciarle la oreja y a preguntarle de qué escribía y si había leído a tal o a cual. Todas las respuestas del wannabe Fassbender español eran: “No”. “No sé”. “No, no lo he leído”. “No, tampoco me suena”.


 

Yo sólo bebía un vaso tras otro de whisky, porque de lo contrario habría ido a arrancarle las manos y la cara a Némesis. 


 

Julián y yo decidimos bajar a fumar un cigarro. Ahí estaba una atractiva columnista de sexo y el director editorial de la revista. 


 

—¿Cómo se conocen? —preguntó.
—De Tinder —contestamos al mismo tiempo y nos reímos.


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Comenzamos a explicarle cómo funcionaba la app y sobre la facilidad para quedar con cualquier persona para tener citas.


 

—¿A él le darías like? —dijo el señor editor y señaló a su acompañante, probablemente un ejecutivo del área comercial. O al menos tenía todo el look de uno.
—No. Está muy "mirrey" —respondí.


 

El señor editor comenzó a carcajearse y dijo: “Me caes muy bien (...) ¿Con cuántos has salido del Tinder?”. En ese entonces llevaba 10 citas. “Si llegas a veinte, te las publico, que sea algo así como "Veinte citas y una canción desesperada”.


 

Esa noche acabé muy borracha. Julián me acompañó a casa. Como mi roomie dormía,  subimos a la azotea del edificio y tuvimos sexo allí, en medio de tinacos y lavaderos, y a la vista de cualquiera. 


 
 
Vea también: ¿Cómo era el amor antes de Tinder?

 


 

El poliamor


 

Hace casi un año que no nos vemos. La última vez nos vimos en una fiesta masiva, yo iba con otro date, pero terminé horas hablando con él. Me regaló La insorportable levedad del ser, de Kundera —uno de mis libros preferidos y que perdí quién sabe dónde—, a cambio de La ciudad y los perros, de Vargas Llosa, que le había prestado meses atrás.


 

Seguimos siendo amigos de Facebook. A menudo postea sobre sus actividades con la novia y de sus viajes juntos. Sé que ahora se dedica a dar cursos en un museo. No sé cómo le vaya representando ese papel. Espero que mejor que el de periodista.


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Hace unos meses, nos escribimos. Me dijo que era feliz y que esperaba que yo también lo fuera. 
—Tengo todo, creo, lo único que me falta es un novio —le dije.
—Deja de creer en esas ridiculeces de la monogamia. Yo tengo al amor de mi vida desde hace siete años y al mismo tiempo la posibilidad de vivir sin ataduras sexuales.


 

Yo aún no entiendo bien lo del poliamor. Creo que los celos y la desconfianza acabarían conmigo y con mis nervios. Quién sabe cómo lo lleve la mujer de Julián. Sólo recuerdo lo que la chica que los conoce me dijo: “Ella sólo acepta lo de la relación abierta por miedo a perderlo (...) Ella ni siquiera se acuesta con otros”.


 
 Vea la entrega anterior de "El amor en tiempos de Tinder".
 
 
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*Damiana Miller. Como Carrie Bradshaw en la era de Tinder, pero región 4 y sin tacones Manolo Blahnik. Siempre he creído que me pasan cosas como de película de Woody Allen, con música de los noventa de fondo.

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