Cita 14: El indescifrable misterio de la química - Amor en tiempos de Tinder

Esta es ya la cita 14, con un paseo urbano en bicicleta como telón de fondo.
26 Ene | 2:50 AM EST

¿Qué despierta el deseo entre dos personas? Aún no tengo la respuesta. Sólo sé que cuando aparece, es imposible escapar.

Recuerdo que la última vez que me enamoré —suelo hacerlo con gran facilidad—, el olor de ese sujeto, una mezcla de jengibre con una cosa rara, me hizo terminar en su cama en la primera cita. Mi instinto no falló. Fuimos grandes amantes, aunque pasajeros. El gusto duró apenas unas tres semanas. Valió la pena.

Sin embargo, esa no es la historia de Paul, el Tinderboy número 14, un rubio alto, robusto, de barba tupida y ojos azules.

La primera foto me gustó, pero lo que vino después me atrajo todavía más. En una de sus fotos de perfil aparecía con uniforme de basquetbol del equipo del Sindicato Mexicano de Electricistas (SME), en otra traía una camisa de mezclilla con una corbata tejida a mano y en la última montaba una fixie. En ese entonces, tenía una especie de filia por los ciclistas.

Por supuesto que seleccioné el corazón verde. Me alegré y me sorprendí cuando apareció el mensaje más anhelado cuando encuentras a un candidato apetecible en Tinder: “It’s a match”.

Amor en bicicleta

Casi de inmediato comenzamos a conversar. En poco tiempo me invitó a salir. El plan consistía en ir en bicicleta desde la Condesa, en el centro de la Ciudad de México, a la UNAM, en el sur, una ruta de unos 13 kilómetros. Como casi siempre, llegué tarde a la cita, aproximádamente una hora después.

Iniciamos el recorrido, antes se puso bloqueador solar y me sugirió que yo lo hiciera también. Después sacó una botella de agua con clorofila. “Es demasiado sano”, pensé, aunque no le di demasiada importancia.

A la mitad del camino, cerca de San Ángel, en el sur de la Ciudad de México, sugirió que nos detuvieramos a comer. Bajamos de la bicicleta y caminamos por las calles empedradas hasta que llegamos a un lugar que nos convenció a ambos.

Conversamos. Me contó que los primeros años de su vida los pasó en Nicaragua, porque a su padre lo habían exiliado en 1968. Que después emigró a Canadá y que hacía un par de meses había vuelto a México.

En él había más de canadiense, que de nicaragüense o mexicano. El acento, la ideología, la postura política. Me habló de su molestia con las mujeres que no son capaces de tomar una decisión, por ejemplo, al elegir una película o un plan. También criticó los medios de comunicación.

Creo que esa tarde hablé poco. No tenía resaca ni me aburría, pero sencillamente no tenía muchas ganas de conversar. A diferencia de esas citas, en las que mientras avanza la cita lo hace también la ansiedad del contacto físico, en esta no ocurría nada.

Algo faltaba. Pero en ese momento estaba más atenta en las calaveras gigantes de papel maché que estaban enfrente del restaurante, que a mi acompañante y su conversación. Creo que incluso un par de veces respondí mensajes de Whatsapp.

Mientras comíamos unas tostadas de camarón bastante aceptables, confesó que prefería cocinar a comer en restaurantes. Digamos que yo soy más del segundo grupo, pero en ese momento no me pareció un detalle importante.


Canadá, Nicaragua y México

La conversación continuó. Me habló de su padre, de la persecución que vivió y de su huida a Nicaragua, en la década de los 70. También, como muchos extranjeros, señaló las diferencias entre el estilo de vida canadiense y el mexicano. Sin embargo, de todo eso, hubo una frase que me llamó la atención: “Quise volver para entender ese país al que él dijo adiós por tantos años”.

Terminamos de comer y dividimos la cuenta. Al salir con extranjeros casi siempre suele ser así, a diferencia de los mexicanos, o los latinos, que tienen el chip del macho caballero muy incrustado en su sistema, casi tanto como el fútbol.

Nos levantamos de la mesa y caminamos para recoger las bicicletas para continuar el recorrido hasta Ciudad Universitaria. Pasamos por el Estadio Universitario, la Torre de Rectoría, la Biblioteca Central y la Facultad de Medicina. Ese día, había un clima estupendo, de modo que el cielo azul, con apenas unas cuantas nubes, contrastaba con los colores de los murales de Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros y Juan O’Gorman.

Casi no hablamos. Ambos poníamos más atención en los murales que en nuestra cita. Aunque no lo mencionó, me dio la impresión de que estaba escapando de algo, quizá del recuerdo de alguna ex novia.

Estuvimos sentados un rato en el pasto conversando. La verdad no recuerdo muy bien de qué. Por extraño que parezca, aunque Paul me parecía un sujeto bastante atractivo, no sentí ganas de besarlo. Creo que él tampoco.

—¿Regresamos?

—Sí, antes de que se haga tarde —respondí.

Llegamos a casa y no lo invité a subir. Él tampoco lo sugirió. Nos despedimos con un beso en la mejilla sin decir mucho.

—La pasé muy bien —dijo.

—Yo también.


Subí a mi departamento y me tumbé en el sillón. Minutos después, abrí Tinder. La sorpresa: Paul me dio unmatch en Tinder. Es decir, me quitó el corazón (verde), que en realidad nunca me dio.

Nunca me atreví a preguntarle qué fue lo que no le gustó de mí. Pudieron haber sido muchas cosas: quizá mi impuntualidad, mi manera de manejar la bicicleta, haber tenido claro qué y cómo iba a ser la cita, el lugar de la comida, dividir la cuenta, o simplemente no haberle parecido suficientemente atractiva.

Lo cierto es que aunque Paul es un hombre muy atractivo —antes de escribir esto eché un vistazo a su perfil de Facebook y me sigue pareciendo guapo—, no sentí que existiese entre nosotros esa química arrolladora que sólo conduce al deseo.

La química digital aún no suple a la química real. Eso aprendí esa tarde. Aunque a veces, suele haber golpes de suerte afortunados. Tengo varios amigos que hoy tienen relaciones estables nacidas de Tinder, en las que la química surgió desde el primer momento.

¿De qué depende? No lo sé todavía.

La serie de Amor en tiempos de Tinder: