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Amor en tiempos de Tinder (2da cita)

Amor en tiempos de Tinder (2da cita)

Con la misión de tener 23 citas en Tinder, el viaje continúa. La adicción que genera esta red social.

Tinder, segunda cita

Por Damiana Miller*
@DamianaMiller

Cita dos: Tinder, o el McDonald’s del amor

Era lunes. Un día de abulia y ansiedad combinadas. Era una tarde que pude llegar a casa, luego de un día de rutina en la redacción, antes de que cayera la noche. Era una tarde en la que quería que algo me pasara; algo más que quitarme los zapatos, subirme a la cama y ver Netflix hasta que el sueño me ganara. Confieso que a veces así es mi vida.

Abrí Tinder. Después de la primera experiencia, por mala que haya sido, queda una especie de ansiedad. Es una aplicación adictiva, como el azúcar, como el alcohol, como cualquier cosa que te ayude a sentir algo. Luego de analizarlo un poco, me he dado cuenta de que soy adicta a sentir, al drama y a tener historias. De alguna forma sabía que podía encontrar todo eso en una app de citas.


Qué es Tinder

Tinder es junk food para el ego. Es como un McDonald’s emocional. Sabes que no es saludable ni nutritivo, pero te quita el hambre y sabe bien. “Tú sí”. “Tú no”. “Tú menos”. “Qué horror”. “Qué sexy, obvio no le voy a gustar”. “Qué guapo, pero qué horrenda presentación de perfil”.

Sí, Tinder es como McDonald’s. Puedes elegir entre una Big Mac o una Big N'Tasty. Pocas veces elegirás la ensalada, pero la opción ahí está. A veces quizá sólo quieras un cono de helado y otras papas a la francesa. A veces todo junto y en una sola cita.

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Diego

En esa selección de “tú sí, tú también, tú no y tú menos”, llegué a Diego.

Apareció ahí. Tan guapo para ser de verdad y tan padre para que además hiciéramos match. Rapado a cero, barba larga y tupida, blanco, grandes ojos marrón. En unos minutos ya tenía mi número de teléfono y quedamos de vernos en su casa. Como teníamos amigos en común, hallé la manera de llegar a su perfil de Facebook para comprobar que fuera quien decía ser.

Una foto con un tierno poodle blanco fue lo que me convenció de ir a su casa.

Cuando llegué, él ya estaba esperando afuera. Yo no soy muy alta, apenas mido un 1.55 centímetros (5’1’’, más o menos). Él medía casi lo mismo que yo y era delgado como un lápiz. De pronto, me pareció más terrenal y me relajé. El miedo de no gustarle se fue porque de entrada ya no me imponía tanto.

Su departamento estaba en la azotea del edificio. Era pequeño, con dos habitaciones. En la primera, había un sillón, la cocina, el refrigerador y unas cajas de madera adaptadas como repisas. En la segunda, su cama, un escritorio y una PC. En ese cuarto había también una puerta corrediza, que conducía a una terraza donde no había más que plantas muertas y sillas de plástico.

En un minuto había recorrido su mundo, aunque era la primera vez que lo veía en la vida. Un silencio incómodo se apoderó de la habitación.

—¿Qué hacemos? —preguntó.

—No sé. ¿Quieres que escuchemos música?

—Sí, he estado escuchando esto en Spotify —era el álbum Pacific Standard Time, de Poolside.

Tiene buen gusto musical, pensé.

Volteé a su escritorio y vi un porro.

—También podemos fumarnos esto —le dije.

—No me equivoco. Toda la gente de Tinder está loca.

—Sí, son personas con las que de otro modo jamás habrías cruzado palabra.

Encendimos el cigarrillo. La música sonaba. Me parecía escuchar la misma canción una y otra vez, pero preferí no prestar mucha atención y me centré en la vista de la terraza, en las fachadas de los edificios que alcanzaban a verse. Pensaba en la nada, en que tenía sed y empezaba a sentir hambre.

De pronto, intentó besarme. Me quité.

—Perdóname —dijo entre confundido y avergonzado.

—No, no tienes que disculparte, pero no creo que sea el momento. Yo no estoy lista.

Le conté la historia de mi última ruptura amorosa. Él me dijo que también había terminado una relación hacía poco. Eso teníamos en común: lo suficiente como para estar en su casa fumando un porro, pero insuficiente como para despertar mi deseo sexual.

Una hora después, un amigo me escribió por WhatsApp: “¿Vamos por tacos?”. Le dije que sí, pero que estaba en la casa de un date y si podía pasar por mí. Le mandé la ubicación y en 20 minutos ya estaba afuera.

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Diego me acompañó hasta la puerta. Nos despedimos con un abrazo y me dijo que le gustaría volver a verme. No entendí por qué. Pensé que era un mero gesto amable.


Adicción compulsiva

Subí al auto de mi amigo.

—¿Crees que te vas a enamorar de él? —me preguntó mi amigo.

—No.

—Tú siempre te enamoras de todos.

—De él no.

Siempre tengo claro eso. Desde el principio. Hay algo en las personas que me permite saber qué voy a sentir y hasta qué punto. Es inexplicable. Es química humana, neurotransmisores, hormonas, aromas, miradas.

Volvimos a vernos varias veces. Fuimos a comer a un restaurante. Dormíamos juntos. Paseábamos a su perro y a veces bebíamos cerveza y fumábamos.

Así, comenzamos a acercarnos más, aunque había veces que sentía que estaba con un amigo, más que con un date de Tinder. Teníamos sexo, veíamos Orange Is The New Black o The Nanny y dormíamos. Ésa fue la rutina que adoptamos y nunca cuestionamos si la relación iría a alguna parte, porque en el fondo sabíamos la respuesta.

Mientras salíamos, comencé a tener citas con todos los que podía. No podía parar. Tinder se convirtió en una afición compulsiva. Fue como si hubiera empezado a comer todos los días en McDonald’s, sólo que Tinder ofrece un menú más amplio. En fin, fast food, fast sex, fast company.

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Una de las noches que dormimos juntos, ronqué. Al despertar, en medio de la noche, noté que en la cama sólo estábamos su perro y yo. Él se había pasado al sofá.

Al día siguiente tomé mi bicicleta y volví a casa. Me disculpé, pero sabía que quizá no volveríamos a vernos.

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Leer también:  Amor en tiempos de Tinder (1a. cita)

*Damiana Miller. Como Carrie Bradshaw en la era de Tinder, pero región 4 y sin tacones Manolo Blahnik. Siempre he creído que me pasan cosas como de película de Woody Allen, con música de los noventa de fondo.


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