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Violaciones

Carta de una inmigrante hispana a su violador

Testimonio de Leticia Soto, una indocumentada hispana violada por su supervisor en un edificio de Los Ángeles en el que trabajaba como conserje. Este es uno de los muchos casos de mujeres inmigrantes acosadas en su trabajo de noche como denuncia en California la campaña 'End Rape on the Night Shift' (Fin del Acoso Sexual en el Turno Nocturno).
14 Sep 2016 – 1:25 PM EDT

¿Te acuerdas de mí? Yo soy la mujer invisible. Soy la mujer que violaste hace nueve años, aquella noche. Yo soy esa mujer, a la que le marcaste el cuerpo con tus golpes, rasguños y mordidas mientras me violabas. Aún camino con las cicatrices de tus mordidas en mis senos. Desde esa noche vivo con una herida en mi alma que no ha podido sanar. Con un cuerpo que aún respira con el temor de esa noche.

¿Te acuerdas de mí? Antes de que tú tomaras mi cuerpo, que no te pertenecía, yo ya existía. Nunca supiste quien era y es Leticia, porque nunca viste a un ser humano en mí. Yo era una mujer que ya había vivido logros y desafíos. Soy una madre soltera que trabajaba en el DF para mantener a sus tres hijos. Soy una mujer que lo sacrificaría todo por sus hijos. Un día, como muchas, busqué la esperanza en ‘El Norte’. Ingenuamente creí que encontraría el ‘Sueño Americano’ para mí y para mis hijos. Y con esa esperanza es como llegué al edificio donde trabajabas tú.

¿Te acuerdas de mí? Yo era esa mujer alegre y esperanzada, que llegó al edificio con la ilusión de trabajar honradamente y poder darles a mis hijos una vida digna. Recuerdo mi primer día como si fuera ayer: me sentía dichosa y entusiasmada, me imaginaba cantando por los pasillos de esos prestigiosos rascacielos de Los Ángeles. Llegué puntual, con mi uniforme limpio, planchado, lista para limpiar las oficinas y los excusados de los más ricos, los más educados y hasta de algunos famosos.

¿Te acuerdas de mí? ¿Recuerdas las primeras palabras que salieron de tu boca cuando por primera vez me miraste? Yo sí; dijiste “hasta que por fin mandaron algo bueno” y con esas siete palabras sentí que se derrumbó la ilusión que sentía dentro.

Yo soy la mujer que siempre te esquivaba por los pasillos. La mujer que mirabas de pies a cabeza con esos ojos de diablo. La mujer a la cual te le aparecías como un fantasma por detrás en los lugares aislados del edificio.

¿Te acuerdas de mí? Yo me acuerdo de ti, recuerdo el día que entraste donde yo limpiaba y me preguntaste: “¿Tu seguro es bueno, Leticia? ¿Eres una ilegal?”. En ese momento sentí un escalofrío por todo mi cuerpo y con esas palabras supe que mi vida cambiaria, pero lo resistí. Tú seguiste con la intimidación y me dijiste: “Aquí a los ilegales nadie los quiere, no son nada, son basura. ¿Cuántos ilegales no quisieran tener lo que tú tienes aquí?”.

¿Te acuerdas de mí? Fue allí, en ese instante, bajo una noche oscura y fría, cuando finalmente supe que el día al cual tanto pavor le había tenido, había llegado. Recuerdo tus palabras y tu mirada de diablo mientras decías: “Hoy es el día que me darás a mí lo mejor de ti. Ya no puedo esperar más para hacerte mía”.

¿Te acuerdas de mí? Te bajaste los pantalones. Te lanzaste hacia mis pechos rompiéndome el uniforme. Aún recuerdo el sonido de los botones que se rompían y caían al piso. Yo peleando contra ti y tú dispuesto a quitarme el brasier. Casi me rompes el brazo tratando de quitármelo. ¿Recuerdas el brasier? Era uno que se abrochaba por el frente y no podías quitármelo. Ahora se me hace absurdo, pero mientras todavía lo traía puesto, sentía un poco de esperanza, que esto no estaba sucediendo, que no iba a suceder. Pero sucedió, finalmente lograste tu propósito, el brasier se desprendió y colgaba sobre mi brazo izquierdo.

Me cubrí los senos con mis dos manos y en ese momento me jalaste el pelo y me tiraste al suelo. Grité. ¡NO, NO, NO! Pero tú seguiste y hasta dijiste: “Nadie te puede escuchar”. Estabas sobre mí, eras muy pesado y no me podía mover. Entre más luchaba, más furioso te ponías, primero tratando de besarme a la fuerza y luego mordiéndome. “Si dejas te va a gustar, y te dejo que sigas trabajando aquí y me aseguro de que siempre tengas tu trabajo, cállate”, me decías. Pusiste tus dos manos sobre mi boca, pero yo seguía luchando por mi vida y te mordí.

¿Te acuerdas de mí? “Me mordiste, mendiga perra”, es lo que me dijiste y empezaron los golpes. Con tu cara y aliento entre mi cuello me diste un puñetazo en la cabeza. Y otro. Y otra vez. Al tercer puñetazo en mi cabeza solo vi negro. Recuerdo el sonido de mi cabeza retachando en el piso. Sentí el dolor en mi cuerpo, pero no me podía mover. Estaba congelada. Sentí tus manos bajándome los pantalones y luego sentí que penetrabas mi cuerpo. Aún recuerdo el olor de tu aliento asqueroso sobre mi oreja mientras tomabas lo que no era tuyo.

¿Te acuerdas de mí? Sentí unos rasguños horribles mientras enterrabas tus uñas por debajo de mis pechos desde afuera hacia adentro con tus dos manos. Mi cuerpo sin poder moverse. Como un perro con rabia bajaste tu fétida boca y mordiste mi seno izquierdo con fuerza salvaje. Nunca olvidaré la fuerza violenta de tus manos sobre mis senos, obsesionado con ellos como un perro salvaje que encontró comida por primera vez.

¿Te acuerdas de mis gritos? Mis gritos, que llenaban las oficinas de los más ricos, los más educados, quizás hasta de alguien famoso, pero nadie me podía oír porque ellos no trabajan en media noche. Era un dolor intolerable. Confundía mis gritos con el dolor. Cuando acabaste y te saliste de mi cuerpo, finalmente me pude mover. “Maldito sucio” yo te gritaba, “¿por qué me hiciste esto?”. “Porque perras como tú siempre se antojan”, dijiste. Y yo te dije, “te voy a denunciar; voy a ir a la policía”. Tú me contestaste: “Oh, sí, toma, llámales ahora”, dándome tu celular. “¿Sabes qué?, por qué mejor no les llamo yo y les digo lo que tú me hiciste a mí. Es a ti a quien van a deportar mi‘ja. Nadie te va a creer”.

¿Te acuerdas de mí? En ese momento me entró el impulso de salir corriendo, de escaparme pero me entró el hábito de la responsabilidad y lo único que podía pensar era en entregar las llaves de las oficinas. Qué irónico, ¿no crees? Que mientras tú te forzaste violentamente adentro de mi violándome y cometiendo un acto criminal, ¿yo pensando en no quebrar tu póliza?

Tal vez mi subconsciente intentaba proteger la poca dignidad que me quedaba, tal vez es ejemplo del miedo y control que como supervisor siempre tuviste sobre mí o tal vez presentía que usarías cualquier pretexto para llamar a la policía para deportarme.

Recuerdo que te tiré las llaves con la poca fuerza que me quedaba y salí corriendo colocándome mi ropa. Me salí con lágrimas, tu sudor y olor marcados en mí. Solo pensaba en mis hijos, solitos en la casa.

Cuando finalmente llegué al lobby solo buscaba la salida. Me sentía sucia igual que me lo dijiste, como la basura que apesta, una ilegal a quien nadie quiere en este país.

Caminé largo tiempo y finalmente llegué a la parada del autobús. Yo iba como un zombie. Me bajé del autobús en Wilshire y Alvarado. Estuve en camino por casi una hora, casi llegando a mi casa noté que un carro negro me iba siguiendo muy de cerca. Bajaron dos hombres para amenazarme y decirme “stay quiet” y con lujo de violencia me dijeron que no dijera nada o me buscaban y me mataban. ¿Los conoces? ¿Eran familiares tuyos? ¿primos, tal vez? Todavía me pregunto eso.

¿Te acuerdas de mí? Tomaste lo que no era tuyo. Me bañé por varias horas con agua caliente tratando de limpiar tus rasguños y mordidas en mis senos. Me restregaba el jabón intentando sacarte de mí. Cuando salí del baño mis hijos estaban despiertos, tenía que ayudarlos a alistarse para ir a la escuela. Eran las 6 de la mañana. “¿Qué tienes mami?”, me preguntaban. “Nada mijos”.

¿Te acuerdas de mí? No sabía qué hacer, finalmente temblando levanté el teléfono y llamé a la compañía. Le dije a la mujer de recursos humanos que me habías atacado y que me habías asaltado. Me dijeron que no, que nunca habían tenido ninguna queja contra ti, que eras buen supervisor y que si no quería volver al mismo edificio bajo de ti, no había trabajo para mí.

¿Te acuerdas de mí? Me quedé sin trabajo. Caí en una depresión que hasta hoy me cuesta superar. Me vi desesperada de no poder darles de comer a mis hijos; y mi cuerpo estaba vencido por fuera y por dentro.

¿Te acuerdas de mí? Llegué a una etapa donde todos los días solo pensaba en el suicidio. Pero, ¿cómo irme sin mis hijos y dejarlos solos? ¿Tendría el valor de llevármelos al cielo conmigo?

¿Te acuerdas de mi? Desafortunadamente, yo sí me acuerdo de ti.

Me hostigaste.

Me amenazaste.

Me manoseaste.

Me obligaste.

Me lastimaste.

Me castigaste.

Me golpeaste.

Me penetraste.

Me marcaste.

Me violaste.

Casi me matas, pero no lo lograste. Y no me quebraste.

Viví nueve años en silencio. Y no te reporté con la autoridad. Nunca fui al hospital por miedo a que llamaran a la policía. Nunca fui a la policía por miedo a que llamaran a inmigración. Y todos sabemos qué pasa cuando te llaman a inmigración: separación de tus hijos y deportación.

No pagaste por tu crimen. Y nunca tuve un día en Corte para leerte esta carta.

Desafortunadamente, no soy una estudiante en una escuela prestigiosa. No uso un uniforme de profesión considerada importante. Sigo siendo Janitor [conserje] en el turno de la noche.

Yo decidir romper el silencio porque tengo una hija y si un día esto le llegara a pasar yo quiero que sepa que ella no es una basura. Que no se tiene que quedar callada, que el mundo sí la va a escuchar y que sí le van a creer. Que tiene derechos.

Con esta carta empiezo una jornada para reclamar mi vida y para sanar las heridas que siempre van a estar en mí, pero que no definen quien soy.

Soy una mujer valiente, soy una promotora, soy mujer inmigrante. Soy una sobreviviente.

Y de parte de mí y de todas las mujeres invisibles de limpieza de la noche, hoy te digo fuerte: ¡YA BASTA!

Humildemente,

Leticia Soto


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