Incidentes de Odio

La retorcida mente del supremacista acusado de la masacre en Nueva Zelanda

El manifiesto racista que distribuyó por internet el responsable de la muerte de al menos 50 personas en dos mezquitas no solo revela el profundo odio de los supremacistas blancos a las migraciones masivas, sino un viejo resentimiento de estos grupos xenófobos al mundo musulmán.
16 Mar 2019 – 7:17 PM EDT

Tras años de navegar por la biósfera de la extrema derecha en Internet, Brenton Tarrant, miembro de diversos foros online de nacionalistas blancos, ya dominaba el lenguaje de las redes, explota sus formatos con referencias a populares canales nacionalistas, xenófobos y neonazis de YouTube, así como cuentas de Twitter previamente señaladas por difundir contenido que promueve la intolerancia hacia las comunidades judía y/o musulmana.

La mañana del viernes, antes de llevar a cabo la masacre en dos mezquitas de Christchurch, Nueva Zelanda, que ya deja 50 muertos, Tarrant -ya acusado formalmente de los ataques- compartió en sus cuentas de Twitter y Facebook "El gran reemplazo", un extenso manifiesto de más de 70 páginas en el que revela pertenecer a la clase trabajadora, haber tenido una infancia típica en la localidad australiana de Grafton y un desempeño estudiantil mediocre.

En el documento, tal como lo hubiera hecho una celebridad antes de presentar un importante proyecto ante los medios de comunicación, Tarrant estructura su texto en un esquema de preguntas y respuestas.

“¿Eres partidario de Donald Trump?", dice una de las preguntas.

"¿Como símbolo de la renovada identidad blanca y con un propósito común? Seguro”, responde.

Usa el sarcasmo. Saca a colación chistes racistas y redacta respuestas, más cínicas que provocadoras, pensadas para agradar a la prensa según consta en reflexiones inmediatas que también forman parte del escrito. Aunque espera no morir en el ataque para poder seguir difundiendo su discurso de odio, sabe que este formato ayudará al objetivo en caso de que no consiga salir vivo.

El asesino es claramente consciente de tener una audiencia cautiva, la de los supremacistas blancos en cuyos foros ha dejado además del manifiesto un enlace para quienes quieran ser testigos del acto terrorista que está a punto de cometer contra una comunidad musulmana e inmigrante en Nueva Zelanda.

Sin embargo, sabe también que en este mundo regido por la globalización cibernética, sus abominables actos le darán una audiencia añadida y se ha preparado para ‘complacerla’ este viernes, cuando los atónitos ojos del mundo estén puestos sobre él. Después de que vaya a un par de mezquitas a vaciar los cartuchos de sus armas sobre el mayor número de inmigrantes posible mientras éstos no hacen otra cosa que reunirse a orar.

Las redes sociales, trampolín de la propaganda supremacista

Aunque Tarrant se ha preparado para dar gusto a los medios, no pierde de vista que una gran fracción del mundo ya no acude a ellos para informarse, sino a las redes sociales. Así que prepara una entrega especial para quienes se conectan con el mundo a través de Facebook y Twitter: ellos recibirán antes que los medios su manifiesto y tendrán en exclusiva, gracias a la cámara de video que el homicida se ha puesto en el casco, la transmisión en vivo de la masacre que ha planeado.

Su objetivo es viralizar algo aún peor que las terroríficas imágenes del ataque: el odio racial. “Los memes -dice en alguna parte del texto- han hecho más por el movimiento etnonacionalista que cualquier manifiesto.”

Con el uso de redes sociales, este hombre consigue hacer llegar sus ideas más allá de los sitios de internet que solo conocen los supremacistas blancos. Conseguir nuevos adeptos.

El tal manifiesto es un grito de guerra dirigido a los grupos supremacistas, pero es accesible para cualquiera a través de estas redes sociales que no pasan por el filtro de los medios tradicionales.

A la vez, el hombre que fue capaz de dejar mudo y horrorizada a una nación relativamente segura, abierta y globalizada, consiguió poner a disposición de muchos un abominable pero efectivo material que más allá de proporcionar información para una cobertura noticiosa, ofreció la posibilidad de multiplicar el alcance de su discurso de odio y muerte.

Sabe que los medios lo veremos, lo leeremos, que de una u otra forma hablaremos de él porque eso es lo que hacemos, contamos las historias e intentamos descifrarlas.

Lejos de los remordimientos, este racista radical sin mayores antecedentes penales que algunas multas de tráfico, intenta viralizar un contenido perpetrado para convencer a más humanos de que no cabemos todos en el mismo mundo.


El supremacismo blanco está en alza

Esta masacre ha disparado la alarma mundial frente a la proliferación de grupos y discursos extremistas alrededor de todo el mundo.

El gran problema es que el discurso de odio racista no solo se expande en Internet con viralidad avorazada en una biósfera sin fronteras.

En Europa, políticos como el ministro del Interior de Italia, Matteo Salvini, o el primer ministro de Hungría, Viktor Orban, se manifiestan abiertamente en contra de las sociedades multiétnicas o de lo que llaman la “invasión islámica”, ampliando el blanco de su odio más allá de la raza, haciéndolo llegar hasta las religiones.

Mientras tanto, en Estados Unidos las políticas antiinmigrantes y los comentarios racistas de Donald Trump, han integrado a la conversación política la disertación supremacista y cada vez es menos raro que alguna voz afín a esas ideas use los micrófonos de un medio tradicional de gran alcance para hacer eco a la disconformidad de quienes piensan que no todos somos iguales ni merecemos las mismas oportunidades.

Esto claramente no escapa al plan de Tarrant, que planeó su atrocidad con el foco puesto en la audiencia estadounidense dividida políticamente para iniciar lo que llama una guerra civil étnica que tendría por objetivo evitar el dominio de musulmanes y no blancos sobre la sociedad occidental. Para ello es indispensable, dice, terminar con la inmigración masiva, deportar a todo aquel que no sea blanco.

De entrenador a terrorista

A Tarrant de niño no le interesaban los estudios. Entrando en la edad adulta desarrolló una especial inclinación por el acondicionamiento físico que probablemente le vino de su padre, un recolector de basura de bajos ingresos aficionado a las competencias de alto rendimiento (compitió en 75 triatlones) que murió de cáncer en 2010.

El australiano, involucrado en los movimientos de extrema derecha de todo el mundo a través de Internet, empezó a viajar en 2010, después de la muerte de su padre. Para hacerlo se financió en parte con la herencia que este le dejó y en parte con los dividendos provenientes de su inversión en criptomonedas que le permitieron llegar a países tan lejanos como Corea del Norte, Pakistán, Francia, Islandia, algunos países de Europa del Este e incluso a Argentina a lo largo de los últimos 7 años.

Tras una inmersión profunda, de años, en el abismo de los grupos supremacistas en Internet, Brenton Tarrant cuida cada detalle de su ataque terrorista: en el auto pone a sonar una canción dedicada a Radovan Karadzic, el expresidente serbo-bosnio considerado responsable del genocidio derivado de una guerra étnica en la década de 1990 en los Balcanes.

En el video alcanzan a verse en su vestimenta insignias neonazis utilizadas en todo el mundo: su chaleco antibalas tenía el símbolo de una organización neonazi ucraniana.

En su manifiesto lo dice claramente, su inspiración son homicidas supremacistas de los que se considera discípulo y camarada: Dylann Roof (que en 2015 mató a nueve afroamericanos en una iglesia de Carolina del Sur), a Anders Breivik, el noruego que asesinó a 77 personas en 2011 en el ataque terrorista en Oslo y la isla de Utoya, o el fascista británico Oswald Mosley, fundador de la Unión Británica de Fascistas, entre otros.

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