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Estado de la Unión

Trump ignora el juicio político y hace un show de campaña en su discurso del Estado de la Unión

El tercer mensaje anual del presidente se produjo en víspera del voto final en el Senado, pero la mira de Trump estaba más allá: en las elecciones de noviembre.
5 Feb 2020 – 12:37 AM EST

A un día para que el Senado vote en el final del juicio político que se le sigue, este martes, en su discurso sobre el Estado de la Unión, el presidente Donald Trump ignoró completamente el proceso que tantas molestias le ha causado y ofreció un mensaje con un tono optimista, con una evaluación hiperbólica de los logros de su gobierno y con momentos calculadamente emotivos que le dieron un aire de reality show electoral.

Por 80 minutos, Trump se dirigió a las dos cámaras del Congreso reunidas en sesión conjunta con un discurso que se ciñó al escrito que distribuyó la Casa Blanca y en el que el presidente solo se permitió unas breves y casi imperceptibles improvisaciones fuera de libreto. Contrario a lo que suele pasar con las lecturas del mandatario, la disciplina no le quitó energía a sus palabras que tuvieron un tono de evento de campaña mezclado con show televisivo.

El sabor electoral lo pusieron los mismos legisladores, quienes antes de que Trump empezara su alocución corearon “¡cuatro años más, cuatro años más!”, en referencia a la posible reelección del presidente en los comicios de noviembre. Trump miró complacido y empezó a dar su mensaje sobre el “regreso de Estados Unidos” que ha presidido desde que llegó a la Casa Blanca hace tres años.

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Trump habló con orgulloso énfasis, destacando la acción de su gobierno con calificativos como “increíble”, “histórica”, lo “mejor”, “extraordinario”, “récord”. Y todo en los primeros diez párrafos del mensaje. Fue sin duda un mensaje optimista, pero lo fue para quienes comparten la visión del mundo de quienes controlan hoy la Casa Blanca.

Cuando se refirió a lo hecho en materia de salud, Trump no pudo evitar una acusación contra varios de los demócratas que luchan por confrontarlo en las elecciones al decir que “hay algunos que quieren quitarle su acceso al cuidado de salud” haciendo referencia, sin nombrarlos, a aspirantes como los senadores Bernie Sanders o Elizabeth Warren, que proponen un sistema de salud pública que suplante al sistema de salud actual.

¿Contra Sanders?

Algunos analistas aseguran que eso evidencia que Trump identifica a Sanders como su potencial contrincante, un día después del fiasco del caucus de Iowa, cuyos resultados parciales se presentaron apenas horas antes del discurso tras un día de expectativa y dan al senador por Vermont como uno de los candidatos ganadores de la jornada.

“Nunca dejaremos que el socialismo destruya el sistema de salud estadounidense”, dijo el presidente, quien además aseguró que “130 legisladores en esta cámara han apoyado legislación que llevaría a nuestra nación a la bancarrota al dar cuidados de salud gratuitos a extranjeros ilegales”.

Esas son las mismas exageraciones e imprecisiones que recurrentemente usa Trump en sus eventos de campaña, en los que trata de presentar a los demócratas como radicales de izquierda que promueven políticas “socialistas” extremas reñidas con la naturaleza capitalista de la sociedad estadounidense.

El presidente repasó también su trabajo en materia de acuerdos comerciales, alabando lo logrado en las relaciones con China, país con el que recientemente se alcanzó un acuerdo en “primera fase” que, aunque no cambió la dinámica de la guerra comercial, parece haber rebajado momentáneamente las tensiones entre Washington y Pekín.

También se refirió a NAFTA, el viejo nombre del acuerdo comercial que une a EEUU con México y Canadá. Trump afirma haber cambiado ese tratado para beneficio de los productores estadounidenses, cuando los expertos indican que lo que se logró fue una necesaria actualización del esquema comercial que no cambian la sustancia de lo pactado 26 años atrás por los tres países.

Luego hizo un repaso por los puntos tradicionales de su retórica: el problema de los inmigrantes indocumentados supuestamente beneficiándose de fondos públicos, su criminalización de los inmigrantes indocumentados y las críticas a las políticas de las llamadas ciudades santuarios que, según el presidente, protegen a estos extranjeros y no a los estadounidenses.

Show con momentos emotivos

Como en las mejores producciones de televisión, el evento estuvo lleno de calculados momentos de emoción, de esos que pulsan la fibra del televidente para moverlo al llanto. El presidente es hombre del espectáculo y demostró el gusto por su antigua actividad profesional con el manejo del mensaje.

Hubo sorpresa y llanto cuando anunció al presentador conservador Rush Limbaugh (quien acaba de informar que padece de un cáncer avanzado) y que la primera dama Melania Trump, a su lado, le impondría una medalla presidencial que había decidido darle por su contribución al país. Con los ojos llenos de lágrimas, Limbaugh no parecía creérselo y con seguridad más de uno de los oyentes del presentador.

El gesto es un guiño a la base conservadora que sigue a Limbaugh, de la misma manera que muchos liberales puedan verlo como una afrenta (más allá de la solidaridad que merece por sus dolencias) dar un reconocimiento de ese calibre a un hombre que se ha dedicado a diseminar teorías conspirativas y noticias falsas en la promoción de su visión conservadora.

Los invitados de los republicanos y de los demócratas al discurso del Estado de la Unión

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Otro uso político se produjo con la sorpresiva presencia del presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, Juan Guaidó, aunque diluida por las versiones de medios que dieron la noticia pocas horas antes de que se confirmara la asistencia de quien Washington y otros cincuenta gobiernos consideran el presidente legítimo de la nación sudamericana.

Algunos consideran que Trump usa a Venezuela para mover a los votantes de origen cubano y venezolano en el sur de Florida, el estado péndulo más importante en cada elección nacional. Aseguran que esos gestos de la Casa Blanca no van aparejados de acciones concretas para proteger a los venezolanos, como otorgarles un Estatuto de Protección Temporal que proteja de deportaciones a quienes están en EEUU sin la documentación necesaria.

Un momento emotivo, pero bien recibido por ambas bancadas, se produjo durante la presentación de uno de los sobrevivientes del escuadrón Tuskeegee, el primer grupo de aviadores negros que sirvió durante la Segunda Guerra Mundial. Trump presentó a Charles McGee, de 100 años recién cumplidos y a quien horas antes había ascendido a general. Hasta los normalmente hieráticos miembros del Estado Mayor aplaudieron sonrientes al recién ascendido colega centenario.

Pero el momento calculadamente más lacrimógeno se produjo cuando el presidente, hablando del sacrificio de la familia de Amy Williams, anunció que su esposo, el sargento Towsend Williams, estaba de regreso de Afganistán. Y se produjo la reunión allí en las gradas de los invitados del pleno, como en esos programas de concursos donde sorprenden a los participantes con anuncios similares.


Siempre los presidentes llevan esas historias personales a sus mensajes anuales, pero lo hacen de una manera más respetuosa con las historias de sacrificio y superación que suelen representar. En este caso, tuvieron un color de show diseñado para emocionar a la audiencia y no tanto para subrayar las políticas que tiene en marcha el actual gobierno republicano.

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A todas estas, mientras los republicanos vitoreaban rabiosamente, los demócratas permanecían sentados con gestos serios, algunos incluso prestando poca atención a lo que decía el presidente. Las mujeres de la bancada vestidas de blanco, representando la lucha por la igualdad de derechos, que algunas creen que están amenazados bajo la actual Presidencia.

En pocos discursos del Estado de la Unión se ha visto la división que genera la polarización y la figura de Trump, catalizadora de esas divisiones.

El corolario de la jornada lo dejó la presidenta de la Cámara de Representantes, Nancy Pelosi, quien al final del mensaje, mientras el presidente recibía complacido la ovación de los suyos, rompió el papel del discurso. Fue un gesto seco, sin pasión, pero que muestra el grado de rencor al que se ha llegado en la política estadounidense.

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