Nueva Zelanda

La Casa Blanca debe aclarar que Trump no es un supremacista blanco, una vez más

Tras la masacre en Nueva Zelanda y el manifiesto del hombre acusado de perpetrarla en el que reconoce al presidente como un "símbolo" de su causa, el equipo del presidente salió a negar que Trump sea un racista, mientras el mandatario no ha condenado con firmeza los motivos detrás del asesinato de 50 personas.
18 Mar 2019 – 3:53 PM EDT

El hombre acusado de haber matado 50 personas en dos mezquitas de Nueva Zelanda la semana pasada reconoce a Donald Trump como un “símbolo” y aunque no puede decirse que el presidente sea responsable de las acciones del atacante, la Casa Blanca se encuentra en el delicado e inusual trance de tener que limpiar la imagen del mandatario aun cuando él mismo no colabora para disipar las sospechas de algunos.

El jefe de gabinete interino, Mick Mulvaney, negó en una ronda de programas políticos dominicales que el presidente sea un supremacista blanco, como lo acusan muchos de sus detractores.

“El presidente no es un supremacista blanco. No estoy seguro de cuántas veces tenemos que decir eso”, dijo Mulvaney en Fox News.

Pero el solo hecho de que la Casa Blanca tenga que salir a aclarar ese punto y que reconozca que debe hacerlo cada vez que se produce un ataque contra minorías en EEUU, o afuera, como en este caso, indica que existe un problema porque ¿cuántos presidentes de las últimas décadas han tenido que recordar que no son racistas o xenófobos?

El mismo Trump tomó un tiempo la mañana del lunes para defenderse (atacando) con un mensaje en su cuenta de Twitter.

“Los medios de ‘noticias falsas’ están trabajando tiempo extra para culparme por el horrible ataque en Nueva Zelanda. Van a tener que trabajar muy duro para probar eso. ¡Tan ridículo!”, escribió Trump.

Trump como símbolo

El vínculo entre Trump y el atentado lo creó desde el principio el supuesto responsable de la masacre, no los medios de comunicación.

La policía neozelandesa indica que en el manifiesto de 74 páginas que publicó el hombre, de nacionalidad australiana, en una parte se hace una extraña pregunta: “¿Eras/eres simpatizante de Donald Trump?”.

Y él mismo se responde a renglón seguido: “¿Como símbolo de la renovada identidad blanca y propósito común? Seguro ¿Cómo político y líder? Dios santo, no”.

El viernes, en un evento en la Oficina Oval para vetar la resolución del Congreso que anulaba el decreto de emergencia que emitió por la “emergencia” creada en la frontera por la inmigración, Trump calificó la tragedia neozelandesa como “una cosa terrible (…) horrible” y expresó sus condolencias a las familias de las víctimas.

Pero minutos después, al explicar por qué consideraba peligrosa la medida del Congreso que le impediría dirigir fondos a la construcción del muro que no le fueron otorgados en el presupuesto, el presidente habló de la “invasión” de inmigrantes.

“La gente odia la palabra ‘invasión’, pero eso es lo que es. Es una invasión de drogas y criminales y gente”, dijo Trump reafirmado la constante criminalización que hace de los inmigrantes, sobre todo lo que vienen del sur del continente.

Usar el término ‘invasión’ a horas de los ataques en las mezquitas neozelandesas fue al menos desafortunado considerando que está en el manifiesto del atacante de Nueva Zelanda, como está en proclamas y escritos de otros grupos considerados racistas en EEUU.


Además, cuando le preguntaron si consideraba que el extremismo supremacista blanco era un problema creciente, Trump respondió que pensaba que “creo que es un pequeño grupo de personas que tiene problemas muy, muy serios”.

Para algunos, la respuesta del presidente minimiza lo que es visto por los especialistas y hasta por el Buró Federal de Investigaciones como un problema en crecimiento: el violento extremismo de grupos supremacistas blancos.

“La atrocidad en Nueva Zelanda nos muestra una vez más, que estamos lidiando con un movimiento terrorista internacional vinculado por una peligrosa ideología supremacista blanca que está haciendo metástasis en las burbujas de salas de internet o en redes de medios sociales”, afirma Richard Cohen, presidente del Southern Law Poverty Center, una organización que se encarga de hacer seguimiento a organizaciones radicales en EEUU.

“Este odio está incluso siendo amplificado por nuestro propio presidente, que habla de una ‘invasión a nuestro país’” asegura Cohen, cuya organización ya ha dicho en el pasado que el presidente energiza al movimiento supremacista blanco y a quien ha pedido que se responsabilice por el odio que consideran que ha desatado desde los tiempos de su campaña “racista y xenofóbica”.


Fin de semana de furia tuitera

Las declaraciones de Trump el viernes pasado en la Oficina Oval pueden ser vistas por algunos como una nueva ocasión desperdiciada por el presidente para denunciar la violencia racial originada por blancos supremacistas.

De hecho, desde que se produjo la masacre neozelandesa, el presidente no ha condenado una sola vez al atacante o la odiosa ideología que dice profesa, algo que contrasta enormemente con la ira (generalmente precoz y muchas veces irresponsable) que suele expresar frente a atentados atribuidos a extremistas musulmanes, o cuando lamenta crímenes cometidos por inmigrantes en EEUU.

Durante el fin de semana el presidente estuvo muy activo en su cuenta Twitter fustigando a la prensa, incluyendo a algunos presentadores de su admirada Fox News, al Partido Demócrata, al programa cómico semanal Saturday Night Live, a la automotriz General Motors y hasta al fallecido senador republicano por Arizona John McCain.

Desde la tarde del viernes 15 de marzo hasta la mañana del lunes 17 el mandatario publicó 24 mensajes en su cuenta Twitter, en ninguno condenó las acciones del atacante ni cuestionó su ideología racista, una denuncia que muchos creen que es necesaria para disipar las dudas sobre su posición respecto al supremacismo blanco.


En cambio, reutiteó un mensaje sobre un horrendo crimen cometido por miembros de la MS-13 en Nueva Jersey, para ratificar la calidad de ‘monstruos’ que da a los miembros de esas pandillas, generalmente de origen centroamericano, y por extensión salpica la imagen de muchos inmigrantes legales y respetuosos de la ley.

Incluso pidió en uno de esos mensajes que Fox News restableciera el programa temporalmente suspendido de la jueza y presentadora Jeanine Pirro, quien fue amonestada por el canal luego de que esta se preguntara en su espacio si el que la congresista por Minnesota –quien en las elecciones de noviembre pasado se convirtió en una de las dos primeras mujeres musulmana en llegar al Congreso– vistiera el tradicional hijab musulmán demostraba que era seguidora de la ley islámica y por tanto en conflicto con la Constitución de EEUU.

Trump obvió lo que a muchos resultó un comentario racista y aseguró que la salida de Pirro del aire era parte de la estrategia de la “izquierda radical demócrata” para “silenciar a la mayoría de nuestro país” y con esa última observación tomó el lamento de estar siendo marginados en su propio país justamente uno de los que más repiten los grupos supremacistas.

Charlottesville, otra vez

En agosto de 2017, en el pueblo de Charlottesville en Virginia, luego de que una marcha de grupos supremacistas bautizada ‘Unite the Right’ (Unamos la derecha) terminara con enfrentamientos con grupos antifascistas y la muerte de Heather Heyer atropellada por un simpatizante neonazi, el presidente aseguró que había “buenas personas” en ambos lados, haciendo un imposible paralelo entre promotores del racismo y defensores de los derechos humanos.

Esa declaración ha perseguido a Trump durante toda su presidencia y se acumuló con la tibieza con la que se distanció en la campaña del exlíder del Ku Klux Klan, David Duke quien en 2016, asegurando estar “muy contento de ver a Donald Trump y la mayoría de los estadounidenses abrazar la mayoría de los problemas que he defendido durante años”, se lanzó a buscar un puesto en el Senado por Louisiana, empresa en la que fracasó.

Se trata de un candidato que empezó su campaña en 2015 acusando a los mexicanos de ser violadores, que como presidente una de sus primera medidas fue imponer una veda migratoria que muchos aseguran que solo busca mantener a los musulmanes fuera del país y que en una reunión con senadores se preguntó por qué EEUU debía favorecer a inmigrantes que vienen de “países de mierda”, en vez de poblaciones nórdicas europeas.

Trump saltó a la escena política en 2009 cuando capitaneó el llamado movimiento de los ‘birthers’, aquellos que ponían en duda que el presidente Barack Obama hubiera nacido en Hawaii, sospechaban que era de Kenia y exigían la presentación de su partida de nacimiento para poder considerarlo un presidente legítimo.

De acuerdo con una encuesta de Quinnpiac publicada en julio de 2018 la mitad de los consultados aseguraban que Trump es racista. Otro trabajo previo de AP, de febrero de ese año, ponía la cifra en 60%.

El problema para el presidente y sobre todo para su equipo que, como dijo Mulvaney, tiene que salir cada tanto a negarlo, es que sus declaraciones y la falta de una condena directa contra movimientos supremacistas radicales no ayudan a cambiar la percepción colectiva.

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