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Pobreza

El Fanguito: la vida en un barrio "lleva y pon" de La Habana

Entre el acomodado Vedado y el contaminado río Almendares, El Fanguito es un barrio de La Habana donde las mayoría de sus casas son los rudimentarios "llega y pon", armatostes nacidos del ingenio que impone la precariedad.
19 Mar 2016 – 3:32 PM EDT

Por Abraham Jiménez Enoa @JimnezEnoa, desde La Habana - Revista El Estornudo*

A sus 89, José sabe dónde está todo. Al menos, lo imprescindible. Sabe que al costado de su cama húmeda encontrará un fósil de ventilador que aún gira y simula echar aire. Sabe que sobre la mesa destartalada y sucia en la que reposa el ventilador está su fiel escudero: un viejo radio. También sabe que cuando sus pies se afinquen en el suelo fangoso tendrá que evadir las cuevas de cangrejos que inundan la casa.

Cuando José se baña no puede ver su cuerpo de carbón enjabonado. Calienta el agua en una calderita de metal que coloca en la hornilla eléctrica. Cocina, friega, lava y tiende, guiado apenas por el tacto. José vive solo, en El Fanguito, uno de los barrios más indigentes de la ciudad. Y tiene la suerte, por crudo que parezca, de no ver lo que le rodea.

El Fanguito, enclavado en los límites del elegante Vedado, es la otra cara de la moneda. Islote en tierra, paraje del que solo salen y entran sus propios habitantes. Un sitio al que no hay que ir a buscar nada, salvo si se quiere ver de cerca el estado de putrefacción del río Almendares o, durante los lunes, algún que otro ensayo de la orquesta de música popular Charanga Habanera.

En El Fanguito hay apenas una calle, la calle 30. El resto son recovecos que nacen de esa vía central y que se tuercen para enlazarse y formar pequeños pasajes internos, comunicados unos con otros. Laberintos de madera podrida y zinc oxidados que han sido levantados como viviendas y se abrazan tendidamente. También hay casas de mampostería, pero son unas pocas, las privilegiadas.

Queda la impresión de que la calle 30 es el cerco, la franja que marca el verdadero límite del Vedado. De 30 hacia adentro, como quien busca el apacible olor a río, todo concluye. De 30 hacia afuera, como quien busca el humo citadino, todo comienza.



Hacia la avenida 23, El Fanguito colinda con una iglesia adventista y con la Brigada Especial Nacional del Ministerio del Interior. A su vez, el río Almendares convive con el astillero Chullima, que entronca con la Fábrica de Arte Cubano (FAC) y con el restaurante El cocinero. Más abajo, antes que el Almendares desemboque, hay un puente de hierro que une la aburguesada barriada de Miramar con Vedado.

Con delicadeza uno pudiera meter la mano en una maqueta y rasgar El Fanguito, levantarlo en peso. Su hacinamiento lo permite. Está tan aislado, tan volcado sobre sí mismo, tan envuelto en mugre, que lo único que lo salva es el Almendares. Aunque quizás sea ese su castigo: despertar, vivir y morir a la orilla del río.

***

En 2009, José se percató de que su ojo izquierdo no era el mismo de antes. Cuando enfocaba, solo veía imágenes borrosas, siluetas grises a medias. Una catarata comenzó a taparle la visión y tuvo que operarse de inmediato. Seis meses después, se operó también el ojo derecho.

Los doctores le habían recomendado reposo absoluto, pero la única compañía de José es una gata mariposa de tres colores, por lo que tuvo –tiene– que cargar el agua desde el patio hasta el baño en una tanqueta plástica de veinte litros. Tuvo que apuntalar, más de una vez, su endeble casa de madera en tiempos de ciclón para evacuarse en un albergue con todos sus vecinos. Tuvo que regresar tras el ciclón –más de una vez– y encontrar la casa sin techo y treparse con maderas sobre los hombros para volver a construir. Tuvo –tiene– que ir y venir de la bodega con una jaba repleta de frijoles, arroz, y azúcar prieta y blanca.

José no pudo –no puede– reposar un instante, pero no fue la miseria, sino la soledad, quien terminara cegándolo.

–Mi mujer y mi hijo se cansaron de vivir con un viejo y se fueron a Santiago de Cuba –dice con tono de reproche, sin aclarar el verdadero motivo de tan intempestiva fuga.

José vive en El Fanguito desde hace veintisiete años y siempre las casas se han besado unas con otras, sin pudor. Aquí la privacidad no existe. En el barrio solo hay dos o tres propiedades independientes que escapan del reguetón y los toques de santo; melodías pegajosas que se cuelan entre las paredes de madera y zinc.

La inmensa mayoría de las casas de este barrio son los llamados “llega y pon”. Armatostes nacidos del ingenio que impone la precariedad. El “llega y pon” es la esencia de la carestía, el estandarte de los inmigrantes cubanos que abandonan sus provincias para instaurarse en La Habana en busca de un respiro para sus vidas. Escasos metros cuadrados y un poco de techo que solo sirve para no verle las estrellas a la noche.



–Hace 22 años que construí mi casa. Me demoré dos meses y un día –dice José.

Pero bien que podríamos creerle si hubiese dicho que la construyó hace una semana.

–Trabajé en una microbrigada de la construcción y pude resolver algunos recursos. El edificio que hacíamos iba a demorar veinte años en terminarse. No podía aguantar todo ese tiempo para tener lo mío.

Así nació el domicilio de José, una cueva en penumbras donde no existe la luz eléctrica y que solo se ilumina en las mañanas y las tardes, cuando el sol se cuela entre los orificios de las paredes y el techo de madera podrida. Y alumbra, el sol, lo que ya José no puede ver: una cama con un colchón putrefacto por la humedad, cualquier cantidad de objetos inservibles desperdigados por el suelo fangoso, largos trozos de nylon colocados por aquí y por allá y que sin embargo no alcanzan para contener la lluvia que penetra sin clemencia y deja todo derruido, con un hedor insoportable.

En la casa, el agua apenas se asoma por la pila del patio. El baño es indescriptible.

***

Justo frente a la casa de José hay un vertedero –unos cuantos metros cuadrados de hierba mala– que bien pudiera ser el punto cero de El Fanguito. En ese pasto verde, donde a veces husmea un rebaño de carneros, las familias de El Fanguito cuyas casas no tienen baño arrojan bolsas y jabas repletas de heces.



No les queda alternativa. Prefieren no lanzarlas al ya contaminado Almendares, donde algunos niños se bañan en las tardes de fin de semana.

–Hace poco murió un muchacho porque se infestó en el río. Tenía una herida en un pie y no duró tres días en el hospital –dice Nilda.

Nilda tiene 50 años y toda su familia nació en El Fanguito, no emigró del Oriente del país como la inmensa mayoría del barrio. Es una mulata bonachona, con mística, y sendos collares de Oshún y Obbatalá. Tiene aires de cacique y todos la conocen, porque entre 2005 y 2009 fue Delegada del Poder Popular.

En las afueras de su casa, a toda hora, bajo una frondosa ceiba, se reúnen muchos de los vecinos a conversar. La gente se acomoda entre las raíces del árbol o en el suelo, y Nilda en una silla plástica.

–Aquí la población vive en condiciones precarias. La mayoría son personas adultas, y su única entrada de dinero es la chequera de jubilación. Antes, el Estado nos ayudaba con donaciones, eso ya no existe. Nadie viene a ver qué comemos, cómo vivimos, cómo penetra el río.

Se estima que los Censos de Población y Vivienda que realiza el Estado cubano para supervisar a los ciudadanos y sus correspondientes condiciones de vida sean quinquenales. El último se realizó en 2011, y El Fanguito no fue tomado en cuenta, probablemente porque el Censo anterior, en 2005, delató que de las 199 viviendas censadas solo una estaba debidamente legalizada.

–Esto es un barrio atípico. Nadie tiene la propiedad de sus casas, pero el Estado nos exige pagar la electricidad, el gas manufacturado, el agua. En los papeles del gobierno estamos inscritos como barrio con tendencia a desaparecer, por eso nunca nos dieron propiedad de nada. Aparecemos como personas que están albergadas desde el triunfo de la Revolución –dice Nilda.


Del 2005 a la fecha, la densidad poblacional de El Fanguito aumentó notablemente, las condiciones de vida de sus habitantes siguen siendo pésimas, y aún no hay una respuesta gubernamental. Hace décadas hubo un atisbo de ilusión. Los pobladores del vecindario, apoyados por el gobierno municipal, se enrolaron en brigadas de construcción para edificar sus propios apartamentos en el Vedado y, aunque tomó más de veinte años, lograron terminar cinco edificios.

Un aproximado de 110 personas escapó de El Fanguito.

–Fue un alivio más bien emocional. La gente vio cómo después de tanto esfuerzo por fin tenían lo suyo. Pero todo siguió igual. Fue tanta la demora que en esos veinte años las mismas familias se ampliaron y tuvieron que dejar a otros familiares en las casas de aquí, con las mismas malas condiciones.

En 2007, pareció llegar la verdadera salvación. A Nilda le informaron que una comisión gubernamental encabezada por Carlos Lage –por aquellos días Secretario del Comité Ejecutivo del Consejo de Ministros y Vicepresidente del Consejo de Estado– se encargaría de llevar a cabo un proyecto denominado Fanguito, el cual remodelaría las inmediaciones de la ciudadela.

El proyecto comprendía el embellecimiento de la zona y la donación de materiales de la construcción a las familias necesitadas, así como el saneamiento del río Almendares. Según Nilda, “lo principal era darle una estructura al barrio”.

Se pensaba asfaltar las calles y parcelar la tierra en los descampados. A la orilla del río –la zona más crítica– se levantaría un muro, como un pequeño malecón, para separar las viviendas del agua, y en las zonas adyacentes se construirían especies de miniparques con bancos y árboles frutales que se encadenarían con el Parque Metropolitano de La Habana, además de crear muelles y varaderos para las pequeñas embarcaciones de los pobladores de la comunidad.



Al final, nada se concretó. En 2009, al año y medio de presidencia interina, Raúl Castro llevó a cabo su primera acción política de envergadura: la destitución de once de sus ministros y altos dirigentes. Entre ellos se encontraban el canciller Felipe Pérez Roque y Carlos Lage, quienes abandonaron la cúpula directiva del país por la puerta de fondo.

En una de sus reflexiones, Fidel Castro comentó: “la miel del poder por el cual no conocieron sacrificio alguno, despertó en ellos ambiciones que los condujeron a un papel indigno”.

Un golpe al mentón a los habitantes de El Fanguito.

–Se fue Lage –dice Nilda– y más nada se hizo. Todo fracasó. Dejé de ser la Delegada.

Ya nadie habla del proyecto Fanguito, pero Nilda aún conserva los papeles, como quien guarda una reliquia sabiendo que la reliquia no vale nada, solo el recuerdo de lo que fue.

–Le hemos pedido terrenos inutilizados a la dirección de Planificación Física del Gobierno Municipal. Y como nunca nos han respondido, hemos decidido construir sin permiso, pero siempre viene la policía y nos desaloja.

Varias veces, Nilda y otros vecinos han tenido que presentarse en la Estación de Policía de Zapata y C, en Vedado, por intentar levantar paredes de bloques en la zona del vertedero.

La resolución 123 de la Ley General de la Vivienda, emitida por la Gaceta de Cuba el 6 de enero del 2014, plantea que todas aquellas personas que viven en condiciones precarias y zonas de peligro de inundación serán priorizadas por el Estado conforme a la legislación vigente. En la práctica, no ha sido así.

–Desde que salió la resolución, hemos entregado solicitudes al director de Planificación Física y todavía estamos en espera de una respuesta. Ni siquiera nos han dado un subsidio para construir porque no somos propietarios legales de nuestras viviendas –dice Nilda, con roña.



Como fiel hija de Oshún, hasta hace bien poco Nilda vivía en la orilla del río. Pero se cansó de que la casa fuera una costra de humedad y no quiso seguir supeditándose al Almendares. Que, cuando le viene en gana, se desborda y secuestra a los que viven en sus márgenes.

–Hace unos años el agua no subía tanto. Ahora esto es una locura, cada vez sube más. La situación es alarmante porque se ha vuelto diaria.

Cuando el Almendares se precipita, penetra en el vecindario como un inmigrante más que busca cobijo. Cuando se retira, todo lo que deja es fango, casas que se mecen sobre un pantano. El agua puede llegar hasta las rodillas y los niños dejan de ir a la escuela. Aunque, si la situación no es demasiado grave, y el fango no los cubre, los niños se remangan el pantalón, levantan las mochilas de libros por encima de sus cabezas y avanzan descalzos, con un trapo viejo en los bolsillos para, una vez fuera, limpiarse los pies, ponerse las medias y los zapatos e ir a estudiar.

–Las noches son las peores, se han visto cocodrilos y clarias (un pez depredador que puede permanecer vivo fuera del agua) enormes –dice Nilda, ya mudada–. Prefiero estar prácticamente al aire libre que estar cerca del río. Ahora no me mojo por abajo, me mojo por arriba.

La nueva casa de Nilda casi no tiene techo. Es una casa descapotable.

***

En el Fanguito, muy pocos trabajan para el Estado. A cualquier hora del día la gente va y viene por sus calles, o descansan en los contenes de las aceras. Los adolescentes viven trepados en los techos atendiendo sus palomares. Criar palomas es el deporte nacional de la ciudadela. Los perros vagabundos deambulan y te miran fijo a los ojos.

El consumo del gas manufacturado es uno de los problemas más serios del vecindario. El Estado le asigna una balita metálica de treinta libras a los núcleos familiares que no cuentan con instalación de gas, y el alquiler mensual cuesta 400 pesos Moneda Nacional, más 120 por el embotellamiento.


Por lo general, los núcleos familiares son de diez personas. Tres, cuatro y hasta cinco cuartuchos a los que el gas no les alcanza.

–La gente compra las balitas por fuera de lo establecido, o a personas que viven solas y necesitan una entrada de dinero –dice Nilda–. Casi todo el mundo cocina en hornillas eléctricas o de luz brillante (querosene). Hubo un tiempo en que esto era un polvorín. Como las casas están pegadas, cuando a alguien se le volaba la luz brillante, el barrio entero se incendiaba.

José es uno de los que vende su balita a otras familias. Cambia la potencia del gas por el calor lento y suave de las cocinas eléctricas; un poco de comodidad por algo de dinero. Un paliativo al bolsillo, un apoyo a los 192 pesos de chequera que todos los meses le entregan y que alcanzan para casi nada.

Hace más de un año que los trabajadores sociales de la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social no le tocan la puerta. Han ido a visitarlo, han tomado sus datos, pero la situación de José no ha variado. Le prometieron un crédito bancario para comprar materiales de construcción y reparar la casa. Nunca llegó. Le asignaron un trabajador social para que de ocho de la mañana a cinco de la tarde lo ayudara en las labores de la casa. Nunca fue.

–La última vez que me dieron algo fue hace dos meses –dice–. Diez jabones de lavar y tres de baño.

En la Dirección Municipal de Trabajo y Seguridad Social del municipio Plaza de la Revolución –entidad encargada de El Fanguito– hay 90
plazas para trabajadores sociales y solo 56 ocupadas. Cada trabajador social atiende cuatro circunscripciones, que suman más de 2 mil personas, y significa, a su vez, que un trabajador social pasa y no vuelve hasta los tres meses.

–No hay prioridad en la atención, todos los lugares son importantes –dice Yaima Faéz, subdirectora del Departamento de Asistencia Social, quien atiende tanto a los núcleos de vivienda con bajos ingresos económicos como a los individuos sin ningún tipo de ayuda familiar.

El Departamento de Asistencia Social cuenta con un presupuesto asignado para ciertas compras.

–No es un módulo que tenga una frecuencia fija de entrega ni tampoco se le otorga siempre a las mismas personas. Lo que está establecido entregar es inmobiliario (cama, colchón, cuna, sabanas) y ropa y zapatos.

El Estado dicta que cada trabajador social debe encargarse de más de 600 familias, pero la falta de personal disponible atenta contra esa cifra. No hay manera, pues, de garantizar la ayuda necesaria a los asistenciados. Según Faéz, las causas están en que “el salario es muy bajo, un trabajador social gana 335 pesos cubanos. Si cambiamos la perspectiva, los trabajadores sociales son los que más trabajo pasan, por eso es que duran en sus puestos tres o cuatro meses a lo sumo”.

***

José solo puede tomar agua fría al mediodía, cuando, bastón en mano, sortea baches y charcos hasta el comedor de asistenciados El río, unidad básica de gastronomía que pertenece al sistema de Atención a la Familia.

En el comedor hay cuatro mesas de hierro, cada una con cuatro sillas, y un televisor pantalla plana que reproduce música romántica. El calor ambiental se mezcla con el vapor y el humo de unas enormes calderas expuestas al fuego.

Desde hace diez años, El río le brinda almuerzo y comida a 51 ancianos de El Fanguito. Veinte están registrados como asistenciados de la comunidad, por lo que abonan una peseta en cada visita. El resto paga un peso.

–La nueva administración ha mejorado mucho la comida. Antes no se veía la grasa, todo era hervido y salcochado. El pollo era un picotillo lleno de huesos. Un 26 de julio el administrador se llevó los dos puercos que nos dieron. Todo el mundo tiene necesidad, todo el mundo tiene que raspar, pero que se lleve un pedazo, una pierna, no dos puercos enteros –dice José.



Desde que los ancianos llegan al comedor no paran de quejarse. El bullicio no cede. José bebe su agua fría en vaso de cerámica, degusta un pan desabrido, y come los alimentos específicos del día. Después de almorzar, José se marcha. No tropieza con nada, sabe dónde hay un desnivel en la acera, dónde está el poste de luz inclinado y dónde los tanques de basura se desbordan y le impiden el paso.

–Nunca me he caído. Siempre ando solo, con mi bastón que me dieron en la iglesia, ese es mi guía.

José llega incluso hasta Paseo y Línea –banco donde cobra la chequera–, a casi dos kilómetros de El Fanguito.

Su único entretenimiento es cazar cangrejos dentro de su propia casa. En el piso, de un fango endurecido con el tiempo, los cangrejos han encontrado una cómoda madriguera para instaurarse. En El Fanguito, solo hay que cavar treinta centímetros de tierra para toparse con el agua del río. Sitio idóneo para que los cangrejos procreen y se esparzan en decenas de cuevas.

José se guía por el chasqueo de las muelas de los cangrejos y los persigue escoba en mano.

–Arman conciertos, a cada rato tengo que callarlos. Una vez hicieron una cueva en la que me cabía el pie y tuve que emparejar la tierra con una pala. Calenté una ollita con agua y se la zumbé. De ahí no salió un cangrejo más.

Contra los ratones también tiene un antídoto: su gata Misun.

–Es una vampira, no deja que los ratones me mortifiquen. Ella siempre quiere salir conmigo, pero no la dejo, me da miedo, aquí hay muchos perros.

Del cuello de José cuelga un trapo rojo con dos llaves: una de la puerta de su casucha y otra de un candado con óxido que finge seguridad.

–¿Qué me van a robar? –se pregunta.

Y tiene razón. Cuando José entra, o sale, sus dedos turbados se enrolan en una batalla campal donde la victoria pasa por hallar la cerradura. Pero es, al final, un gesto de paz consigo mismo. A sus 89, con una casa que no es casa, José vive en todos y en ningún lugar.

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