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Tengo visa de estudiante y vivo en EEUU: la incertidumbre es la nueva normalidad

Mientras cursa el máster de periodismo bilingüe en la Newmark J. School en la Universidad de la Ciudad de New York (CUNY) y hace pasantías de reportero en Univision Noticias, Óscar recibió la noticia de la nueva regla que aplica para su condición de portador de Visa F-1: puede ser deportado si la educación sigue online por la pandemia. ¿Deportado yo? ¿Qué hice? Se pregunta.
Opinión
Periodista y estudiante del máster bilingüe de Periodismo en la Universidad de la Ciudad de Nueva York (CUNY).
2020-07-08T11:35:28-04:00
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Los estudiantes extranjeros viven la incertidumbre de la nueva medida tomada por el gobierno. Crédito: ROBYN BECK/AFP via Getty Images

El lunes por la tarde, después de enterarnos de que ICE cancelará las visas de estudiantes extranjeros cuyos programas sean virtuales, mi pareja y yo nos reímos. Fue una risa nerviosa, incrédula. ¿Deportarnos? ¿A nosotros? Imposible. Impensable. Tú estudias un doctorado en Yale, yo una maestría en The City University of New York (CUNY). Ambos tenemos becas. Tú llevas tres años aquí y te sientes contento y realizado, aunque a veces triste porque te has perdido de cosas en Quito, Ecuador. Cosas que te importan: la compañía de tu abuela, el primer año de universidad de tu hermana. Yo estoy por cumplir un año y también estoy contento, realizado, aunque no me sentí así apenas vine. Llegar a esta estabilidad —a esta sensación de haber encontrado un cauce— costó. Nos costó mucho. Tuvimos que mudarnos, (re)adaptarnos, insistir.

¿Deportarnos? ¿A nosotros? ¿Por qué? ¿Qué hicimos?

Ayer por la noche, luego de haber leído y visto más noticias, nos reímos menos. Cenamos y, en lugar de ver otro capítulo de la serie que vemos, enfrentamos nuestros propios terrores. Me dijiste, como una broma bastante seria, que quizá debamos buscar un tercer país: regresar al nuestro, ahora mismo, es un disparate. Me dijiste —como sueles decir las cosas más importantes: como si nada— que irse sería una pena porque tú planeas —¿planeabas?— hacer tu carrera académica aquí. Para no ahondar en esa angustia, yo te conté que una compañera de curso me dijo que no me tengo que ir a ningún lado, no way, que su familia me va adoptar, que no tema. Tus amigos cubanos también te habían dicho, con cariño y preocupación, que de aquí nadie se va. Mi padre, mientras, me había dejado un mensaje de voz desde Quito: “Querido hijo, estoy preocupado. Acabo de leer la noticia de las deportaciones de estudiantes”.

Deportarnos. Devolvernos. Expulsarnos. Solo se devuelve lo que no vale: lo inútil.

Hoy en la mañana, sin haber dormido bien, te pregunté si esto va en serio, si de verdad tenemos que irnos. Tú estabas tranquilo, optimista. Ambos confiamos en el respaldo de nuestras universidades. La mía, hasta donde sé, planeó una reunión de emergencia para evaluar todas las opciones y hoy, hasta al final de día, sabré bien cuál es el panorama. Espero. Ayer, en la reunión virtual que tuviste, las autoridades de tu universidad empezaron pidiéndote disculpas. A ti y a tus compañeros. Dijeron que nadie había anticipado esto. Dijeron que aún no hay nada claro. ¿Algo lo ha estado en estos últimos meses? Pocas cosas, ninguna muy great: racismo, desigualdad, una pandemia incontrolada entre tanto hipercontrol.

Tú también tienes una certeza que es chistosa porque es verosímil: si de verdad tenemos que irnos, las aerolíneas, ante tanta demanda, subirán los pasajes. A fin de cuentas, eso es lo único que quieren, ¿no? Que la economía se reactive, que la pandemia no enferme al dinero, al crédito, al establishment. Trump es un gran glóbulo blanco protegiendo la impunidad de este sistema.

A ti, bastante más que a mí, te asusta la idea de volver a clases en persona. Implicaría tomar riesgos: tomar el tren, el metro, entrar en contacto con otros; todo lo que no hemos hecho desde marzo. Implicaría la posibilidad de enfermarnos y de tenernos solo el uno al otro en caso de ir a un hospital. El hospital es y ha sido tu límite en este tiempo. Hasta ahí llegan tus elucubraciones. Prefieres no pensar qué sucedería más allá de la entrada al hospital que queda a diez minutos de nuestra casa. Lo mejor, me sugieres, es seguir haciendo lo que hemos hecho: esperar, persistir y confiar. En nosotros. En los méritos por los cuales llegamos hasta aquí. Lo ideal, me aconsejas, es no pensar en lo que nos quieren hacer pensar con este anuncio: que somos menos, que no importamos. Que no haber nacido aquí es una afrenta, un deshonor. Un peligro.

Mejor acostúmbrate, me dices con entereza, la incertidumbre es nuestra nueva normalidad.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es). Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.


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