null: nullpx

Se fue el comandante y mandó a parar

“Son más las interrogantes que las respuestas y es muy pronto para saber qué ocurrirá en la isla. Cuba debería entrar en un periodo de reflexión seria para pensar en un futuro de cambios paulatinos”.
Opinión
Escritor, profesor en Tufts University. Su última novela es Tierra Roja. La novela de Lázaro Cárdenas (Planeta, 2016).
2016-11-26T10:47:54-05:00


¿Cómo no pensar en la muerte de Fidel a los noventa, en su cama, de viejo, y no en alguno de los más de seiscientos atentados como un signo de estos tiempos en donde la normalización de las relaciones con la isla está en veremos con la llegada de Trump a la Casa Blanca? ¿Cómo no pensar que algo se acaba con él, no el siglo XX, como dicen en las redes sociales, sino en el discurso y el tiempo de la utopía?

Se va, lo proclaman a todos los vientos, el último revolucionario. 47 años de poder en la isla completan un retrato que no es solo el del barbudo de Sierra Maestra con Camilio Cienfuegos o el Ché, quien encarna ese mito al haber muerto en plena guerrilla y con el bello cadáver de la juventud. Se ha ido más bien uno de los hombres más interesantes y polémicos del siglo XX. La polarización de las respuestas a su fallecimiento así lo prueba. En la Pequeña Habana, en Florida, empezaron los cantos desde la madrugada y se escuchaba: “Raúl, tirano, vete con tu hermano”, en medio de la indudable fiesta. Media humanidad lo repudia y la otra media lo celebra. Pocas personas pueden decir eso. El joven abogado que en 1950 –había nacido en 1926, tercero de siete hermanos– abrió su bufete después de haber participado en la expedición para derrocar a Rafael Leonidas Trujillo, el dictador dominicano, iniciaba una lucha revolucionaria que lo llevaría a tomar el cuartel Moncada en 1953 y a exiliarse en México desde donde planearía el asalto final a Fulgencio Batista y su regreso en 1956 a bordo del mítico Granma.

El líder que tomó el poder abanderado con José Martí no es el mismo que enfermo dejó el poder en manos de su hermano Raúl. Había claudicado rápidamente en él el demócrata –si es que lo hubo– en su famosa declaración: “Primero la revolución, luego las elecciones” que había prometido en dieciocho meses. El discurso y la arenga pública y la televisión estatal fueron las armas con las que gobernó con mano dura, durísima, una isla que vio años de prosperidad y sobre todo de salud y educación universales, con un índice cero de analfabetismo, cosa que también pocos gobernantes pueden presumir. Tres generaciones de cubanos vivieron bajo su égida, en un país dirigido con la oratoria del discurso eterno y la mitificación personalista y carismática del líder único.

Pero también el quinquenio gris, el éxodo del Mariel, el fusilamiento de militares opuestos a él como el general Arnaldo Ochoa y la cárcel para los disidentes marcan el casi medio siglo de su periodo como gobernante que no pocos llaman dictadura. ¡Socialismo o muerte! ¡Hasta la victoria, siempre! Esas frases que escuchamos a lo largo de las décadas de Fidel en el poder, estuvieron muchas veces marcadas por la situación exterior y la presión internacional. Si ya tan pronto en 1961 la isla tuvo que defenderse de la invasión de Bahía de Cochinos y luego, defenderse de un ominoso e injusto embargo que ni siquiera con el restablecimiento de las relaciones ha dejado de tocar la vida cotidiana de cada cubano dentro y fuera de la isla.

Hoy, ya muerto, las preguntas de una transición de aperturismo controlado, siguen abiertas. ¿Raúl Castro virará realmente hacia elecciones libres? Son más las interrogantes que las respuestas y es muy pronto para saber qué ocurrirá en la isla. Cuba debería entrar en un periodo de reflexión seria para pensar en un futuro de cambios paulatinos que permitan que tales modificaciones tengan sentido. ¿Cuál será el modelo, el del capitalismo de Estado que las reformas de Raúl han permitido, todavía con control central o el de una democracia soberana medianamente parlamentaria?

Estos serán días de duelo y de honra funeraria. Cuando se termine ese periodo seguramente repleto de discursos habrá que sustituir con acciones las palabras. Mientras tanto no podemos dejar de pensar en el símbolo de esa utopía o ese sueño de un mundo mejor que hoy, tristemente, parece sepultada. El legado de Fidel, en cambio, solo podrá sopesarse dentro de varias décadas, cuando la isla sea muy otra que la que él pensó.

Cuba y los cubanos lo merecen.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

RELACIONADOS:OpiniónMuertesFidel CastroCubaDemocracia
Publicidad