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Distintas expresiones tras el triunfo de López Obrador

“No son lo mismo los discursos de campaña, que los que se producen el día después de la elección. No es lo mismo ser candidato que ser gobernante (el expresidente Fox es el más claro ejemplo de ello: excelente candidato, presidente muy cuestionable)”.
Opinión
Profesor-investigador de la Universidad Autónoma de la Ciudad de México.
2018-07-10T17:50:49-04:00

Pasada poco más de una semana del triunfo de López Obrador (AMLO) en las elecciones presidenciales del 1 de julio en México, lejos de asentarse los ánimos siguen las especulaciones y sobre todo la incertidumbre. En este ambiente postelectoral se manifiestan al menos cuatro grados de expresión política:

El primero es el discurso de un sector de los seguidores de AMLO –en el que existen pequeñas variantes–. Su optimismo quizá sea comparable –solo en parte– al vivido en julio de 2000, cuando por primera vez perdió el Partido Revolucionario Institucional (PRI). A la distancia podemos evaluar lo que pasó: frustración, decepción y lo que en términos prácticos fue la alineación del entonces presidente Vicente Fox con los modos de ejercicio de poder del PRI, cuando no a su confusión con éste. El optimismo actual es semejante en cuanto a la posibilidad de los cambios que advienen, pero distinto en cuanto la configuración de ese sentimiento poco frecuente en la opinión pública: la sensación de esperanza. El reto del actual ganador es mayor, porque si bien con Fox había un alta expectativa que finalmente se frustró, hoy existe la creencia en un cambio en los modos de ejercicio del poder. ¿Se dará realmente? No hay forma de saberlo ahora.

Hay un segundo discurso, caracterizado por un rechazo hacia la personalidad de López Obrador y a la idea de país que su grupo representa. En este encontramos desde comentarios ofensivos contra AMLO hasta expresiones de corte clasista, que reproducen la percepción de una sociedad tremendamente desigual en la que el triunfo de AMLO puede leerse –de manera muy imprecisa– como una especie de triunfo de “pobres contra ricos”. Este discurso secunda lo que fue el mensaje electoral de los partidos Revolucionario Institucional (PRI) y Acción Nacional (PAN) con respecto a que López Obrador era un peligro. Desde 1988, y más propiamente en 1994, cuando la “izquierda” tenía posibilidades de triunfo, el discurso oficial era que Cuauhtémoc Cárdenas (en 1994 y 2000) y luego AMLO (desde 2006) suponían un atentado contra la seguridad y la estabilidad económica. Y en la actual campaña se agrego la presunta relación de López Obrador con el ex presidente venezolano Hugo Chávez y con la crisis en la que ahora está inmerso ese país.

La tercera modalidad expresiva es quizá la más compleja, por su equilibrio racional y porque en realidad agrupa tanto a simpatizantes como a críticos del actual ganador. Estamos ante un optimismo muy moderado que parte de comprender y analizar las características del liderazgo AMLO: insistente, no tan carismático, pero que supo vender el argumento de la esperanza a millones de votantes. Es la idea de un AMLO cercano a un caudillo sin serlo plenamente y en el que se percibe una tentación autoritaria que huele a pasado, al viejo PRI del que viene. Al saberse ahora que tendrá la mayoría en las dos cámaras, se encienden las alarmas por el cúmulo de poder que incluso le permitiría hacer cambios a la Constitución. Vinculada a esta crítica hay la preocupación por su desprecio de ciertos sectores de la “sociedad civil organizada”, su actitud no necesariamente sensible ante la discusión en torno al artículo 102 de la Constitución y la elección de un fiscal general de la nación verdaderamente autónomo. También hay el temor a un pacto de impunidad con los gobernantes salientes –que por otra parte siempre ha existido en el sistema político mexicano– y de manera particular con el principal enemigo discursivo de López Obrador (la “mafia del poder” y particularmente el expresidente Carlos Salinas).

Habría que añadir un cuarto acento o inflexión en el ánimo y en el discurso. En estos días postelectorales se ha dado un viraje en la actitud de algunos grupos específicos –así como de algunos empresarios muy críticos durante la campaña– que ahora aparecen entre abrazos y risas con el ganador de la elección. Y a ello hay que añadir académicos y líderes de opinión en los medios tradicionales que cambian su actitud y opinión. No hay que ser doctor en ciencia política para reconocer un claro giro pragmático de algunos poderes fácticos. El poder es así y nos recuerda, independientemente del sesgo u orientación, que en el mundo político no hay amigos (o enemigos) sino intereses.

En suma, tiempo de reflexión y de posible cambio en los órdenes del ejercicio del poder. No son lo mismo los discursos de campaña, que los que se producen el día después de la elección. No es lo mismo ser candidato que ser gobernante (el expresidente Fox es el más claro ejemplo de ello: excelente candidato, presidente muy cuestionable). El ejercicio del poder desgasta y la “luna de miel” con el nuevo presidente, una vez que tome posesión, podría durar, según los analistas, tres meses. Solo después comenzarán otras preguntas o las primeras respuestas a lo que ahora solo es una suma de estados anímicos: algarabía, optimismo y júbilo, enojo, malestar, rencor social (descendente), crítica, ánimos moderados y observación, interés, conveniencia y llano pragmatismo.

Nota: La presente pieza fue seleccionada para publicación en nuestra sección de opinión como una contribución al debate público. La(s) visión(es) expresadas allí pertenecen exclusivamente a su(s) autor(es) y/o a la(s) organización(es) que representan. Este contenido no representa la visión de Univision Noticias o la de su línea editorial.

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