null: nullpx

Sembrados de coca crecen en Colombia mientras la paz se acerca

Según la ONU, Colombia es de nuevo el mayor cultivador de coca en el mundo. ¿Tiene esto algo que ver con en el proceso de paz que el gobierno adelanta con las FARC?
19 Jul 2016 – 4:23 PM EDT

Colombia ha vuelto a ocupar el primer puesto como mayor productor de coca del planeta, según un nuevo informe de la oficina de la ONU contra la Droga y el Delito (UNODC). El resultado es particularmente llamativo si se tiene en cuenta que durante los cuatro años de diálogos de paz entre el gobierno y las FARC los cultivos han crecido paralelamente.

En 2012 había 48,000 hectáreas de sembradíos y, según el nuevo informe del Sistema Integrado de Monitoreo de Cultivos Ilícitos (Simci), de 2014 a 2015 esos cultivos aumentaron 39%, al pasar de 69,000 hectáreas a 96,000. Con esa cifra –no registrada desde el 2007– Colombia se volvió a situar en el primer lugar, por encima de Perú y Bolivia, lo que lleva también a un incremento en la producción potencial de cocaína.

El informe, basado en imágenes satelitales, demostró que a pesar del crecimiento general, los cultivos se han concentrado en menos regiones. De los 32 departamentos que hay en Colombia, en sólo cinco se encuentra el 81% del total de hectáreas donde se cultiva la coca. Estos son: Cauca, Nariño, Putumayo, Caquetá y Norte de Santander, casi todos en zonas fronterizas y con poca presencia del Estado.



Tras conocerse los resultados, el ministro de Defensa colombiano, Luis Carlos Villegas, atribuyó el aumento de los cultivos a la suspensión de la fumigación aérea (2015 fue el año con menor aspersión aérea reportada), a factores climáticos (la coca resiste mejor que otras plantas la sequía del fenómeno del Niño) y “al estado de la aspersión en parques naturales y en la jurisdicción indígena”, que tienen unas prohibiciones “legítimas”.

Por su parte, opositores al gobierno aseguran que éste ha reducido la presión en la erradicación para no tensionar el proceso.

Otros creen que los campesinos se han sentido impulsados a cultivar para recibir beneficios del gobierno. Una de las hipótesis que sugieren los investigadores Juan Carlos Garzón y Julián Wilches es que las FARC hayan incitado "a sembrar coca con el argumento de que las comunidades que lo hagan podrán beneficiarse de los programas de sustitución en una eventual aplicación de los acuerdos de paz. Diversas fuentes en el terreno han confirmado esta versión y señalan que los habitantes han recibido el mensaje de que cultiven más coca para recibir beneficios del gobierno".

Pero también entran en juego factores como la caída del precio del oro, lo que habría llevado a familias a cultivar coca.

Los campesinos y la guerra contra las drogas

A medida que se acerca el acuerdo sobre el fin del conflicto crecen las dudas sobre cuál será la estrategia para enfrentar el problema de las drogas en Colombia, uno de los cinco puntos que se negociaron con las FARC. Para el ministro de Defensa, la solución en los territorios donde se concentra la mayor parte del cultivo “no debería estar centrada en la sustitución de la coca, sino más bien en el desarrollo de los territorios en ámbitos como la construcción de vías, la transferencia tecnológica, el capital humano, la mejora de las redes asociativas y la construcción de una visión de futuro”.

Como parte de las negociaciones de paz se creó el ‘Programa Nacional Integral de Sustitución y Desarrollo Alternativo’ para separar a unas 64.000 familias, mayoritariamente pobres, del comercio de la planta y sus derivados. La pregunta es cómo lograr que el trabajo de los campesinos sea sustituido legalmente y sea igual de rentable al de la recolección de la hoja de coca, del que miles de familias dependen.

Muchos campesinos quieren hacer parte de este programa. Sin embargo, algunos agricultores de coca tienen poca fe en que el gobierno cumpla lo anunciado. En una visita de hace unos meses de la agencia AP a una zona controlada por las FARC en Antioquia, visitaron a algunos productores de coca que no mostraban señales de reducción en el cultivo.

“Enfrentaremos a cualquiera que toque nuestras plantas”, dijo a AP Fernando Zapata, jefe del consejo comunitario en el pequeño pueblo de San Isidro, con sus manos hinchadas y verdes por tantos años de arrancar hojas de coca de su protuberante campo. “Estamos organizados y pelearemos hasta la muerte si es necesario. Quieren terminar con el alimento de nuestras familias y de toda la región”.


¿Aspersión aérea o erradicación manual?

Cientos de soldados han erradicado plantíos de coca con sus propias manos desde el año pasado, cuando el presidente Juan Manuel Santos puso fin a un programa de erradicación aérea que llevaba dos décadas implementándose. Este cambio se dio ante preocupaciones de salud que surgieron al darse a conocer un reporte de la Organización Mundial de la Salud, que reclasificaba como cancerígeno el glifosato.

Pero el trabajo manual también tiene sus riesgos. En los últimos 15 años, 153 personas de los equipos de erradicación a mano han muerto, la mayoría por trampas o minas que explotan, según la policía antinarcóticos. Más de 500 personas han perdido alguna extremidad o sufrido lesiones serias.

También es costoso y lento: en un día promedio, cada equipo sólo puede limpiar aproximadamente una hectárea, motivo por el cual el gobierno sólo ha logrado erradicar 9.000 hectáreas (22.000 acres) de campos de coca en este año comparadas con las 172.000 hectáreas (425.000 acres) anuales en la cúspide del programa de fumigación de hace una década.

Los críticos de Santos consideran que su plan actual está hecho para tranquilizar a los rebeldes, quienes desde hace mucho han comparado la fumigación con glifosato al uso del ejército estadounidense del defoliante Agente Naranja durante la guerra de Vietnam.

Ahora que el gobierno se acerca a un pacto de paz con los rebeldes, el asunto de los cultivos de coca y de la guerra contra las drogas cobra mayor relevancia, pues es bien sabido que la violencia es inherente al narcotráfico. Y también que mientras no haya una alternativa clara, lícita y concertada, los cocaleros difícilmente abandonarán sus plantas.

En pocas palabras, si la erradicación no está acompañada de programas efectivos de sustitución de cultivos y de presencia activa del Estado, la tendencia no será hacia la baja.

Una vez entren en vigor los acuerdos de paz, la lucha contra las drogas será directamente contra los narcotraficantes, no propiamente contra las FARC ni contra los campesinos. De ahí la necesidad de llegar a la raíz del problema de la coca.

Publicidad