Frontera EEUU México

Solas, sin armas y sin hablar español caminaron las casi 2,000 millas de la frontera entre EEUU y México

Después de las elecciones de 2016, Tenny Ostrem y Claire Wernsted-Lynch, un par de aventureras amantes de las largas caminatas, decidieron que era hora de entender con sus propios ojos cómo es y cómo se vive en la frontera sur que tanto ha degradado el discurso de Trump. Este es un resumen de sus memorias.
2 Sep 2018 – 11:55 AM EDT

Llevaban semanas bordeando la frontera Entre Estados Unidos y México en el sur del estado de Texas. Habían dejado atrás la pequeña población de Roma e iban siguiendo la ruta marcada por la valla que separa la tierra de un país y del otro. Caminaban al borde de la carretera ante la mirada de los pobladores del lugar que iban y venían en sus vehículos y que veían que las dos jovencitas, cargadas con pesados morrales, seguían caminando y caminando, un día tras otro, sin llegar a ningún destino.

Un día, una mujer que ya las había visto tres veces en el camino, sencillamente se detuvo. Tenía que saber si todo andaba bien con las caminantes. Tenny Ostrem y Claire Wernsted-Lynch le contaron rápidamente por qué estaban ahí. Venían caminando desde San Diego, California, miles de millas atrás, en un afán de recorrer a pie toda la frontera sur del país y ver por ellas mismas cómo era ese territorio convulso tan manoseado por los políticos, tan protagonista de las noticias. Su destino final era Brownsville.

La mujer del carro se despidió de las viajeras no sin antes dejarles botellas de agua y una buena caja llena de tacos: “porque seguro les va a dar hambre en el camino”, les dijo.


Las advertencias que los locales les hacían a lo largo de la ruta tenían siempre que ver con no quedarse sin agua, tener cuidado con los coyotes y comer suficientes tacos antes de adentrarse en el desierto.

Eran, en general, advertencias completamente diferentes a las cargadas de dramatismo que les hacían, casi seis meses atrás, amigos y familiares cuando las jovencitas les contaban su plan. “El mayor temor antes de que partiéramos en esta aventura era la gente con la que íbamos a encontrarnos, pero fue la gente nuestro mayor descubrimiento”, cuenta Claire.


Efectivamente, en noviembre de 2017, a todo al que le contaron su propósito las sentenció: “¡Van a una zona de guerra! No era difícil entender por qué había tanta reticencia con el plan de estas jovencitas de 27 años devotas de las caminatas. Las recientes políticas migratorias, los estigmas del presidente Trump sobre los mexicanos y los inmigrantes como “hombres malos” y “violadores” y el verdadero desconocimiento que los ciudadanos de a pie tienen de esta zona del país, hacía que la idea de dos mujeres solas, que no hablaban español y que se rehusaban a llevar un arma con ellas viajando por la frontera, sonara sencillamente alarmante.

Ellas, sin embargo, no dudaron ni un minuto de su plan. Caminarían 1,954 millas. “Después de las elecciones de 2016, nos parecía que no era correcto seguir con nuestros planes de hacer una gran aventura y desaparecer de todo el movimiento social que se estaba cocinando por seis meses. Por eso pensamos que era el momento de hacer una caminata que tuviera un sentido. Que trajera algún impacto”, le dijo Tenny Ostrem a Univision Noticias.

Así se ve la frontera entre EEUU y México en las fotos de dos jóvenes que la caminaron de punta a punta

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Equipadas para los caminos desconocidos

A diferencia de otras rutas que ya habían caminado en empinadas y frías montañas, este plan representaba un verdadero reto porque nadie antes lo había hecho en su totalidad.

Por supuesto, no había guías de viaje que les anticipara qué se iban a encontrar, en dónde podrían dormir, o en dónde había fuentes de agua. La única literatura existente sobre esa parte de la frontera la había escrito un investigador de Alabama llamado Mark Hainds que había estado durante tres años tratando de conectar grandes pedazos de territorio de esa zona del país. Pero ellas dos serían las primeras en terminar de unir los puntos faltantes de ese mapa.

“Mi mayor temor era que si en realidad algo llegaba a pasarnos, el propósito de nuestra caminata terminara en manos de una agenda política completamente opuesta. Si algo le pasaba a Claire o a mí, terminarías engrosando los estereotipos y malas concepciones que queríamos justamente derrumbar de la frontera”, cuenta Tenny quien sí acató claramente un consejo: “No te atravieses en el camino de nadie”.


El viaje se emprendió en los meses más fríos. Las dos mujeres eran concientes de las dramáticas cifras de muertes por deshidratación en el desierto, que según la Patrulla Fronteriza ha aumentado 55% desde el año pasado, y sabían que esas hazañas de supervivencias que hacían los migrantes sobrellevando hasta 115 grados Fahrenheit eran tan extremas que ni el cuerpo entrenado de dos atletas estaba listo para resistirlas.

En sus mochilas llevaban un GPS, unas cuantas mudas de ropa, implementos de aseo y una pistola de bengalas, que fue lo único que acordaron cargar en caso de sentirse inseguras. Por lo demás, aunque en la mayoría de la ruta bordearían de cerca el espacio físico de la frontera, alejándose por mucho 8 millas, siempre intentaron dormir en lugares alejados del muro, escondidas de cualquier ruta de tráfico.

“Las caminatas también eran mucho menos largas de lo que acostumbramos normalmente. En lugar de 25 millas, caminábamos 15 porque siempre evitamos exponernos mucho en la noche”.

¿Cómo se ve la frontera cuando la caminas?

En su recorrido fueron siendo testigos de muchas cosas. Pasaron por zonas inmensamente ricas e industrializadas en California que parecían contrastar de manera dramática con la pobreza extrema que vieron en Texas.

Había zonas en las que al día llegaron a toparse hasta con 10 patrullas fronterizas, como en California, mientras que, por kilómetros, como les ocurrió en el parque nacional del Big Bend, Texas, parecían zonas en donde a los seres humanos los hubieran borrado de la tierra. Fueron testigos de las poblaciones hermanas, esas que a pesar de tener en el medio una valla fronteriza se cantaban canciones de amor o de cumpleaños de un lado del muro hacia el otro.


En su recorrido tuvieron en total cinco encuentros con inmigrantes indocumentados, lo que a sus ojos resultó sorprendente: “En las imágenes de los noticieros siempre ves estos grupos masivos de personas cruzando, corriendo de un lado al otro. Y nosotras de alguna manera creíamos que de verdad nos íbamos a topar con una avalancha de inmigración ilegal. Pero no fue así”.


El rastro de los inmigrantes, que a diferencia de ellas no iban en sentido oeste a este, sino que iban de sur a norte, era más visible en unos lugares que otros. “En donde más vimos objetos olvidados, identificaciones que suponíamos ya no les iban a servir de nada al otro lado de la frontera, zapatos, pequeñas maletas rosadas de niñas dejadas atrás, fue en el estado de California”, cuenta Clarie. “Ver esas cosas era sin duda un duro recuerdo para nosotros de todo el sufrimiento que transita por esas tierras”.


Quizás, como muchas otras ideas que se han construido sobre lo que pasa en la frontera, las cosas no se veían exactamente como se narraba en los libros de Cormac McCarthy, se veía en películas como ‘No country for old men’ o se reportaba en las noticias. Ante su experiencia, la vida cotidiana de la gente se imponía ante los eventos extraordinarios.

“Hemos tenido mucho cuidado en no dejar que nuestra experiencia sea comparada en ninguna circunstancia a la que tiene el inmigrante en la frontera. Sus caminos son muy duros y llenos de dolor, pero estar paradas ahí, entender esas geografías, atravesar el Río Grande sí nos acerca a la comprensión de la tragedia”.

La frontera, ¿un lugar seguro?

Después de caminar 1,954 millas por 175 días, Clarie y Tenny de alguna manera constataron lo que muchos estudios aseguran: las tasas de criminalidad en los condados fronterizos de EEUU son más bajas que el promedio para los condados interiores de tamaño similar, "No hay duda, el lado de EEUU de la frontera es un lugar muy seguro", le dijo Christopher Wilson, subdirector del Instituto de México en el Wilson Center al diario The Washington Post.


Pero más allá de confirmar los estudios y desmentir las versiones de los políticos, son los recuerdos y sus vivencias el mayor poder de este viaje.

Como ese día en el que, después de meses de camino vieron a lo lejos un bus que parecía escolar. Cuando lo alcanzaron se dieron cuenta de que era el trasporte de miles de granjeros que regresaban a sus casas. A pesar de que ellas eran unas extrañas y no hablaban español, todo un festín de comida casera y de cantos terminó acogiéndolas y llevándolas esa noche a su próximo destino.

Aunque tuvieron la sensación en un principio de que quizás nada había valido la pena ante la dimensión que había cobrado la tragedia de los inmigrantes que cruzan ilegalmente o que buscan pedir asilo, ya de regreso a casa parecen tener la cabeza más clara: Para ellas cualquier gesto que ayude a comprender mejor lo que pasa en esa zona del país es valiosa. Muy valiosa.

Estas son algunas de las cosas más extrañas que han pasado en el muro entre México y Estados Unidos

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