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Donald Trump

El estilo camorrero de Donald Trump

El ascenso del magnate en las primarias republicanas marca un nuevo estilo en la política estadounidense, un populismo mediático ya visto en otras latitudes
8 Mar 2016 – 12:14 PM EST

Boris Muñoz para Univisión

Los pesimistas tienen razón: cada nuevo debate republicano muestra que la mediocridad y las bajezas pueden no tener fondo.

Lo sucedido en el debate de este jueves en Detroit, cuando el candidato Donald Trump en respuesta a un ataque de Marco Rubio, defendió el tamaño de sus manos asegurando, por alusión, que no había ningún problema con el tamaño de sus partes privadas, es solo una muestra más.

Y la frecuencia cada día mayor con la que candidatos como Rubio y Ted Cruz recurren a la descalificación personal y la guerra sucia, adoptando un poco maquinalmente la pauta impuesta por el mismo Trump al referirse a la menstruación de la entrevistadora de Fox News Megyn Kelly, es una señal de que la política estadounidense pasa por un mal periodo.

La paradoja del momento es sin embargo que la caída del nivel del debate ha sido compensada por altos números de audiencia.

Ya lo dijo Ronald Reagan, el actor de segunda de Hollywood que llevó la idea del espectáculo a las alturas del poder máximo: “la política es como el showbusiness”.

Un viejo espectáculo

En Estados Unidos la política moderna, ha estado atada a la industria del entretenimiento desde Franklin D. Roosevelt hasta Barack Obama.

Reagan tenía razón. La diva Lauren Bacall se subió a un piano mientras Harry Truman tocaba, Bill Clinton tocó el saxo en el show de Arsenio Hall y Barack Obama es un invitado fijo de los late shows. Así que el maridaje entre políticos y entretenimiento no tiene nada nuevo.

Pero Trump si tiene algo nuevo que ofrecer: ha puesto de relieve el estilo políticamente incorrecto. Aunque teatral y afectado, su talante camorrero y avasallante nunca antes se le había visto a un candidato presidencial en cámara. Trump no vacila para degradar a sus contrincantes y críticos. Su bravado de macho alfa siempre está en sobremarcha.

Apenas hace dos días dijo que el ex candidato republicano Mitt Romney le había suplicado por su apoyo y que si él le hubiese pedido que se pusiera de rodillas Romney lo habría hecho.

Cada uno de sus exabruptos son celebrados con risas y aplausos por seguidores. Y reproducidos hasta el infinito en la televisión y las redes sociales.

Golpes bajos

En los programas matutinos de la Radio Pública Nacional (NPR), los asesores republicanos le responden a los entrevistadores un tanto incómodos que no hay que preocuparse demasiado porque los candidatos intercambien uno que otro golpe en la zona baja.

Esto puede ser verdad. Pero cuando la política y el reality show se vuelven indistinguibles comienzan los problemas.


En una ocasión, el 11 de agosto de 1984, para ser precisos, Reagan, quien en ese momento competía por la reelección presidencial, hizo la siguiente broma mientras se preparaba para entrar al aire en su programa radial semanal: “Mis queridos conciudadanos, me complace anunciarles que he firmado una ley que erradicará a Rusia para siempre. Los bombardeamos en cinco minutos”.

Aunque era un chiste que nunca salió al aire, si fue grabado y filtrado a los medios. La Unión Soviética tomando literalmente las palabras de Reagan entró en alerta máxima.

La broma bien pudo haber sido el comienzo del fin de la civilización. Por suerte, no pasó a mayores. La política y el show continuaron gobernando con buena salud en la figura de Reagan.

Heredero de Reagan

Donald Trump es un auténtico heredero de Reagan. Como el cowboy de la Casa Blanca, aunque sin su gravitas, su aura de estadista y su experiencia de gobierno, Trump basa su campaña en la vaga promesa de rescatar la grandeza de la nación.

En su campaña de 1984, Reagan repetía que, tras cuatro años en el poder, el país tenía un nuevo amanecer.

Ambos también comparten otro rasgo: líderes nacionalistas, románticos, agresivos y melodramáticos. Si se toman al pie de la letra las declaraciones de Trump no es difícil imaginarlo envuelto en un gaffe al estilo del de Reagan, declarando, por ejemplo, que ha ordenado a la CIA o los marines, atacar a las familias de aquellos sospechosos de terrorismo o que prohíbe la entrada al país a todos los mexicanos por narcotraficantes y violadores.

Hasta ahora el estilo pendenciero e incorrecto de Trump le ha funcionado de maravilla. Tan es así que ha hecho a Rubio a ponerse en su misma tónica, obligándolo a poner en un segundo plano la agenda de temas políticos.

Aunque desde ya Trump tiene asegurado un lugar como gran bully de la política estadounidense actual, a diferencia de Reagan, quien entendía a la perfección los límites entre el poder y las formas, su estatus como político serio no acaba de quedar claro.

La pregunta que deja su hasta ahora imparable ascenso al poder es si se trata de un nuevo estilo en la política estadounidense, un populismo mediático a la manera de un Berlusconi en Italia, un Chávez en Venezuela o un Martelli en Haití, quienes también usaron la televisión como un púlpito para desguazar a sus críticos y adversarios políticos.

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