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Una de las cebras en acción en las calles
cebras calle horizontal

Un día bajo la piel de las cebras de La Paz

De lunes a viernes, decenas de jóvenes con trajes rayados y cabezas de equino invaden las calles de la capital boliviana para convertirse en embajadores de la buena conducta ciudadana.


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Dentro de unas horas, Rocío se convertirá en una cebra. Hundirá sus piernas en un buzo con una cola alargada, franjas blancas y negras y cremalleras, se pondrá una cabeza de gomaespuma con la que se verá unos centímetros más alta de lo que es —mide 1,51— y saldrá a las calles de La Paz para aconsejar a los peatones, parar el tráfico cuando haya alguien tratando de llegar a la acera de enfrente y pedir a los conductores que se pongan el cinturón de seguridad antes de arrancar sus carros.

Pero eso será a las ocho de la mañana, cerca de las laderas de la ciudad. Ahora Rocío acaba de enchufar su calentador de agua y prepara leche con chocolate y azúcar en una taza que tiene dibujadas unas bocas con pintalabios mientras explica que vive sola, que en su pieza no hay ni cocina ni baño y que el dibujo de cebra de la pared lo hizo ella. Son las seis de la mañana de un viernes de septiembre y todo en el cuarto de Rocío se parece mucho a su traje de cebra: sobre un estante, hay varios peluches con franjas blancas y negras; sobre una silla, hay un cojín con esas mismas rayas blanquinegras; y sobre la cama, una colcha que sigue ese mismo patrón rayado. A su disfraz de cebra, Rocío no le llama disfraz. Ni siquiera le dice traje. Le dice “piel de cebra”. Y lo suele guardar en su espacio más íntimo, dentro del armario —en una bolsa de tela—, junto con sus prendas más gruesas.

Una cebra en plena acción.
Una cebra en plena acción.

Cuando está dentro de la piel de cebra, Rocío Grisel Melendres Condori, que tiene 28 años y viste un pantalón negro, un canguro morado, un gorro de lana con una borla en la punta y un par de zapatillas de lona, pasa a ser Rocío —o simplemente Chío— y se transforma en una defensora de las buenas costumbres.

En su trabajo “I Am Hello Kitty”, la fotógrafa colombiana Joana Toro muestra cómo en Nueva York sólo se fijan en los inmigrantes cuando no son ellos, cuando están detrás una máscara, cuando son Woody el vaquero, la ratona Minnie o Hello Kitty. En México, Peatónito se pone una máscara de luchador y defiende a los peatones. En España, José María Ruiz-Mateos se puso hace años un traje de Superman para tratar de evitar la expropiación de sus empresas por una deuda que arrastraba con el Estado. En Brasil, Carlos de Medeiros, el Batman Pobre, se oculta tras un antifaz hecho con bolsas de basura para unirse a las marchas de protesta en contra de las injusticias. Y, en La Paz, la piel de cebra le permite a Rocío entrar en contacto con los niños que van al colegio y con los abuelos que se enfrentan a un enjambre de autos para cruzar la vía. Cuando está con la piel de cebra, nadie sabe quién es, pero casi todos le hablan, y, paradójicamente, sólo entonces escapa del anonimato y de la rutina. En su cuarto, a ratos, todo es silencio.

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Antes de salir de casa, Rocío se echa unas gotitas de perfume sobre las muñecas.

—Ser cebra es una actitud —dice.

Y luego repite la operación con su cuello.

Rocío Melendres en su habitación, lugar marcado por el blanco y negro de...
Rocío Melendres en su habitación, lugar marcado por el blanco y negro de las cebras.

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El Programa Cebras nació en las entrañas del Gobierno Municipal de La Paz en 2001, tras una visita a la Bogotá en la época en que el alcalde de la capital colombiana era Antanas Mockus. Mockus, que en la década de los 90 se disfrazó de Supercívico para demostrar a los ciudadanos que los comportamientos sí importan, había lanzado un ejército de mimos a la calle para promover la educación vial, y eso inspiró al funcionario que viajó desde Bolivia para analizar algunas de sus políticas. Pero había detalles que no le convencían.

—El problema era que lo de los mimos podía no comprenderse bien acá —dice Kathia Salazar, la Mamá Cebra, quince años después—. Para que la gente comenzara a respetar el paso de cebra, para que todo el mundo entendiera, había que utilizar cebritas.

La respuesta para La Paz era la obviedad. La respuesta era una cebra capaz de enfrentarse a los demonios de la gran ciudad: un transporte público sindicalizado que no respetaba ni los puntos de parada ni la señalética; un tráfico espeso que el periodista Enrique Vaquerizo comparó con las migraciones de ñus en las llanuras del Serengeti, en Tanzania; y grupos de peatones que a veces se comportaban como matones de barrio.

La Mamá Cebra me recibe un domingo de septiembre —el Día del Peatón— en la calle 21 de Calacoto, en una de las zonas más ricas de La Paz: un conglomerado de cafés, restaurantes y tiendas con la última moda que, en las horas punta, se llena de automóviles en busca de un espacio para seguir avanzando. Está escoltada por dos cebras que la acompañaron de paseo mientras recogía la caca de sus dos perritas con unas bolsas que improvisó con papel reciclado y echa agua sobre su vestido porque tuvo un “accidente” en su auto con las mascotas. Lo primero que menciona es que —antes de que fuera elegida concejal del municipio y bautizada como Mamá Cebra— hubo un primer experimento que estuvo a punto de ser un fracaso absoluto: dos valientes se enfundaron en un traje de dos piezas (uno se encargaba de las patas de adelante y el otro se encorbaba y hacía de patas traseras) y a veces los empujaban y los hacían caer antes de que alcanzaran la acera de enfrente.

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El primer contingente de cebras fue fruto de un reclutamiento entre lustrabotas, repartidores de publicidad y jóvenes con ganas de un cambio en su vida. Y tenía una misión específica: tomarle el pulso a una ciudad donde, según un grafiti que inundó más de una pared, había “más radiotaxis que sentimientos”.

—Comenzaron veinticuatro —recuerda Kathia.
—Y ahora son 276 —añade. 276 enfrentadas a una media de 224 vehículos por cada 1,000 habitantes.

Kathia lleva un colgante con forma de cebra que se mueve de un lado a otro cuando agita los brazos. Casi siempre se pone encima alguna prenda o complemento acebrado. Y cuando se presenta suele decir que es una bailarina callejera de piel rayada.

A pocos metros de donde están, las dos cebras que la acompañan reparten un decálogo que explica cómo tratar bien a perros y gatos. Y una imagen que resultaría surrealista en cualquier rincón habitado —una cebra que te da los buenos días y agradece las buenas conductas— acá, en la calle 21, parece la más normal del mundo.

Melendres lista para salir a la calle en su "piel".
Melendres lista para salir a la calle en su "piel".

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El punto donde se reúnen gran parte de las cebras de La Paz es el Diente de Leche, un antiguo parque para niños situado en la Avenida del Poeta que ha sido reacondicionado como sede. Rocío Melendres llega aquí a las siete de la mañana, se acomoda en torno a una mesa que queda bajo el techo de un castillo que les sirve para calentar los músculos antes de lanzarse a la jungla de cemento y su primera tarea es coordinar con el grupo que tiene asignado. Los primeros minutos de su jornada laboral tiene un ojo en la puerta y otro en su WhatsApp. Y en cuanto llegan las cebras, jóvenes entre 15 y 25 años (en su mayoría) lo primero que hace es repartir abrazos y saludar con ímpetu. El castillo tiene la pinta de un gimnasio en desuso, una frase en la pared —“educar no es prohibir”— un par de pesas de fierro en mitad del suelo y luz natural abundante. En un estantería, hay varias paletas grandes de madera de dos colores: uno verde donde dice “gracias” y uno rojizo donde dice “seamos ejemplo”.

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La piel de cebra es la combinación de un enterizo de tela polar parecido a los que utilizan las mascotas de los clubes de baloncesto y de una cabeza con ojos falsos y una apertura en la boca que permite una visibilidad reducida, que te hace sentir como si estuvieras dentro de un batiscafo. Según Rocío, una buena cebra debe tener voluntad, zurcir el disfraz cuando se rompe, lavarlo cuando está sucio y disfrutar con lo que hace
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—Los que están aquí son voluntarios —explica. Vienen por turnos de lunes a viernes: de 7:00 a 11:00 o de 14:30 a 18:30. Reciben una remuneración todos los meses (alrededor de 90 dólares los que vienen cuatro horas al día y el doble los coordinadores). Muchos de ellos ayudan a su familia o se pagan los estudios con eso.

“Los que están aquí” son chicos con el pelo teñido con tonalidades pop y chicas con el pelo recogido en una cola. Chicos con los pantalones holgados y chicas con el cabello suelto. Chicos que además tienen otros trabajos para cubrir sus gastos y chicas que escuchan Maná, Aerosmith, reguetón o baladas románticas. Chicos que hacen bromas y dicen bro (de brother) a sus amigos y chicas con piercings en mitad de la ceja.

Cuando se introducen en la piel de cebra, sólo se los puede identificar por las “pezuñas”, por el tono verde, fucsia o crema de sus zapatillas. Van armardos con unas libretas (que les firma Rocío para controlar la asistencia) donde anotan las incidencias del día. Y suelen usar viseras y gorras para evitar que la cabeza se menee y se desajuste.

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A las 7:15, Rocío los organiza y les obliga a estirar brazos y piernas. Entonan cánticos y ensayan coreografías que a ratos son como las hakas de la selección neozelandesa de rugby. Las cebras con miopía suelen quitarse los lentes para que no se empañen. Y todas tienen prohibido sacarse la cabeza de cebra. Hay dos excepciones: si un niño se asusta o si son víctimas de una agresión sexual o de un atropello.

—Vayan al baño —les sugiere Rocío antes de salir.
—Dentro del traje es difícil hasta contestar el teléfono —me dice a mí y sonríe.

Afuera les espera una minivan que les llevará hasta los semáforos y los pasos de cebra. Y en cuanto dejan caer su cuerpo rayado sobre los asientos comienza un alocado safari invertido que se centra en la observación de los peatones y los buses díscolos.

Las cebras caminando en "manada" por La Paz.
Las cebras caminando en "manada" por La Paz.

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El territorio que le toca ocupar al grupo que coordina Rocío queda en el cruce entre Villa San Antonio y Villa Copacabana, dos asentamientos populares que a primeras horas de la mañana se llenan de vehículos que se dirigen al centro.

En los últimos diez años, La Paz se ha convertido en una ciudad moderna: con tres puentes igualitos —los trillizos— que ayudan a descongestionar algunas vías, un teleférico, un sistema de autobuses municipales que conecta algunas de las barriadas más importantes y edificios con harto cristal y colores grises.

A Rocío se le reconoce por sus zapatillas claras con la punta blanca. Y también, por sus gestos decididos sobre el asfalto: Rocío camina; Rocío para; Rocío muestra la paleta por su lado verde para dar las gracias; Rocío se acerca a un niño, se agacha y le besa en la frente; Rocío atiende a un viejito un poco sordo y algo cegato que quiere hacer parar el minibús de la línea 240; Rocío se lleva las manos a la cabeza con desesperación porque una camioneta asomó su hocico con el semáforo en rojo sobre el paso de cebra, a continuación, suspira y, cuando la camioneta se detiene, le dice al chofer “gracias”; Rocío le dice a una mujer que está apurada “por la acera, por favor” y “gracias”; Rocío esquiva los tubos de escape y dice que no con la cabeza cuando oye una bocina; Rocío mira continuamente hacia el semáforo y da algunas indicaciones en cuanto el color cambia; Rocío salta; Rocío para; Rocío camina.

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Dentro de la piel de cebra, hay una regla fundamental: nadie se enfada, nadie responde a los insultos, na-die-se-ra-ya. Rocío recuerda que, cuando comenzó, algunas personas les reclamaban: “váyanse”, “¿Por qué están todo el día aquí sin hacer nada?”.

Por aquel entonces, las cebras solían ir acompañadas de otros muchachos con trajes de burro que se ensañaban con los que se equivocaban —que los ridiculizaban— y que a veces se extramilitaban, que a ratos eran demasiado irreverentes: “no sea burro, como yo”, “hola, primo, salúdame a la prima en casa”, decían. Por aquel entonces, a veces cortaban el tránsito con una cuerda y alguna que otra cebra se llevó una cachetada. Por aquel entonces, Rocío estudiaba Ciencias de la Educación y era más torpe y más tímida.

“Y aprendí a tener más paciencia con los niños”, dirá unas horas después en el Diente de Leche. Una mañana Rocío escuchó una voz en su espalda que decía: “una cebrita, una cebrita”. “Cuando me volteé, tenía enfrente a un niño que no veía: un niño cieguito. Le agarré una de sus manitas y le hice tocar mi nariz, mis orejitas, el bordado de las rayas, todito. Y él decía: ‘¡Qué bonito! Vente a mi casa. Yo quiero jugar contigo’”.

Hoy los eslóganes de las cebras son siempre muy comedidos: “¿Por favor, no se olvide del cinturón”, “que tenga un buen día, señor, conduzca con cuidado”.“Creemos que una palabra agradable nuestra puede acabar con tu mal día”, explica Rocío.

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A las 9:45, Rocío atraviesa un mercado donde huele a carne cruda, a pescado, a fritura y a fruta y se pierde en los pasillos de unos baños públicos para desprenderse del traje. Y cuando regresa ya no hay rastros de su piel de cebra. A veces, cuando va vestida de civil y escucha que alguien grita “cebra”, se da la vuelta. Y cuando se acerca a un cruce, no puede evitar mirar arriba, la unica forma de ver bien cuando tiene puesto el traje (incluso cuando no hay un semáforo a la vista).

Una regla: las cebras jamás se pueden sacar su "piel" (aunque...
Una regla: las cebras jamás se pueden sacar su "piel" (aunque hay unas pocas excepciones).

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Dentro del disfraz rayado, los más altos parecen jirafas y los más bajitos cebras-pigmeo. Dentro se suda. Dentro a veces notas que algún niño travieso te acaba de jalar la cola sin que puedas verlo porque cuando te giras ya ha desaparecido. Dentro sientes el calor humano y también, la indiferencia.

Dentro lo ves todo como si estuvieras en un agujero: al tipo que camina como un oso jucumari, con pasos muy cortos y muy pesados; a la mujer con el bolso imitación de Gucci cuyo rostro parece saber que ahí no debe se puede parar a un taxi; los autobuses viejos que braman, que parecen de hojalata, que tienen la pinta de un elefante cansado cuando se mueven. Dentro es difícil hasta beber agua. Dentro dicen que eres “educador urbano” y una persona bien educada.

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—Las cebras pasan talleres de cultura ciudadana, de comunicación asertiva, de reciclaje, de artes escénicas —enumera Kathia Salazar el Día del Peatón—. Aprenden cosas sobre sus derechos, sobre por qué es importante ahorrar agua. Su mirada cambia.

Entre las historias de superación que la Mamá Cebra recuerda está la de Carmen Chirino: una cebra líder que se hizo cargo de sus hermanos menores y de dos hijos como madre soltera, que solía repetirles a las otras cebras que debían dejar huella allá donde fueran, que murió el año pasado arrollada por un vehículo. Y entre las más tristes, la de Alejandra, una exvoluntaria que vivía en la calle, que tomaba alcohol, que consumía droga, que tuvo una bebé que le quitaron los servicios sociales, que luego encadenó otros dos embarazos consecutivos, que no supo asumir sus responsabilidades.

En la unidad de la Alcaldía de la que dependen las cebras hay varios afiches con mensajes que inspiran. Uno de ellos, sobre un fondo morado, dice: “Soy amor, soy belleza, soy libertad, soy fuerza, soy mujer, soy dignidad”. En el despacho de Salazar como concejal hay más de lo mismo. Además, hay cebras encima de un pedestal, cebras de peluche y de plástico, cebras a dos y cuatro patas, cebras en formato postal y de yeso y hasta de papel, cebras en forma de sticker, tapetes en blanco y negro y cuadros de cebra.

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—Las cebras son como los hijos de mi propio vientre —dice la concejal.

Y la piel de cebra, un símbolo, y no sólo en los pasos peatonales.

Las cebras participan de las ferias gastronómicas y de las ferias del libro, visitan hospitales y asilos, van a los colegios y a veces hasta irrumpen en un cumpleaños. Han sido parte de varias proyectos en beneficio de la ciudadanía, como “La Paz en orden”, “La Paz limpia” o “La Paz segura”. Han sido adoptadas por otras ciudades, como El Alto o Tarija, y también por desconocidos gracias a la iniciativa “Cebras por un día”, que permite a cualquier persona entender lo que es vivir dentro del traje rayado.

La piel de cebra se trata con cuidado: se limpia y se zurce si es necesa...
La piel de cebra se trata con cuidado: se limpia y se zurce si es necesario.

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Rocío almuerza muy cerca del Diente de Leche: en el mercado La Bolita. Allí los platillos cuestan poco más de un dólar y son generosos. La cebra se ha servido una sopa de maní y un plato de corazón de vaca con ensalada.

Mientras come, baja la cabeza y consulta su WhatsApp frecuentemente. Los grupos de teléfono en los que recibe más avisos sonoros están relacionados con con sus colegas rayadas. “A veces, una cebra no puede venir porque tiene un examen en la escuela o en la universidad o porque se enferma. Y tiene que justificármelo. Los coordinadores no somos psicólogos, pero sí orientadores”, dice Rocío.

A veces, Rocío almuerza con sus padres, que trabajan en un colegio en las proximidades, en la calle México. Cuando vivía con ellos en El Alto, la ciudad vecina, Rocío tomaba minibús antes de las seis de la mañana en un lugar frío y vacío. En aquella época, la Fundación Arco Iris le ayudaba con los estudios y le daba acceso a un comedor gratuito. Hoy, ella paga sus cuentas, es totalmente independiente, extraña un televisor que rompió su gata y se duerme temprano (con música de relajación).

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A las 15:20, el batallón de cebras que coordina Rocío en la tarde ya está listo y sale del Diente de Leche para “intervenir” un par de calles céntricas. Ver a las cebras entre la multitud es un espectáculo. Todas juntas tienen el carisma de los Beatles antes de una presentación. Y cada paso peatonal que atraviesan es como un sucedáneo de Abbey Road. La cebra uno saluda a una señora que vende dulces. La cebra dos se detiene para hacerse un selfie con una terna de chicas. Y la tres dice: “¡Ay, qué calor!”.

A las 16:00, Rocío retorna al Diente de Leche en busca de algunas botellas de agua para sus compañeras. Allá, sobre una solitaria cuerda, un traje de cebra seca al sol.

El disfraz huele a paño mojado.

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