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Los casinos prometen financiar la educación, pero esto rara vez sucede

Aunque los estados frecuentemente han promovido las apuestas y las loterías diciendo que financiarán escuelas públicas, ese dinero tiende a ser desviado a otras áreas.
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24 Feb 2017 – 3:47 PM EST

En 2008, después de años de peleas políticas sobre si Maryland debía permitir el juego en casinos, el tema fue planteado a los votantes en un referéndum. El gobierno estatal y la industria del juego hicieron un fuerte lobby para obtener votos a su favor y prometieron que los fondos obtenidos mediante impuestos en los establecimientos se dedicarían a la educación pública. Anuncios televisivos prometieron que los casinos traerían cientos de millones de dólares “directamente a las escuelas” y advirtieron que si Maryland perdía esta oportunidad, el dinero beneficiarían a estudiantes en Delaware y West Virginia, dos estados aledaños más receptivos a los casinos.

El referéndum fue aprobado. En 2012, después de la “campaña política más cara en la historia de Maryland”, por un pequeño margen también se aprobó una propuesta electoral que expandió el juego a los juegos de mesa. Ahora Maryland tiene seis casinos, entre ellos el Horseshoe Casino que se inauguró en el centro de Baltimore en 2014. Durante los últimos siete años estos negocios han recibido a decenas de millones de visitantes y han generado alrededor de 4,500 millones de dólares en ganancias. Eso se ha traducido en unos 1,700 millones de dólares en fondos para la educación, lo cual incluye 200 millones de dólares en impuestos sobre los ingresos de Horseshoe.

Sin embargo, las escuelas de Baltimore están en un gran apuro: el mes pasado, Sonja Santelises —CEO de las escuelas de la ciudad— anunció que debido a un déficit presupuestario de 130 millones de dólares, se está considerando el despido de más de 1,000 trabajadores, incluyendo maestros.

Durante esa misma semana, el periódico Baltimore Sun reportó que el dinero de los casinos que el estado había prometido destinar a las escuelas públicas en cambio se está desviando para pagar otros gastos del gobierno, entre ellos sueldos y reparación de vías. Como resultado, las escuelas de Maryland han recibido la misma cantidad de dinero que hubieran recibido sin el impuesto en los casinos. Y las escuelas de Baltimore han recibido menos dinero de lo que recibían antes de que se inauguraran los casinos.

Vendiendo las apuestas al público

La propuesta en cuanto a casinos que los votantes de Maryland aprobaron en 2008 fue pulida a lo largo de décadas a medida que los estados iban accediendo a ser sedes para la industria del juego. Se trata de un cambio de rumbo radical para una industria que prácticamente estaba prohibida en casi todo el país a principios del siglo XX. Si bien Nevada legalizó a los casinos en 1931, la mayoría de los estados empezaron a permitirlos durante los años 90. La promesa de cosechar beneficios económicos ha impulsado la tendencia: estadísticas de la American Gaming Association (Asociación Estadounidense del Juego) muestran que los casinos traen miles de empleos a las comunidades en donde se establecen y que también tienen un “efecto multiplicador” en que nuevos negocios abren en los alrededores de dichas comunidades. Esto resulta particularmente útil para ciudades posindustriales en apuros como Bethlehem, en Pennsylvania, y Springfield, en Massachusetts, dice Erik Balsbaugh, el vicepresidente de asuntos públicos de la asociación.

Para ganarse apoyo, los que abogaban para los casinos a menudo enfatizaban que un porcentaje de estos beneficios de loterías y casinos se canalizarían directamente a la educación pública. “Contrarrestaron los miedos del juego con esta referencia emocional”, dice Patrick Pierce, un profesor en la Universidad Saint Mary en Indiana que ha estudiado el tema. “Por lo menos en un nivel simbólico, los estadounidenses ponen muchísimo hincapié en la educación pública”.

La táctica funcionó: hoy día se puede jugar la lotería o apostar en un casino en la mayoría de los estados.

¿Adónde se dirige el dinero?

Los expertos en casinos y en financiamiento estatal dicen que Maryland es sólo uno de docenas de estados que toman los ingresos provenientes del juego que son destinados para la educación y luego los utilizan para otros propósitos.

“En casi todos los estados destinan los fondos para la educación, pero luego reducen las asignaciones del fondo general para la educación en una cantidad parecida o, en algunos casos, simplemente guardan el dinero en el fondo general”, dice Denise Runge, decana en la Universidad de Alaska en Anchorage y editora de la investigación Resorting to Casinos: The Mississippi Gambling Industry, donde analizó esta industria en el sureño estado.

En el primer año de operación, por lo general los fondos generados por los impuestos sobre loterías sí se aplican a la educación, según un estudio coescrito por Pierce que examinó al período entre 1966 y 1990. “Se notó un aumento inicial en el gasto en la educación de aproximadamente 50 dólares por cápita”, dice. Pero después de unos cuantos años, la práctica de usar el dinero para otros gastos se volvió común. Según indica Pierce, después de ocho o nueve años “los estados con loterías estaban gastando menos en educación que estados que no tenían impuestos sobre loterías”.

Los legisladores estatales reciben a las loterías y a los casinos con brazos abiertos por esta misma razón: el ingreso mediante impuestos les da la flexibilidad de financiar otros programas o hasta reducir otros impuestos. “Si eres un legislador estatal y les estás diciendo a los ciudadanos que apoyaste al juego porque mejora la educación de los niños y luego usaste el dinero [para otra cosa], les diste gato por liebre”, dice Pierce.

Y los políticos se vuelven dependientes del dinero, algo que la industria del juego entiende bien. Por ejemplo, Pierce observa que si bien Nevada es famosa por sus casinos, no tiene una lotería estatal: los operadores de casinos no quieren tener competencia. La influencia de la industria con los legisladores de Nevada es una “razón principal por la que no hemos visto una iniciativa eficaz para establecer una lotería”, dice.


Earl Grinols. profesor de Economía en la Universidad Baylor, dice que esta relación entre el gobierno y la industria el juego al final constituye el capitalismo clientelista, en donde la industria y los políticos del estado tienen la posibilidad de beneficiarse mutuamente y efectivamente se benefician. “El sistema público debe diseñarse para que lleve a la gente a hacer lo correcto”, dice. “Cuando se organiza un sistema en que la industria del juego y el gobierno estatal tienen intereses en común, se hace lo opuesto. Se crea un sistema que alienta acuerdos secretos”.


Las excepciones: becas de loterías

Pero no todos los fondos escolares provenientes del juego están destinados a desaparecer: las excepciones son becas como el programa Hope Scholarship, de Georgia, el cual provee financiamiento basado en méritos a los estudiantes que están siguiendo estudios universitarios. El programa no existía antes de la lotería de Georgia —la cual empezó en 1992—, por lo que no estaba financiado mediante un fondo general que podría ser manipulado.

“Cada dólar de la lotería que llega para el programa Hope Scholarship se aplica a ese programa”, dice Ross Rubenstein, un profesor en la Universidad Estatal de Georgia que estudia loterías y financiamiento de la educación. Además, el modelo de Georgia incitó a estados como Tennessee, Carolina del Sur y Florida a crear programas parecidos de becas que fueran financiados por la lotería estatal.

Sin embargo, dado que las becas se basan en mérito en lugar de necesidad, con frecuencia benefician a estudiantes de ingresos medianos y altos en vez de sus homólogos más pobres. Eso resulta particularmente problemático porque prácticamente cada estudio sobre loterías muestra que las casas de menores ingresos gastan una mayor cantidad de sus salarios en loterías o juegos en casinos que las casas de mayores ingresos. “Se está redistribuyendo la riqueza de la gente pobre a la gente más acaudalada”, dice Pierce. Rubenstein agrega, en todo caso, que Georgia también directamente distribuye fondos provenientes de la lotería para los programas preescolares. “Los beneficios para pre-K son un poco más parejos a lo largo de grupos de ingreso”, dice.

A los políticos también les gustan los impuestos de casinos y loterías porque son voluntarios: por muy regresivos que sean estos impuestos, nadie tiene que pagarlos. Por lo tanto, es mucho menos probable que la gente se queje acerca de ellos con los legisladores estatales. Pero esto también hace que estas vías de ingreso sean inestables.

Runge, la decana de la Universidad de Alaska, nota que, a lo largo del tiempo, los casinos tienden a ganar menos dinero a medida que decrece el interés general. Por ejemplo, el Horseshoe Casino de Baltimore ha tenido un descenso de un 14.5% en sus ingresos durante el último año. Rubenstein dice que hay una tendencia parecida con loterías. “Todos las quieren jugar cuando inicialmente están disponibles”, dice, “pero luego muchas personas empiezan a darse cuenta que no van a ganar o se aburren con los juegos”. Entonces incluso si las escuelas públicas estuvieran beneficiándose de estos impuestos, esta vía de ingreso no es fiable.

Por lo tanto, la clave no está en reformar este sistema defectuoso sino descartarlo por uno que sea mejor. Pierce quiere que los políticos —particularmente los gobernadores estatales— tengan el valor de decirles a los votantes que los impuestos de fuentes estables (como ingresos o ventas) son necesarios para la educación. Y entonces deben realmente aumentar los impuestos.

“Si todos realmente quieren apoyar a nuestras escuelas, necesitamos hacer un compromiso público con ellas”, dice Pierce. “La forma de hacer esto no es mediante el juego”.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

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