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CityLab Vida Urbana

Las lavanderías de barrio están desapareciendo en Estados Unidos

En muchas ciudades, la gentrificación también está amenazando a estos íconos de la vida de vecindario.
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4 Ago 2017 – 2:44 PM EDT

Simplemente ‘Lavanderia’. Así (y en español) y se llama una de las las lavanderías (o laundromats) más grandes de San Francisco, una verdadera reliquia urbana. Sus paredes, de un despellejado azul verdoso, albergan unas 110 máquinas. Un televisor viejo da telenovelas y los videojuegos de los noventa adornan sus rinconces. Después de su apertura en 1991, Lavanderia –como muchos otros locales de este tipo en las grandes ciudades– se convirtió en un punto de encuentro social enclavado en un vecindario no hay espacio o dinero para que la gente tenga sus propias máquinas lavadoras.

Pero, como ocurre también con otras lavanderías en Estados Unidos, su futuro es incierto. Así como por décadas familias enteras han venido arrastrando hasta la lavandería toallas, sábanas y ropa interior sucias, hoy el futuro del negocio palidece en comparación con el valor del terreno en que se ubican. Las rentas se han disparado en los últimos años en Mission District, el barrio históricamente latino donde ‘Lavanderia’ está.

En su apogeo, este espacio de unos 5,200 pies cuadrados ingresaba a diario más de 1,000 dólares en monedas de 25 centavos. Pero en la década pasada, su propietario, un pudiente empresario tecnológico llamado Robert Tillman, ha visto cómo las ganancias han mermado. Los negocios iban tan mal en sus otras nueve lavanderías de la región que se deshizo de ellas. Lavanderia es la única que Tillman conserva, aunque le gustaría transformarla en un edificio de apartamentos con 75 unidades, donde algunos apartamentos generarían unos 55,000 dólares al año.

La erosión del negocio de Tillman no es un hecho aislado. Es un efecto colateral de una tendencia nacional: los desarrolladores inmobiliarios han ido modificando los barrios urbanos por todo el país, construyendo edificios de apartamentos para oleadas de trabajadores jóvenes y adinerados y, por lo mismo, instalando lavadoras y secadoras en cada unidad, fenómeno que ha despoblado las lavanderías. “La oferta de una lavadora y una secadora dentro del apartamento es ya una tendencia que hemos confirmado”, sostiene Paula Munger, directora del centro de investigación industrial afiliado a la Asociación Nacional de Apartamentos (NAA, por sus siglas en inglés). Una encuesta reciente encontró que la adición de esos equipos electrodomésticos es una de las actualizaciones más comunes en los apartamentos de un tiempo a esta parte.

Desde luego que esto comporta un problema para las lavanderías. De acuerdo con datos de la Oficina del Censo, el número de estas instalaciones en Estados Unidos ha disminuido en más de un 20% desde 2005, con caídas especialmente drásticas en áreas metropolitanas como Los Ángeles (17%) y Chicago (23%) (si bien las estadísticas incluyen tanto lavanderías como tintorerías, las primeras son las principales responsables del declive). Esta desaparición de las lavanderías, por mucho tiempo un elemento identitario de la vida urbana, permite notar otra forma en que las ciudades han cambiado, como consecuencia del influyo de residentes de mayores ingresos.

Con ganancias en conjunto de unos 5,000 millones de dólares anuales, según estimados de la Coin Laundry Association, las máquinas operadas por monedas en Estados Unidos son, abrumadoramente, negocios familiares, ya sean manejados por pocas personas o de forma independiente. Su historia está indisolublemente ligada a la de las ciudades norteamericanas. Si bien la primera lavandería se inauguró en 1934 en Fort Worth, Texas, la industria del sector no vino a despegar hasta los cincuentas, después de que varias localidades urbanas se volvieron más densamente pobladas. “Como reza nuestro lema: ‘mientras más personas, más ropa sucia’”, me aseguró Brian Wallace, presidente de la Coin Laundry Association. Saltos tecnológicos que optimizaron la eficiencia de estos equipos permitieron, en los ochentas, que la industria se expandiera aún más. Las lavanderías, espacios comunitarios mundanos y útiles, se convirtieron en un rasgo de la experiencia social compartida. Hasta tal punto que Hollywood las usaba como escenario de encuentros fortuitos, como fue el caso en 1985 de la cinta The Laundromat .

En los noventas, el sector era tan fuerte que atrajo la atención de Tillman. Él, que ahora tiene 61 años, amasó su primera fortuna gracias a proyectos tecnológicos (entre otras fuentes de ingresos, está DigitalGlobe, proveedor comercial de imágenes espaciales y de contenido geoespacial). Ya con los pies en la tierra, Tillman, graduado de la Facultad de Negocios de Stanford, se percató de que la gente necesitaba ropa limpia, pese a la edad que pudieran tener los satélites. En poco tiempo, llegó a poseer 18 lavanderías. “Los noventas fueron un paraíso para este negocio”, recuerda.


Después de que estallara la burbuja del puntocom, la vertiginosa afluencia de gente rica a San Francisco ha dañado su negocio. Los ingresos de Lavanderia han bajado un 33% desde 2004, según los registros contables de la empresa. Terry Smith, quien repara máquinas y recoge las monedas en Lavanderia y otros locales del Área de la Bahía, nos cuenta que últimamente ha venido coleccionando menos monedas en su bolsa cuando pasa. Incluso las ocho lavanderías de Tillman en Albuquerque se vieron impactadas por las transformaciones urbanas ocurridas en todo el país. “Yo vi hacia dónde iba el negocio”, revela Tillman. En 2007, vendió todos sus locales excepto Lavanderia, en un proceso que fue parte de la caída en un 15% de las instalaciones en el Área de la Bahía desde inicios de los 2000, de acuerdo con los datos de la Oficina del Censo.

Los márgenes de las lavanderías se recortan cada vez más conforme el precio del agua y de los servicios de alcantarillado ha subido a nivel nacional. Los servicios constituyen, con diferencia, el más pesado gasto en Lavanderia, costando cerca de 100,000 dólares al año. Hay que añadir a eso los aproximadamente 30,000 dólares que Tillman invierte arreglando sus envejecidas lavadoras y secadoras, por lo que la lavandería obtiene 140,000 dólares en beneficios cada año, una cifra que continúa menguando.

Al mismo tiempo, estos espacios nunca fueron del todo rentables para los clientes de bajos recursos. Las familias pueden realizar múltiples lavadas semanales, y en una lavandería, eso puede significar 100 dólares o más por mes. Rara vez hay una alternativa: los propietarios suelen ser reacios a instalar la plomería y los acoples adecuados en los ya apretados apartamentos de los edificios viejos.

Con este cálculo en mente, Tillman desea transformar Lavanderia en un edificio de apartamentos de seis pisos cuya renta, la verdad sea dicha, pudieran afrontar pocos de sus actuales clientes. Él es apenas el primer dueño de lavandería con un plan semejante. Dejemos que Adam Lesser, propietario de Fiesta Laundromat, a pocas cuadras de Lavanderia, se exprese por sí solo: “Aquí me ves sacando pelusas. ¿Qué diablos estoy haciendo?”.

Hace ya tres años y medio que Tillman presentó una propuesta con el departamento de planificación urbana de San Francisco en la cual describía sus intenciones, pero el proyecto se ha atascado en medio de las detracciones del activismo. Erick Arguello, residente de varios años de Mission District, lidera uno de los grupos opuestos al proyecto de Tillman. Con los años, ha visto cerrar, una tras otra, las lavanderías en su vecindario: Super Lavar, donde su familia de siete personas solía acudir, se transformó en un restaurante de lujo. Cleaner Wash, una de las más pequeñas, fue comprada por más de 1.5 millones de dólares y convertida en un exclusivo gimnasio. “Tenemos familias numerosas y tenemos que caminar tres o cuatro cuadras para ir a lavar”, añade Arguello. “También se pierde el sentimiento de comunidad. La lavandería solía ser un asunto familiar”.

Mientras tanto, como el proyecto espera por su aprobación, Tillman ha aplazado reparaciones necesarias. Por estos días, ha estado recabando el apoyo local en reuniones comunitarias en Mission District, para así poder finalmente demoler Lavanderia.

Es curioso que no todos los propietarios estén siguiendo sus pasos. En junio, durante la convención de la Asociación de Lavadoras por Monedas, la cual se celebra cada dos años en Las Vegas, los participantes exploraron las vías de modernizar sus servicios para atraer a la clientela actual. Pensaron, desde luego, en el wifi. “Las observaciones fueron más positivas y adecuadas a los tiempos que corren… se trata de un lugar donde se encuentra la gente joven”, indica Wallace, agregando que la industria encara también desafíos por parte de las aplicaciones de lavado por encargo. Algunas lavanderías han anexado bares donde los clientes pueden beber cerveza de barril o degustar un café con leche mientras esperan por sus mudas de ropa. Ese puede ser un paso de avance, qué duda cabe. De todos modos, se parece bastante a lo que está aconteciendo en el barrio de Lavanderia .

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.

Typefaces: Caras de la Misión

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