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Boyle Heights, en Los Ángeles, necesita de los jóvenes hispanos

La historia de este vecindario es una muestra la discriminación que han sufrido los latinos y el importante deber de las nuevas generaciones para apoyar a la comunidad.
Opinión
Steven Almazan está finalizando su Maestría en Políticas Públicas en la Facultad Goldman de Políticas Públicas de UC Berkeley. Se dedica a investigar sobre temas como desplazamiento, vivienda asequible y las vías en que familias de bajos ingresos puedan generar equidad y construir patrimonio en Boyle Heights.
2017-08-03T17:58:17-04:00

Desde afuera, aquellas personas que no son originariamente de Los Ángeles perciben a Boyle Heights –un vecindario eminentemente mexicano en el centro de la ciudad– como una zona donde se libra una guerra cultural, en la que los residentes luchan por sus vidas. Algunas personas pueden suponer que existe un gran flujo de angelinos blancos y de clase acomodada que preparan sus maletas para mudarse del oeste al este de la ciudad. Otros consideran que los casi 100,000 residentes del vecindario están luchando en contra o a favor de las fuerzas económicas del cambio y del proceso de aburguesamiento o gentrificación. Sin embargo, estos cambios en Boyle Heights resultan menos significativos para la mayoría de los miembros de la comunidad.

En realidad, el residente típico de Boyle Heights no piensa si debería comprar un café en Weird Wave Coffee Roasters ―una cafetería que recientemente fue blanco de protestas organizadas y casos menores de vandalismo― o en Primera Taza, un café cuyo propietario es latino. El residente típico de Boyle Heights se enfrenta a problemas raciales sistémicos más allá del nuevo café o de la nueva galería de arte que pueda surgir en el vecindario.


Mis dos padres emigraron de México a Boyle Heights a finales de la década de 1960 y asistieron a la Escuela Preparatoria Theodore Roosevelt en la década de 1970, momento en que se consideraba como una de las peores escuelas del país. Mi madre nunca llegó a graduarse de la preparatoria, fue una entre los millones de estudiantes de color a los que les falló el sistema. Nací y crecí en Boyle Heights, donde los datos estadísticos indican que menos del 5% de los miembros de la comunidad obtienen un título universitario. Asistí a la Escuela Primaria Sunrise, hasta que mis padres me cambiaron a una escuela parroquial de la zona ya que no deseaban que fuera otra anécdota estadística.

Durante mi infancia, no me di cuenta de que vivía en un vecindario de bajos ingresos, en lo que se consideraba la capital de las pandillas en Estados Unidos. Recién al asistir a la Universidad del Sur de California me dí cuenta de la desigualdad que existe en Boyle Heights.

Durante un curso sobre estudios estadounidenses llamado ‘Raza y clase en Los Ángeles’, el profesor George Sánchez subrayó las políticas racialmente injustas que se implementaron en Los Ángeles en relación con la educación, la vivienda, los desarrollos urbanos, el transporte y las consecuencias causadas al medioambiente y a la salud. Aprendí sobre la diversa y hermosa historia de Boyle Heights, pero también fui consciente del lado oscuro de la planificación urbana en Los Ángeles. De hecho, muchas de las familias desfavorecidas de color se vieron obligadas a vivir al este del río Los Ángeles debido a convenios restrictivos y otras políticas inadecuadas e injustas relacionadas con la vivienda que han perpetuado el ciclo de pobreza durante varias generaciones de familias latinas.

Según Richard Rothstein, autor del libro The Color of Law: A Forgotten History of How Our Government Segregated America ( El color de la ley: historia olvidada sobre cómo nuestro gobierno implementó la segregación en el país), casi 1 de cada 4 latinos es discriminado por los agentes inmobiliarios o propietarios cuando busca comprar o alquilar una vivienda. Esto puede ayudar a explicar por qué un 82% de las familias latinas de Boyle Heights son inquilinos en vez de propietarios.

El curso del profesor Sánchez me cambió la vida, ya que me mostró que Boyle Heights era un vecindario hermoso, pero a la vez olvidado. Esta comunidad ha sido históricamente marginada y descuidada tanto por la Municipalidad de Los Ángeles como por el Estado de California.

En la década de 1960, las obras del proyecto East Los Angeles Interchange conectaron a las principales autopistas de la ciudad, pero también desplazaron a unas 15,000 personas. Según los estudios de investigación, aquellos que pudieron permanecer en sus hogares tienen mayor probabilidad de sufrir problemas de salud asociados con asma, ataques cardiacos, cáncer de pulmón, obesidad infantil, autismo y demencia.

La planta de baterías de Exide Technologies, ubicada en Vernon, fue responsable de contaminar casi 10,000 hogares por contaminación con plomo durante décadas. Debido a la negligencia de la municipalidad y del estado a regular dichos residuos tóxicos, la salud de miles de familias sufrió un impacto negativo.

En la década de 1980, el Estado de California pensó en construir un centro penitenciario próximo a Boyle Heights, pero los líderes de la comunidad y la resistencia de la agrupación Madres del Este de Los Ángeles y la entonces miembro de la Asamblea de California, Gloria Molina, impidieron que este proyecto se llevara a cabo.

Algunas personas creen que las fuerzas del mercado y de la economía se imponen a cualquier tipo de protesta o manifestación contra la gentrificación y el desplazamiento, pero creo que la resistencia en Boyle Heights simboliza el nivel de activismo y de defensa de derechos que hemos observado históricamente en nuestro vecindario. Boyle Heights cuenta con la historia, las personas y el liderazgo necesario para generar políticas no convencionales y creativas y soluciones programáticas al desplazamiento.

Como futuro responsable de elaborar políticas, creo fervientemente que las políticas más eficaces, eficientes y equitativas provienen directamente de los miembros de la comunidad, quienes son los más afectados por el desplazamiento y la gentrificación. La resistencia que observamos hoy en Boyle Heights surge de la frustración de la comunidad al percibir nuestra pérdida cultural y capital social.

Los cambios que los angelinos han visto en toda la ciudad han avanzado progresivamente en el orden de las manecillas del reloj, desde Silverlake a Echo Park, y desde Eagle Rock a Highland Park. Debido a que en la actualidad más personas se mudan al este de la ciudad, existe una idea previa de qué cambios ocurrirán en Boyle Heights.

El tema clave de la gentrificación surge del miedo y la realidad del desplazamiento. La composición económica de Boyle Heights está cambiando, pero la composición racial todavía refleja la identidad predominantemente latina del vecindario. De hecho, muchas de las personas que se mudan a Boyle Heights son en realidad residentes latinos con ingresos más altos. Por lo tanto, la comunidad está volviéndose cada vez más económicamente diversa. Como Ahrens señala en su estudio de investigación de 2015 “Gentrify? No! Gentefy? Sí!”: Urban Redevelopment and Ethnic Gentrification in Boyle Heights, Los Angeles” (“¿Gentrificación? ¡No! ¿’Genteficación’? ¡Sí! Nuevos desarrollos urbanos y gentrificación étnica en Boyle Heights, Los Ángeles”), el ingreso promedio por hogar aumentó de 33.235 dólares en 2008 a 38.801 dólares en 2012, lo que podría atribuirse a los residentes latinos con ingresos más altos.


Luego de finalizar mis estudios universitarios (el primero en lograrlo en mi familia), regresé a vivir a mi vecindario. Algunos de mis compañeros me preguntaron por qué lo había hecho. Miembros de la comunidad me dijeron que debería irme a otro vecindario, porque ahora tenía un título universitario. Mi trayectoria educativa me convertía en una anomalía.

El discurso común que se repite en los vecindarios de bajos ingresos es que las personas deben obtener una educación y mudarse. Sin embargo, me permitiría sostener que una mayor cantidad de estudiantes latinos graduados de la universidad debería regresar a su vecindario de origen. Con una mayor cantidad de estudiantes latinos graduados de la universidad en el vecindario podremos contar con el capital social y cultural necesario para crear inversiones multigeneracionales y convertirnos en propietarios de viviendas.

Desafortunadamente, muchos latinos con título universitario que regresan o se mudan a Boyle Heights pueden causar el efecto no intencional de llegar a desplazar a una familia de bajos ingresos. Con un título universitario, los residentes tienen más probabilidades de percibir un ingreso más alto que el promedio en el vecindario, lo que significa que tienen mayor capacidad para pagar apartamentos o casas más costosas.

“Los latinos con ingresos más altos comienzan a desplazar a los latinos con ingresos más bajos como resultado de un proceso ascendente [en el vecindario]”, dice el estudio de Ahren. Ejemplo de esto es el proyecto de mejoras del Whittier Boulevard (una inversión de u millón de dólares); el proyecto de 3.1 millones de dólares en Hollenbeck Park; y el desarrollo del nuevo viaducto sobre Sixth Street, que costará 482 millones de dólares.

La identidad de la clase obrera latina en el vecindario de Boyle Heights está en juego cuando los latinos con mayor movilidad socioeconómica y las personas no latinas con ingresos más altos llegan al vecindario. Algunos investigadores sostienen que los vecindarios de ingresos mixtos tienen efectos positivos a largo plazo para los niños de hogares de bajos ingresos en relación con resultados educativos, oportunidades laborales y resultados médicos. ¿Pero, de qué manera pueden los latinos con mayores ingresos apoyar a las familias de clase obrera de nuestros vecindarios?

Para que el vecindario pueda remediar el problema del desplazamiento, debemos contar con miembros de la comunidad que apoyen las pequeñas empresas locales en manos de latinos, inviertan en organizaciones locales sin fines de lucro que atiendan los problemas sistémicos (como Leadership for Urban Renewal Network y Promesa Boyle Heights) e insten a las autoridades locales, estatales y federales a crear políticas equitativas para la vivienda que ayuden a los inquilinos a convertirse en propietarios y reduzcan los niveles de pobreza mantenidos durante varias generaciones.

Boyle Heights se encuentra ante una encrucijada. La comunidad necesita generar una identidad colectiva y establecer su postura sobre temas relacionados con el desplazamiento, la vivienda justa, el proceso para la construcción de equidad y las vías para lograr el hogar propio. En última instancia, debemos encontrar la manera de revitalizar nuestras comunidades sin desplazar a nadie.

Esta columna de opinión fue publicada originalmente el 31 de julio en Boyle Heights Beat, un periódico comunitario bilingüe producido por jóvenes de Boyle Heights. Puedes leerla en este sitio tanto en inglés como en español.

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