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CityLab Transporte

Por qué no debemos cederle el asiento en el metro a los niños

Cuando los adultos nos dejamos intimidar por los pasajeros más jóvenes, en realidad los estamos perjudicando.
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12 Jul 2017 – 12:05 PM EDT

En el metro, nuestras simpatías y antipatías se muestran en todo su esplendor. Al igual que nuestras actitudes excesivamente afectuosas hacia los niños.

El otro día, por ejemplo, mi amiga Svetlana y yo estábamos en el metro de Nueva York, en un tren de la ruta D en dirección a Brooklyn, cuando subió una familia con su hijo, quien parecía tener alrededor de seis años. La madre nos miraba y tornaba los ojos por no cederle nuestro asiento a su hijo. De forma irritada, dijo en voz alta: "No te preocupes, cariño, pronto alguien se levantará y podrás sentarte". ¿Eh? ¿De veras? El niño me parecía robusto y sano, y muy contento de estar de pie sobre sus dos patas. Cuando finalmente alguien se levantó, la mujer llevó apresuradamente a su hijo hacia el asiento vacío como si lo necesitara desesperadamente.

Como madre que soy, entiendo cuán abrumante puede ser la maternidad, especialmente en el abarrotado metro. Y es cierto que la discapacidad de una persona o la necesidad de un asiento puede no ser visible a simple vista. Pero, en general, creo que cederle un asiento a un niño con la edad suficiente como para pararse por su cuenta es un mal mensaje y síntoma de una cultura de crianza en Estados Unidos que debilita a los niños. Mientras que algunos sistemas, como el de Portland, Oregon, les recuerdan a las familias ceder el área prioritaria a los viajeros con discapacidad, otros tratan a los niños como pasajeros especiales. Bajo la tácita presión para ceder nuestros asientos a los pequeños se encuentra la desvalorizante creencia de que son limitados y delicados. Pero cuando los tratamos de esa manera, no les estamos dando crédito suficiente —o suficiente espacio— para crecer.

Jean Twenge, autora del libro Generation Me y el venidero iGen, considera este fenómeno una tendencia mayor de sobreprotección a nuestros pequeños. "Solía darse que un niño de siete años fuera a pie de su escuela a su casa”, dice Twenge. “Si usted le permitiera a su hijo hacer eso hoy en día, la gente diría que está loco". De hecho, tan loco, que los Servicios de Protección Infantil se llevarían a su hijo: en 2015, la hija de 6 años y el hijo de 10 años de una pareja de Maryland fueron recogidos por las autoridades mientras jugando desatendidos en un parque a dos cuadras de su casa. Con el fin de recuperar a sus hijos, los padres tuvieron que firmar un acuerdo prometiendo no dejarles jugar sin supervisión nuevamente.

Me es difícil entender el impulso proteccionista porque es muy diferente a mi propia experiencia. Cuando tenía 10 años, caminaba una milla desde mi casa en la calle Cord hasta Gallatin Elementary School en Downey, California, cada día (y luego de regreso). Con los 5 dólares que le lograba sacar a mi mamá, me compraba una Cajita Feliz de McDonald's después de la escuela y canjeaba Garbage Pail Kids con una pequeña pandilla de amigos. Es cierto, el mundo de hoy está plagado de riesgos —la desenfrenada violencia armada, las amenazas terroristas, una inmensa variedad de medios de alta tecnología para acceder indebidamente, acosar y hostigar a los niños— que no existían en mi época. Pero no puedo dejar de enfatizar cuánto la libertad que mis padres me permitieron me inculcó un sentido de independencia y voluntad que sustenta mi férrea creencia, incluso hoy, de que puedo cuidarme sola.

Mi mamá, una griega honesta que se enorgullece de ser 'poco cariñosa', ejemplifica el tipo de crianza que actualmente le valdría unas cuantas multas o, por lo menos, les provocaría una apoplejía a algunos híperpadres. Fumó y dijo malas palabras frente a mí y a mi hermano durante toda nuestra infancia. Si nos caíamos de la bicicleta y nos heríamos una rodilla, ella inmediatamente decía, "¡Deja de llorar que no te vas a morir!". Ante nuestros caprichos de la infancia, ella solía decir 'no' con mucha más frecuencia que 'sí'. Su enfoque hacia la crianza nos dio una especie de determinación y autodisciplina. Y ella nunca habría esperado que un adulto nos cediera un asiento en el metro. De hecho, ella esperaría lo contrario: que les cediéramos nuestros asientos a los adultos.

El metro es un buen instrumento para enseñarles a nuestros hijos a confiar en sí mismos entre la multitud de personas. Por supuesto, no siempre es cómodo mantener el equilibrio en un tren en movimiento con las manos alrededor de un tubo sucio, pero aprender a resistir con gracia un estado de malestar es un importante logro formativo. Se llama aprender a valerse por sí mismo.

Este artículo fue publicado originalmente en inglés en CityLab.com.


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